La vieja pregunta "¿apertura económica o proteccionismo?" que parecía saldada al final de la década pasada cuando las fuerzas globalizadoras terminaron de ocupar el escenario del debate, resurge hoy a la luz de las medidas proteccionistas de política comercial anunciadas por el gobierno de Donald Trump y enfrentadas a la nueva apertura de Argentina.
La globalización económica nos ofrece hoy un mundo mucho más conectado y globalizado que 20 años atrás. El 30% de la producción global es comercializada internacionalmente, en 1990 era el 20%. Las empresas que lideran el comercio mundial están integradas. Las cadenas de valor se reparten en diferentes lugares del globo y todo indica que ese proceso seguirá en aumento. Un bien terminado incluye bienes intermedios y servicios provenientes de diferentes lugares del planeta, se puede decir dónde se termina de producir un bien, pero no dónde se inicia, porque lo hace en diferentes lugares.
En este escenario, existe una enorme dificultad práctica de implementar políticas proteccionistas debido a la integración global de las cadenas de valor. Sin embargo y frente a ello, Trump declara, con lógica de hierro, además, que en mejor defensa de los intereses nacionales, EEUU enfrentará su mayor período de cierre comercial y con ello, el debate sobre globalización económica, comercial y financiera y su relación con la política exterior de los países vuelven a surgir.
Los diez principales países comerciantes del mundo globalizado representan algo más de la mitad del comercio internacional.
En 2013 China se convirtió en el mayor comerciante de mercancías del mundo. Su superávit comercial fue de 259 mil millones de dólares (el 2,8% de su PBI).
Estados Unidos se constituyó como el segundo. A diferencia de China, Estados Unidos tiene un déficit comercial de más de 750 mil millones de dólares (el 4,5% de su PBI).
Alemania es tercero, con un superávit del 7,3% de su PBI y Japón el cuarto con un déficit del 2,4% de su PBI.
Sin lugar a dudas, China está modificando el mapa de la economía mundial y fue el actor más destacado de los últimos lustros. La fuerte aparición de los países asiáticos en el comercio internacional logró que 124 países tengan a China como principal socio comercial. Este espacio le correspondía a Estados Unidos.
La aparición de China también trae preocupaciones para América Latina debido a que con su productividad y la tecnificación de sus producciones amenaza la industria de nuestros países.
China tiene el 20% de la población del mundo y el 7% de la tierra cultivable del globo. Por lo tanto, la demanda de alimentos corresponde a esa lógica.
La política comercial, de la que se sirve un gobierno como herramienta para mejorar su competitividad, no es un objetivo en sí mismo sino justamente eso: una herramienta.
Es necesario sopesar el alcance y los posibles efectos de decisiones políticas para que las soluciones técnicas a los problemas no se conviertan en causa de otros, mucho mayores. Es cierto que en teoría, la apertura económica a través de la liberación del comercio internacional, estimula el intercambio de productos entre los países y genera la disponibilidad de bienes más baratos.
Por su parte, y más en situaciones de crisis económica, ciertos niveles de protección a los propios productos evitan una caída fulminante de precios y el consiguiente impacto negativo de algún sector de la economía nacional. Confrontar entre estrategias proteccionistas rivalizando con enfoques aperturistas y tomar partido por una de ellas, es una clara confusión. ¿Una u otra? Todo depende.
La competitividad viene dada por múltiples factores: la coyuntura económica, las expectativas, el acceso al crédito, la conflictividad laboral, el consumo, el acceso a los servicios públicos, la conectividad, el precio local e internacional, el conocimiento, el costo de los insumos, las relaciones internacionales, el tipo de cambio y un largo etcétera. Si Estados Unidos decide tener una política proteccionista para equilibrar su déficit comercial y cuidar la mano de obra local adicionaría un problema a países como el nuestro debido a que existiría un excedente de productos destinados a la enorme economía norteamericana que no podrían ser colocados. China principalmente, y otros actores del comercio global están aumentando además su tecnificación y productividad.
La mayor productividad sumada al excedente de productos nos colocaría en una situación enormemente desventajosa. Si a esto le adicionamos la apertura de nuestras fronteras sin dudas esos productos arrasarán a los producidos de manera local. Lo que traerá aparejada una enorme pérdida de rentabilidad, lo cual provocará despidos y/o cierres de empresas estigmatizadas y endilgadas con falta de competitividad. El ciudadano en el corto plazo, contará con productos más baratos y en algunos casos, de mejor calidad. En otros, contará con mayor variedad pero no necesariamente más baratos (tomado el caso que el comerciante efectivamente no traslade sus costos de productos importados a una disminución del precio al consumidor).
Lo que es seguro, que la producción local se verá perjudicada con su consecuente impacto negativo en el tejido económico y social.
Pedirle competencia a nuestra producción en este contexto, es un error.
¿La apertura está bien o mal? Depende en qué contexto y en qué sector.