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Trump, Biden y el fantasma de Soros

Lunes, 12 de febrero de 2024 17:36

Mientras la oposición republicana en el Congreso impedía la ampliación  de la ayuda militar estadounidense a Ucrania, el periodista norteamericano Tucker Carlson, un famoso vocero ultraconservador a quien algunas versiones mencionaron incluso como un posible compañero de fórmula de Donald Trump, entrevistó en Moscú a Vladimir Putin. Los analistas que siguen los movimientos del Kremlin consignan que tan significativo como que Carlson haya viajado para reportear a Putin es que el mandatario ruso haya aceptado el convite de contestar un reportaje de dos horas de duración a un medio occidental por primera vez desde la invasión al territorio ucraniano en  febrero de 2022, diálogo en el que llegó a definir a Ucrania como un “Estado artificial”.

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Mientras la oposición republicana en el Congreso impedía la ampliación  de la ayuda militar estadounidense a Ucrania, el periodista norteamericano Tucker Carlson, un famoso vocero ultraconservador a quien algunas versiones mencionaron incluso como un posible compañero de fórmula de Donald Trump, entrevistó en Moscú a Vladimir Putin. Los analistas que siguen los movimientos del Kremlin consignan que tan significativo como que Carlson haya viajado para reportear a Putin es que el mandatario ruso haya aceptado el convite de contestar un reportaje de dos horas de duración a un medio occidental por primera vez desde la invasión al territorio ucraniano en  febrero de 2022, diálogo en el que llegó a definir a Ucrania como un “Estado artificial”.

La coincidencia entre ambos episodios volvió a disparar una pregunta inquietante: ¿puede  Putin definir el resultado de la elección presidencial en Estados Unidos? Hay quienes piensan que eso ya ocurrió en 2016. Luke Harding  un periodista británico del diario  “The Guardian” que fue corresponsal en Moscú, publicó en 2017 “Colusión”, una investigación  cuyo contenido está sintetizado en el subtítulo de la obra:”Encuentros secretos, dinero sucio y cómo Rusia ayudó a Trump a ganar las elecciones”.

En mayo de 2022, dos celebridades nonagenarias, Henry Kissinger, entonces de 98 años, nacido en Alemana, y George Soros, en aquel momento con 91, oriundo en Hungría, ambos de origen judío y emigrados a Estados Unidos para huir del nazismo, fueron los dos protagonistas emblemáticos de una discusión de fondo sobre la encrucijada que afronta Estados Unidos con motivo de la guerra en Ucrania

En esa oportunidad, la  reunión anual  del Foro de Davos  fue el teatro de un cotejo de opiniones entre dos personalidades que expresaban posiciones antagónicas sobre el conflicto. Mientras Soros propugnaba la imperiosa necesidad de derrotar a Vladimir Putin,  Kissinger advertía sobre los riesgos de profundizar la confrontación. La resolución de ese dilema polariza actualmente a la política estadounidense y tiene en vilo a la opinión pública internacional.

Soros señaló que  “la invasión puede haber sido el comienzo de la Tercera Guerra Mundial y nuestra civilización puede no sobrevivir. Lo mejor, y quizás la única forma de salvar nuestra civilización, es derrotar a Putin lo antes posible”. Puntualizó también que con Putin “un alto el fuego es inalcanzable porque es imposible confiar en él”. Subrayó que “tenemos que movilizar todos nuestros esfuerzos pata terminar con la guerra lo antes posible”. Destacó que “hoy China y Rusia representan la mayor amenaza para una sociedad abierta”.

Kissinger sostuvo que “Rusia ha sido una parte esencial de Europa durante 400 años. La política en Europa durante ese período estuvo influenciada principalmente por su evaluación del papel de Rusia, a veces como observador pero en otros casos como garante o instrumento para preservar el equilibrio europeo. La política actual debe restaurar este papel para que Rusia no se vea obligada a una alianza permanente con China”.

Para Kissinger, “la salida ideal sería la creación de Ucrania como Estado neutral”. A tal efecto,  Ucrania tendría que realizar concesiones territoriales. Esto implicaría el reconocimiento de la soberanía rusa sobre la península de Crimea, anexada por Putin en 2014,  y de la independencia  de las dos repúblicas  proclamadas aquel año por los separatistas pro-rusos con el respaldo de Moscú. Semejantes afirmaciones desataron una indignada reacción del gobierno de Kiev.

