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Una prueba más y van… ¿A los docentes quién los examina?

Martes, 18 de noviembre de 2025 01:47
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Pasó otro operativo Aprender. El país volvió a detenerse por unas horas para mirar hacia las aulas, para contar cuántos aciertos y errores tuvieron los chicos de sexto grado en Lengua y Matemática. Los números llegarán en unos meses, fríos, prolijos, con sus porcentajes y comparaciones de siempre. Pero los que estuvimos ese miércoles en las escuelas ya sabemos el resultado más importante: el cansancio, la desconexión y la sensación de que nada cambia.

Fueron más de 750 mil estudiantes los que participaron, en más de 20 mil escuelas del país. Todo un despliegue logístico y simbólico que cada año se repite con la promesa de medir, de saber dónde estamos. Sin embargo, mientras el lápiz recorre las hojas de opción múltiple, los docentes nos preguntamos si esa evaluación dice algo sobre lo que realmente pasa dentro del aula.

Durante esa jornada, la escuela se vistió de silencio. Se prohibieron los juegos, las charlas, las rutinas de siempre. Los chicos, acostumbrados a debatir, a leer en grupo, a equivocarse sin miedo, debieron responder a solas, encerrados en consignas que poco tienen que ver con su realidad. Las maestras miraban de lejos, sin intervenir, convertidas en testigos mudos de un acto que, paradójicamente, las excluye.

El operativo Aprender nació para "evaluar los aprendizajes", pero con el tiempo se transformó en un ritual que repite las mismas preguntas y, sobre todo, los mismos resultados. Cada año las conclusiones son parecidas: bajo nivel de comprensión lectora, dificultades en Matemática, desigualdades según provincia y tipo de escuela. Lo que cambia, a veces, es el modo de titular las noticias. Lo que no cambia es la sensación de que seguimos diagnosticando una enfermedad sin aplicar el tratamiento.

Porque detrás de cada número hay un contexto que no entra en ninguna estadística. Hay escuelas sin conectividad, sin calefacción, sin recursos. Hay docentes que enseñan en tres turnos para llegar a fin de mes, y chicos que van a clase sin haber desayunado. Esos factores, invisibles para la prueba, son los que realmente explican los resultados.

Nadie discute que haya que evaluar. Lo que se discute es cómo y para qué. Si las pruebas sirven para mejorar la enseñanza, bienvenidas sean. Pero si solo se usan para señalar carencias sin ofrecer soluciones, terminan siendo un nuevo instrumento de culpa.

Mientras tanto, seguimos sin una evaluación real de quienes diseñan las políticas educativas. ¿Quién examina al Ministerio cuando los resultados se repiten? ¿Quién evalúa la pertinencia de los programas, la continuidad de las capacitaciones, la inversión en infraestructura? Si los alumnos son evaluados por lo que aprenden, ¿por qué no se evalúa con el mismo rigor la gestión de quienes tienen el poder de cambiar las condiciones de aprendizaje?

Los docentes evaluamos todos los días. Observamos, acompañamos, corregimos, alentamos. Sabemos que una evaluación no puede reducirse a un número. El aprendizaje es un proceso que incluye la emoción, la curiosidad y el contexto. Ninguna hoja estandarizada puede medir el brillo de un chico que descubre que puede escribir su propia historia, ni el esfuerzo silencioso de quien lee por primera vez un texto completo.

Después del operativo, los alumnos volvieron a sus cuadernos y los maestros a sus planificaciones. Nada parecía haber cambiado. Quizás ese sea el problema: que la evaluación termina cuando debería empezar. Porque los resultados, una vez más, se guardarán en informes, en carpetas digitales, en discursos que prometen "analizar los datos para mejorar la calidad educativa". Pero el aula sigue igual.

Tal vez haya que repensar la palabra "Aprender". Aprender no es llenar casilleros correctos, sino comprender, crear, vincular, sentir. Y enseñar tampoco es repetir contenidos, sino generar preguntas. Por eso, después de cada operativo, debería venir otro: el de escuchar a los docentes, a los que todos los días enfrentan la complejidad del aprendizaje real, no el de los formularios.

Pasó otro Aprender. Una prueba más y van muchas. Los alumnos hicieron su parte. Los maestros, también. Ahora le toca al sistema rendir cuentas. Porque si de verdad queremos mejorar la educación, ya no alcanza con medirla: hay que transformarla.

Y mientras esperamos los resultados oficiales, en cada escuela del país queda flotando la misma pregunta, escrita con tiza invisible en el pizarrón de la conciencia colectiva: ¿A los docentes quién los examina… y quién los escucha?

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