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China podría buscar prosperar en un mundo sin orden

El mundo ha cambiado mucho desde 1989; la idea de dos bloques alineados por ideologías y objetivos contrapuestos, como ocurrió en la Guerra Fría, se va diluyendo y Pekín se prepara para ser la gran potencia en una convivencia multilateral.
Sabado, 30 de marzo de 2024 21:02

El orden no es el estado natural de las cosas, y la anarquía es uno de los pilares básicos de cualquier teoría sobre relaciones internacionales. La existencia de relaciones asimétricas en términos políticos, económicos y/o militares -que se traducen en jerarquías de hecho-, es una constante en la historia desde el famoso dictamen de Tucídides ante la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas: "los poderosos dominan y los débiles ceden". Esos ecos resuenan hoy cada vez más fuerte ante el enfrentamiento comercial, político y, por suerte no militar -por ahora-, entre Estados Unidos y China; las Atenas y Esparta del mundo moderno.

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El orden no es el estado natural de las cosas, y la anarquía es uno de los pilares básicos de cualquier teoría sobre relaciones internacionales. La existencia de relaciones asimétricas en términos políticos, económicos y/o militares -que se traducen en jerarquías de hecho-, es una constante en la historia desde el famoso dictamen de Tucídides ante la guerra del Peloponeso entre Esparta y Atenas: "los poderosos dominan y los débiles ceden". Esos ecos resuenan hoy cada vez más fuerte ante el enfrentamiento comercial, político y, por suerte no militar -por ahora-, entre Estados Unidos y China; las Atenas y Esparta del mundo moderno.

China, derrotada en 1898 vio, impotente, cómo las potencias triunfadoras se dividieron y se repartieron sus ciudades costeras y sus principales puertos; en especial todas las regiones en las que se concentraban los mayores niveles de producción y de riqueza. Este reparto, inauguró lo que los chinos llamaron el "Siglo de la Humillación". Chiang Kai-shek y Mao Zedong declararon el fin del "Siglo de la Humillación" después de la Segunda Guerra Mundial: Chiang resistiéndose al dominio japonés en tiempos de guerra y reclamando el lugar de China entre los Cuatro Grandes aliados victoriosos en 1945; Mao declarando el nacimiento de la República Popular de China en 1949.

Ahora, China resurge a un nivel sostenido -más allá de los vaivenes que muestra en los últimos años- mientras gana influencia en las esferas diplomática, económica, militar, tecnológica e, incluso, en la agenda sobre cambio climático. De a poco, el poder económico, político y tecnológico se desplaza desde "occidente" hacia "oriente", y de "norte" a "sur"; configurando un fenómeno que implica una transformación geopolítica sin precedente desde el Renacimiento.

Para China, la zona del Indo-Pacífico, Asia y África son "zonas naturales" en las cuales desplegar su influencia. Aprovechando las enormes necesidades económicas de estas regiones, China ha realizado inversiones gigantescas en infraestructura a través de su proyecto "Belt and Road Initiative".

Desde el lanzamiento de esta iniciativa, China otorgó préstamos por 838.000 millones de dólares, situación que la convirtió en la mayor financiadora de obras públicas del mundo. Cuando finalicen los desembolsos previstos, el monto destinado por la República Popular equivaldrá, en moneda constante, a tres planes Marshall de posguerra. China no considera la capacidad de reembolso del país al que le presta dinero; el 60% de los países incluidos en el programa tienen una calificación crediticia internacional de "basura" o no tienen calificación alguna. En realidad, parece que, si el país no le puede pagar mejor ya que se "cobran" con el bien impago, como ha sucedido con puertos en Bangladesh o con varias represas hidroeléctricas en países africanos. De acuerdo con una reciente investigación, en las últimas dos décadas, China se ha convertido en un importante prestamista mundial, con préstamos pendientes de pago por más del 5% del PIB mundial.

Este "Resurgimiento Chino", hace que Occidente se pregunte cuál es el 'objetivo último' de China. ¿Es una amenaza? ¿Está en juego la seguridad de Occidente; la supremacía de sus valores? ¿Con qué grado de sensibilidad hay que analizar sus movimientos? ¿Cómo responder ante ellos? ¿Cuáles serían 'respuestas adecuadas'?

Este es el nudo de lo que se llama la «paradoja de la seguridad». Si las acciones de China carecen de un «objetivo último» de dominación mundial, depende de la capacidad de EE. UU. el hacer una lectura correcta de esta situación y de no sobre reaccionar en su respuesta. Si, por el contrario, sí tuvieran una intención y Estados Unidos la subestimara, podrían verse desbordados ante el dominio chino y ser incapaces de responder en tiempo y forma. Los ecos de la Guerra del Peloponeso resuenan con fuerza. Surge Esparta y Atenas se hunde en la incertidumbre sobre cómo responder.

