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19 de Mayo,  Salta, Centro, Argentina
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Una invitación a redescubrir al gran Neri, trazo a trazo

Domingo, 18 de agosto de 2013 03:45

Así como el pianista mueve los dedos casi como un acto reflejo, recorriendo de memoria un teclado imaginario cada vez que escucha una composición que se sabe de memoria, el dibujante dibuja cada vez que agarra una lapicera, incluso en el medio del acto formal de estampar una firma. Quizás el ejemplo no constituya una norma, pero sí es el punto donde confluyen muchas de las anécdotas sobre Neri Cambronero, narradas por su hija Hebe. “El siempre decía que había nacido con la carbonilla en la mano. Toda la vida hizo del dibujo una parte de su existencia. Cómo será que cuando me firmaba los boletines del colegio ponía su apellido y en la cola de la última letra “o” dibujaba un gato. "Es un michi', me aclaraba innecesariamente. Y yo me iba al colegio muerta de vergenza, con el gato muy plantado en mi libreta de calificaciones”, contó Hebe. “Igual: a mí él me decía Pajarito -agregó- Y cuando me llegaban sus cartas a Tucumán, donde yo estudiaba, en alguna esquina del sobre siempre encontraba el dibujo de un pajarito”. Los tiernos “gajes” de ser la hija de un artista.

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Así como el pianista mueve los dedos casi como un acto reflejo, recorriendo de memoria un teclado imaginario cada vez que escucha una composición que se sabe de memoria, el dibujante dibuja cada vez que agarra una lapicera, incluso en el medio del acto formal de estampar una firma. Quizás el ejemplo no constituya una norma, pero sí es el punto donde confluyen muchas de las anécdotas sobre Neri Cambronero, narradas por su hija Hebe. “El siempre decía que había nacido con la carbonilla en la mano. Toda la vida hizo del dibujo una parte de su existencia. Cómo será que cuando me firmaba los boletines del colegio ponía su apellido y en la cola de la última letra “o” dibujaba un gato. "Es un michi', me aclaraba innecesariamente. Y yo me iba al colegio muerta de vergenza, con el gato muy plantado en mi libreta de calificaciones”, contó Hebe. “Igual: a mí él me decía Pajarito -agregó- Y cuando me llegaban sus cartas a Tucumán, donde yo estudiaba, en alguna esquina del sobre siempre encontraba el dibujo de un pajarito”. Los tiernos “gajes” de ser la hija de un artista.

Pero estos garabatos son sólo la punta de un ovillo maravilloso que Cambronero armó a los largo de su frondosa existencia. Una buena porción de su gran obra puede visitarse hoy en el Museo de Bellas Artes de Salta (Belgrano 992), donde se encuentra montada la muestra antológica “Raíces de la eternidad”.

Fue Hebe, precisamente, la gestora de este recorrido por la vida y la creación de su padre, uno de los dibujantes más excepcionales y sensibles de la región: “El 25 de julio pasado se cumplieron diez años de su partida, por eso decidimos organizarle este homenaje”. Cambronero falleció en 1989. Su arte, básicamente expresionista, demostró siempre un fuerte compromiso con la realidad del hombre, con su trabajo cotidiano. Había nacido en Córdoba en 1929. En 1957 egresó de la Escuela de Bellas Artes “Figueroa Alcorta” de esa ciudad con el título de Profesor de Artes Plásticas, y a partir de 1958 eligió vivir en Salta.

“Mi papá no era de hablar mucho de su obra en el entorno familiar. Hoy veo sus dibujos y creo que, al llegar de Córdoba a Salta, se sintió inspirado por los personajes de esta región. Su primera producción, en los 60, capturaba imágenes de los collas, la gente de la Puna. Después se sintió atraído por personajes de la ciudad: el lustrabotas, el barrendero, el afilador... Hay una serie de la década del 70 dedicada a esta temática. En los 80 dejó un poco de lado la figuración y se animó a una cosa más abstracta”, sintetizó Hebe, haciendo un recorrido por la obra de su padre.

Cambronero era un dibujante excepcional, dueño de un dominio total de las estructuras formales. Quizás ese saber le venía dictado del pasado: “Sondeando entre sus antepasados, supimos que su papá -o sea mi abuelo- fue carpintero. Y por el lado de mi abuela, los Urquía de Arroyito (Córdoba), descendía del fundador de ese pueblo, que también era carpintero. Yo creo que la habilidad como grabador, por ejemplo, le fue heredada genéticamente”, arriesgó la hija del artista.

El recorrido por la muestra antológica en el Bellas Artes puede empezar en cualquiera de los salones. Pero apenas se ingresa al museo, hay una habitación que convoca como canto de sirena: es la reproducción exacta del taller de Neri Cambronero, que sus hijos conservaron intacto. Sobre el tablero forrado de fotografías, hay una jaula colgada. “La tenía mi papá en su taller. Adentro nunca hubo un ave real, sino la imagen de un pajarito. En muchas de sus obras está presente este animalito. Es recurrente, al igual que los oficios, la jaula, los vuelos, la rueda...”, precisó.

Invitada a dibujarlo con palabras, Hebe dijo de su papá: “Siempre fue un tipo laburante, porque no se dedicaba sólo a la pintura. En mi casa no se paraba la olla con el arte. Mi viejo trabajó muchos años en Energía Atómica, en Canal 11 y en la Escuela de Bellas Artes. Fue un gran docente. A esta profesión la tenía hecha carne. En mi casa, además, puso a andar el primer taller libre de arte para chicos. Se llamaba Taller de Expresión Creadora. Hoy, la continuadora de esto es Silvia Katz, que curiosamente fue alumna de mi papá en este espacio lleno de risas y colores”.

Cada vez que don Neri vendía una obra “se ponía feliz, y los primeros en disfrutar del acontecimiento eran sus amigos -recordó Hebe-, porque mi papá los invitaba a comer y los gastos corrían por su cuenta. La familia lo disfrutaba de otra manera. Por ejemplo, disfrutando de unas buenas vacaciones”. Fue precisamente de esos amigos, de sus relatos y de su recuerdo agradecido que Hebe pudo reconstruir una parte de la historia de su padre, esa que él supo armar de puertas afuera, a fuerza de cariño.

 

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