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El silencio perpetúa la violencia sexual

Domingo, 16 de diciembre de 2018 00:00
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Las denuncias de abusos sexuales que revolucionaron la agenda de los argentinos en la última semana con el video de Thelma Fardin y la conferencia del colectivo Actrices Argentinas -como punto de quiebre- y el caso de discriminación en el Colegio Santa María, en Salta, tienen el mismo trasfondo: la violencia.

En tanto fenómeno social, esa violencia apareció en versiones o formas diferentes. Sin embargo, más allá de la distancia conceptual que separa a ambos hechos, es posible ver que un único hilo los une, una conexión que es reflejo del cambio inexorable (y esperemos que irreversible) de época: el quiebre del silencio.

Significados sin sonido

Existe un axioma sobre la condición humana según el cual en toda interacción humana es imposible no comunicar, por lo tanto el silencio también es una forma de comunicación.

Existen, se sabe, muchos tipos de silencio por el significado que conllevan, la mayoría de ellos bastante bien estudiados por la psicología. Hay silencios que equivalen a la nada, otros que dicen sí y otros que dicen no. Hay silencios que son cómplices, que no son los mismos que los que suenan a compinches. Hay silencios que son amor, que son olvido y hasta perdón. Hay silencios conservadores, otros que son cobardes y otros violentos, muy violentos. Hay silencios que invalidan al otro. Y están los silencios por vergenza, esos arañan el alma.

Es sabido que en la base del abuso -sexual e institucional-, el silencio resulta un factor versátil que crea y recrea, una y otra vez, el círculo vicioso de la dominación-sumisión impidiendo que otras personas o instituciones intervengan para poner punto final a esa situación e iniciar una etapa de reparación para la víctima y castigo a su agresor. El silencio le apaga la luz a la mirada del otro.

También es, la mayoría de las veces, la llave que clausura la puerta al surgimiento de los síntomas o los indicios que permitirían a los otros intuir y descubrir lo que está sucediendo o ha sucedido.

El agresor manipula a su víctima para mantener ocultos sus actos y esta, enajenada en gran parte de su voluntad y autodeterminación, se somete a la regla del "no digás nada porque esto es tu culpa" y tantas otras frases y estrategias usadas para destruir cualquier reacción o acto de protección, preservación y hasta subsistencia.

El silencio es más grave aún cuando se instala en el seno familiar o entre los padres que, interiorizados de lo sucedido, optan por callar por vergenza, en nombre de la familia, por dependencia económica, por sumisión, por el qué dirán los otros, y por muchos justificativos más, ninguno de ellos sanadores. Al contrario, los secretos a voces dentro de una familia solo crean y reproducen hasta el infinito, como en una cinta de Moebius, vínculos enfermos con grandes posibilidades de afectar al menos a la generación que sigue.

Tiempos incalculables

Para peor el silencio tiene tiempos incalculables. Nadie habla antes de poder hacerlo, porque recordar y poner en palabras es, antes que nada, salirse de la inmovilidad en la que queda sumergida la víctima -o las víctimas- luego de la agresión. Hablar es dar el primer paso. Pero también es revivir la situación traumática que durante todo ese tiempo no ha dejado en paz al cuerpo, al pensamiento, al alma. Hablar no es fácil.

El silencio ha sido, y es todavía, la principal herramienta que perpetúa la violencia, especialmente la sexual. El mundo ha logrado desarrollar con más premura y eficiencia mecanismos, instituciones y códigos que luchan contra otros tipos de violencia, pero el avance contra el abuso sexual viene a un paso lento en extremo, seguramente por la relación directa que hay en la tríada que lo conforma: lo íntimo que es tocar un cuerpo, la ocurrencia de la agresión casi siempre en un ámbito cerrado a la mirada de los otros y la contundente y sistemática estrategia del agresor sobre la víctima para mantener en secreto lo sucedido.

Esta semana, muchos hablamos de las denuncias de las actrices y luego de las que surgieron en el ámbito de la política. En una de esas mágicas síntesis de noticias que son las fotografías, vimos que la mayoría de las denunciantes eran mujeres jóvenes. Fardin tiene 26 años, Eva de Dominici 23, María del Cerro 33 y el estudiante del Colegio Santa María es un adolescente. No parece casual, sino más bien una evidencia. Los tiempos están cambiando y las nuevas generaciones soportan menos el silencio. Por suerte en este caso. Ellos hablan y con su hablar empujan a los otros, más viejos o más chicos que ellos, a hacerlo. Ellos dejaron de lado el silencio de la vergenza y hablaron sin miedo a salirse del "status quo". Rompieron el silencio para reafirmar sus derechos y su dignidad, y a través de ellos, la onda expansiva llegó a muchos más. Hoy muchas personas, sobre todo mujeres, de mediana edad empiezan a animarse a hablar, con una voz todavía tenue, pero ponen en palabras el dolor. Esta vez, que tengan vergenza los que cometieron conductas vergonzantes, no los que sufrieron esos actos.

Así la estructura elemental que ha sostenido hasta aquí a la violencia sexual comienza a tambalear y resquebrajarse. Ellos hablan pero a diferencia de tiempos anteriores, no están solos. Los movimientos como #Metoo o #NoesNo, Actrices Argentinas, #NiUnaMenos, o el multifacético movimiento feminista son colectivos que vienen cultivando desde hace tiempo y hoy el fértil suelo empieza a dar frutos. Aún así, hablar y estar acompañados en la misma senda no garantiza el cambio social. Es un paso inmenso, pero aún se requiere de otros aspectos, sobre todo institucionales.

Algunas de las deudas

En la Argentina sigue siendo una deuda sacar al delito de abuso sexual del ámbito privado para llevarlo a la categoría de delito de índole pública.

El viernes el presidente Mauricio Macri lanzó un programa de equidad de género, pero si las medidas que anunció no se materializan, el plan será letra muerta en breve.

La educación sexual integral en las escuelas -que algunos buscaron exprofeso embarrarla para que no surja- es una herramienta indispensable para la construcción de una nueva sociedad, más equitativa, más sana, a partir de las nuevas generaciones.

El listado de los pendientes es largo y es necesario seguir hablándolo. Hablar para romper el silencio. Hablar para sanar. Hablar para hacer. Hablar hasta que se entienda que no es no.

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