Al final de la última visita del presidente chino Xi Jinping a Moscú, en la puerta del Kremlin, Xi le dijo a Putin: "En este momento hay cambios como los que no hemos visto en 100 años, y somos nosotros quienes estamos impulsando estos cambios". Putin, sonriendo, respondió: "Estoy de acuerdo". "Cambios nunca vistos en un siglo" se ha convertido en uno de los lemas favoritos de Xi y, aunque pueda parecer genérico, resume de manera clara la estrategia de China sobre el nuevo orden global emergente: el del desorden.

Y, si bien China y Estados Unidos coinciden en que el orden posterior a la Guerra Fría ha terminado, ambos están apostando por escenarios diferentes. En Washington se cree que es necesaria una revisión de alianzas e instituciones que instauren un nuevo orden global que incorpore a gran parte del mundo y que aísle tanto a China como a varios de sus socios como Irán, Corea del Norte y Rusia.

El liderazgo chino -desde Xi Jinping hacia abajo- cree, en cambio, que la arquitectura global erigida después de la Segunda Guerra Mundial es obsoleta y que cualquier intento por preservarla es inútil. En lugar de tratar de salvar el sistema, Pekín apuesta a su fracaso y caída.

A los ojos de los estrategas chinos, la búsqueda de soberanía e identidad de los países es incompatible con la formación de bloques al estilo de la Guerra Fría, por lo que el orden mundial será más fragmentado y multipolar que el que busca Occidente; y que podría ser más funcional a las aspiraciones chinas de ocupar el lugar que les corresponde en el mundo como Gran Potencia.

En consecuencia, China se está preparando para un mundo definido por la asimetría, la fragmentación y el desorden; un mundo que en muchos aspectos ya ha llegado; y para el cual es necesario elaborar nuevas estrategias para poder prosperar.

No hay más Guerra Fría

Entre 1945 y 1989, la descolonización y la división entre las potencias occidentales y el bloque soviético definieron el mundo. Los imperios se disolvieron en docenas de estados tras cruentas guerras. Y, aunque la descolonización transformó el mundo, fue todavía más transformadora la competencia ideológica instalada durante la Guerra Fría. Después de ganar su independencia, la mayoría de los países se alineaban con el bloque democrático o el bloque comunista. Incluso los países que no querían elegir bandos definieron su identidad en referencia a la Guerra Fría, formando un "movimiento no alineado".

Estados Unidos cree que la historia se repetirá y trata de revivir esta estrategia dividiendo al mundo y movilizando a sus aliados. Pekín, en cambio, apuesta a un mundo en el que la autodeterminación y la multi alineación prevalecerán sobre la ideología.

En verdad la era actual difiere de la era de la Guerra Fría en tres aspectos importantes. En primer lugar, las ideologías de hoy son más débiles. Después de 1945, tanto Estados Unidos como la Unión Soviética ofrecieron visiones optimistas y convincentes del futuro que hoy no seducen más. China no tiene un mensaje así y la visión tradicional de Estados Unidos sobre las bondades de la democracia liberal se han visto muy erosionadas tras la guerra de Irak, la crisis financiera global de 2008 y la presidencia de Donald Trump; que mostraron un Estados Unidos menos exitoso y, sobre todo, menos confiable. Además, en lugar de ofrecer ideologías opuestas, China y Estados Unidos se asemejan cada vez más en asuntos que van desde la política y el comercio, hasta la tecnología y la política exterior. Sin mensajes ideológicos capaces de crear coaliciones internacionales, no pueden formarse bloques al estilo de la Guerra Fría.

En segundo lugar, Pekín y Washington no disfrutan de la dominación global que tenían la Unión Soviética y Estados Unidos después de 1945. En 1950, Estados Unidos y sus principales aliados (países de la OTAN, Australia y Japón) y el mundo comunista (Unión Soviética, China y el bloque del Este) representaban juntos el 88% del PIB mundial. Hoy, estos mismos países representan sólo el 57% del PIB global.

En tercer lugar, el mundo hoy es en extremo interdependiente. Al comienzo de la Guerra Fría, había pocos vínculos económicos entre Occidente y los países detrás de la Cortina de Hierro. La situación hoy es diferente. Mientras que el comercio entre Estados Unidos y la Unión Soviética se mantuvo en alrededor del 1% del comercio total de ambos países en las décadas de 1970 y 1980; el comercio con China representa casi el 16 por ciento del equilibrio comercial total tanto de Estados Unidos como de la Unión Europea. Esta interdependencia prohíbe la formación estable de bloques que caracterizó a la Guerra Fría. La ilusión de reflotar una Nueva Guerra Fría parece ser sólo eso, una ilusión.

Dijo Sun Tzu: "Toda guerra se basa en el engaño. El supremo Arte de la Guerra consiste en someter al enemigo sin luchar". Si el mundo está entrando en una "Era del Desorden" como prevé China, entonces quizás sea cierto que la nueva Esparta está mejor posicionada para prosperar y, eventualmente, ganar en este desorden por sobre la vieja Atenas.

 

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