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Recientes reformas sociales en China

Domingo, 01 de diciembre de 2013 02:06

“La revolución del jazmín” se originó en Túnez, cuando un arquitecto desocupado se inmoló frente a la Gobernación.

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“La revolución del jazmín” se originó en Túnez, cuando un arquitecto desocupado se inmoló frente a la Gobernación.

Abogado laboralista, titular del estudio jurídico Bhler, Farah y Asociados

En el 2012 disminuyó el crecimiento económico de China, el PBI bajó al 7,8% y la inflación anual llegó al 4,2%.

Xi Jinping se levantó, como todos los días, muy temprano. También, como todos los días, al descuido, vio su imagen despreocupada reflejada en el espejo del baño. A través del pequeño ventanal llegaban frescos aires matinales, con aroma de jazmín.

¿Qué perturbación podía inquietar a uno de los tres hombres más poderosos del mundo? Quizá su máximo desvelo podría ser que, en realidad la revista Forbes se había equivocado al ubicarlo en el tercer puesto del podio de poderosos.

No había mayor justificación para que el puesto más alto lo ocupara el ruso Vladimir Putin, seguido por el inefable Barak Obama. Pero XI Jinping no es un hombre de vanidades. Ese no era un problema para quien manejaba los destinos de la quinta parte de la población del planeta. Mientras el cristal le devolvía su imagen, advirtió en su rostro un rictus de desasosiego inexplicable.

Al mismo tiempo, un escalofrío recorría su espalda, como una navaja deslizándose, impiadosamente.

La culpa era del jazmín

Dos mil años de sometimiento al absolutismo de los emperadores y décadas de sumisión a la autocracia del partido comunista parecían ser suficiente garantía de un pueblo dócil. Las protestas de la Plaza de Tiananmen de 1989, sangrientamente reprimidas, no tuvieron réplicas posteriores.

Sin embargo, en 2011, se reprodujeron, en China, conatos de protesta como eco de las que en esos días había habido en Túnez, Egipto, Yemen, Libia, Argelia, Bahrein y otros países árabes, y que en los dos primeros casos causaron la caída de dictaduras que llevaban varias décadas en el poder.

Los intelectuales árabes dieron a conocer un manifiesto en el que expresaban: “Nos inclinamos ante aquellas y aquellos (sic) que han dado su vida para que se realice el sueño confiscado en nuestros países desde hace decenios, el de unas sociedades más justas y más humanas, regidas por las reglas del Estado de Derecho, universalmente establecidas: igualdad ante la ley, redistribución equitativa de las riquezas, erradicación de la corrupción y garantía de las libertades individuales y colectivas, incluidas las libertades de opinión y creencia” (¿le suenan conocidos estos reclamos?)

Esas revueltas fueron bautizadas como “la revolución del jazmín” y se originaron, en Túnez, cuando un vendedor callejero (en realidad era un arquitecto desocupado) se inmoló frente a la casa de Gobierno.

El mes pasado, cuando tuve la suerte de conocer la república tunecina, comprendí la razón del nombre bautismal. Entre la “Torre del Reloj” y la estación de ferrocarril, uno puede embriagarse con el fresco y penetrante aroma de esta pequeña y delicada flor, que se vende en puestos callejeros en múltiples ramos, ramitos y ramones.

Pero su mismo nombre es perturbador y premonitorio: “yas” quiere decir desesperación en árabe y “min” mentira.

Cuando la fría gota de sudor llegaba al coxis, Xi Ping rápidamente comprendió que el evocador aroma de los jazmines, había atravesado imperceptiblemente sus neuronas para sumirlo en tristes reflexiones.

La policía informática china se mantiene a la vanguardia de la tecnología y durante la revuelta árabe, la censura cibernética había intentado, incluso, bloquear la palabra “jazmín” en microblogs y otros foros de internet:

Ello no impidió que se mantuvieran en algunas webs, exhortaciones pidiendo a los potenciales manifestantes que corearan consignas pidiendo trabajo, vivienda, alimentos y justicia, sin peticiones políticas.

Fue entonces, cuando Xi Ping advirtió que cualquier autocracia, por más milenaria que fuera, podía derrumbarse como un castillo de naipes. Y China estaba dando algunas señales de ese aumento de la inestabilidad social, provocada -más que por circunstancias políticas- por la creciente inflación en el país, que ha producido aumentos de precios de los alimentos de hasta el 10 por ciento interanual y una subida del IPC del 4,5 por ciento el pasado enero.

En el 2012 disminuyó el crecimiento económico del país, el PBI bajó al 7,8% y la inflación llegó al 4,2% (anual, aunque Ud. resignado argentino- no lo crea). Una encuesta hecha por el Banco Central de China (People's Bank of China, PBOC) mostró que el 74% de la población estaba descontenta ante el fuerte incremento de precios, el mayor nivel de disconformidad en los últimos 11 años.

Fue entonces que Xi Ping resolvió tomar una drástica medida: nunca más bebería su preciado té de jazmín. Dudando de la eficacia de la medida, decidió, también, que era hora de grandes reformas.

Un golpe de timón

Occidente, parece haber olvidado la sabia advertencia de Napoleón Bonaparte: “Cuando China despierte, el mundo temblará”. No prestarle atención a China, no parece sensato: ya es la segunda potencia mundial y el mayor exportador y el segundo importador del mundo. En los próximos 5 años, pasaría a ser la primera economía del mundo generando el 19% del PBI mundial.

Llamativamente tuvo poca repercusión en los medios el lanzamiento, anunciado hace diez días, de las mayores reformas económicas y sociales producida por el coloso asiático en las últimas tres décadas, que implican -en gran parte- una ruptura con un legado histórico.

En el orden económico la empresa privada comenzará a tener (aun) mayor protagonismo, en el marco de un mercado de libre juego de oferta y demanda. Socialmente se pondrá fin a los ignominiosos campos de reeducación por el trabajo, reducirá, gradualmente -“paso a paso”- la cantidad de delitos que acarrean la pena de muerte y, se mitigará la política del hijo único.

Además, serán totalmente abolidas las restricciones de residencia en las ciudades pequeñas y municipios, se integrarán los sistemas de seguridad social urbano y rural, se acelerará la convertibilidad de las cuentas de capitales y se creará un impuesto medioambiental. Todo ello (y numerosas medidas más) fueron adoptadas en el Tercer Pleno del 18 Comité Central del Partido Comunista Chino (PCCh), clausurado tras cuatro días de conciliábulo.

Pero no todo es “rosa” (ni jazmín) en la reforma. El Plenario también resolvió “adoptar el compromiso de trabajar para prohibir la extracción de confesiones mediante la tortura y los abusos físicos”. Esto significa “anhelamos tener la intención de pretender intentar a comenzar, si fuera posible'”.

Desde esta página exhortamos a los compañeros chinos (y chinas): ­Estamos en el tercer milenio­ ¿Era muy complicado decir que quedaba suprimida toda práctica de tortura, como lo hizo nuestra Asamblea del año XIII? Pero esta es la realidad, y debemos valorar la buena intención; lo demás es cuento chino.

 

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