El globalismo 

Soros, uno de los financistas más conocidos del planeta, es una expresión paradigmática del “globalismo”, esa receta internacionalista y cosmopolita que sacraliza la convergencia entre la democracia liberal y la economía de mercado como condición del progreso social. No es un teórico sino un  hombre de acción que ya lleva donados más de 30.000 millones de dólares a la Open Society Foundations, una organización que constituye su brazo político para llevar adelante ese ideario a escala mundial.

En la década del 80, la prioridad de Soros fue la lucha contra el comunismo en su Hungría natal. Distribuyó fotocopiadoras como instrumento para combatir la censura gubernamental y financió a jóvenes intelectuales disidentes para que estudiaran en universidades occidentales. Esa militancia anticomunista se extendió rápidamente al resto de los países de Europa Oriental, así como se manifestó en el respaldo a la “revolución naranja” en Ucrania, que en 2004 golpeó la hegemonía de Moscú en el gobierno de Kiev.

En esa época, Soros contó en Estados Unidos con el beneplácito de demócratas y republicanos. Ese consenso se rompió en la década del 90, cuando el multimillonario empezó a financiar campañas por la despenalización del aborto y el consumo de marihuana. Pero pasó a ser el blanco predilecto de las invectivas republicanas en las elecciones de 2004, en las que aportó 24 millones de dólares a una campaña para impedir la reelección de George W. Bush.

En 2016 Soros percibió que Trump encarnaba la antítesis del “globalismo”. Por eso fue el mayor aportante de la campaña de Hilary Clinton y a pesar de la derrota no se dio por vencido: en el encuentro de Davos de 2018 denunció que  Trump “quiere establecer un estado mafioso pero no puede porque la Constitución, otras instituciones y la sociedad civil no lo permiten”. Hoy los defensores de Trump acusan a Soros de financiar a los abogados que impulsan las causas judiciales contra el ex presidente.

La carta rusa

Kissinger, uno de los máximos arquitectos de la política exterior estadounidense, fue un cultor de la ”realpolitik”. En 1971, su visita a China para reunirse con Mao Zedong fue el preámbulo del viaje de Richard Nixon en 1972,  que consolidó la fractura del bloque comunista e inició el deshielo de las relaciones entre Washington y Beijing, profundizado en 1979 por Deng Xiaoping con el restablecimiento de las relaciones diplomáticas entre los dos países.

Cuando conversó con  Nixon sobre el sentido de ese viaje, Kissinger le advirtió que “los chinos son tan peligrosos como los rusos. Dentro de veinte años, tu sucesor, si es tan sabio como tú, se aliará con los rusos contra los chinos”. Tuvo que esperar 45 años, no veinte, para recordarle ese diálogo a Trump y recomendarle el empleo de “la carta rusa” para contener la expansión china.  No le resultó difícil convencerlo: el mandatario republicano había visto facilitado su triunfo por la colaboración de la FSB, la organización de inteligencia  sucesora de la KGB soviética, que desarrolló una intensa campaña sucia  contra Hilary Clinton.

Estas dos visiones explicitadas por Soros y por Kissinger tienen hondas raíces históricas. El Partido Republicano ha sido proclive a una “realpolitik” fundada en el “hardpower” (o poder duro), que privilegia la supremacía militar estadounidense y no presta demasiada atención a la naturaleza de los regímenes políticos de los países aliados. En cambio, el Partido Demócrata suele mantener un perfil más “idealista” y una estrategia centrada en el “softpower” (poder blando), que jerarquiza la reivindicación de los valores de las democracias occidentales y en particular la defensa de los derechos humanos.

Biden, un demócrata típico, lanzó la iniciativa de la ”Alianza de las Democracias”, aplaudida por Soros, que supone el fortalecimiento de la OTAN y explica su posición en el conflicto de Ucrania. En respuesta, el Kremlin hizo realidad las preocupaciones de Kissinger y avanzó hacia un eje geopolítico con China. La ratificación de este rumbo quedará sujeta al resultado de la contienda de 2024. Kissinger ya no está pero Trump comparte su visión sobre Ucrania. Soros, que sí vive, no se da por vencido.

En ese contexto, está claro por quiénes votarán en noviembre Vladimir Putin y  Volodomir Zelenski. Con una diferencia cualitativa. Lo de Zelenski es un apoyo moral. Putin, como algunos afirman que ya sucedió en 2016, puede influir decisivamente en el resultado de la elección.

                      *  Vicepresidente del Instituto de Planeamiento Estratégico

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