inicia sesión o regístrate.
En las actuales circunstancias, tal vez no haya otra lectura del estado de nuestra sociedad: está enferma.
Las rigurosas investigaciones sobre base estadística muestran vencidas una cantidad de enfermedades humanas a punto tal que puede anunciarse su desaparición; nuevas expresiones morbosas o enfermedades, apenas sospechadas, pasan a ocupar un primer plano en las listas demográficas, lo que obliga a concluir, que a pesar de todo, no disminuye el número total de enfermos y en consecuencia la vulnerabilidad del hombre sigue lo más campante.
El círculo vicioso se cierra casi siempre, porque en realidad lo que puede estar enfermo es el ser humano y también la sociedad que lo contiene y que actúa sobre el hombre y sobre sus conceptos culturales interviniendo como entidad disolvente o unitiva.
Síntomas
La paradoja básica de nuestro tiempo: nuestra religión, nuestra moral, nuestras teorías económicas y políticas tienden a destruir el estado de cosas que aspiran a lograr.
La sociedad es un todo, susceptible de estar enferma en sí misma y muchas enfermedades psicosociales aparecen como meros síntomas de la enfermedad social. Cuando fracasa la función social de la política, aparecen determinadas dolencias y padecimientos individuales y colectivos que obstruye la capacidad de ver y pensar bien. Distorsionan las relaciones sociedad-individuo, aumenta la incapacidad para el trabajo y la productividad se torna escasa, la violencia carcome todo tipo de relación. Esto demuestra que la medicina, la medicina social y la política han fracasado en el cumplimiento de su función social en importantes aspectos como las alteraciones psicosociales y el soporte al bienestar general.
La enfermedad social genera graves resultados biológicos e impide alcanzar un estado aceptable de salud biológica, psicológica y social.
El hombre enferma a su sociedad y ésta puede enfermar al hombre en un perverso circuito de retroalimentación.
Las mejores invenciones sociales, como la asistencia social y los seguros pueden convertirse en focos de invalidez individual y social que mejora en forma aparente el caso inmediato e individual pero agravan el problema mediato y social y, a la larga, también, la situación personal que se buscó aliviar.
Transparencia Internacional, una publicación que elabora y publica el índice de corrupción de distintos países, hace rato que no empieza por casa.
Nos ocupamos poco de los evasores de impuestos, de los ejecutivos que hacen pagar a sus compañías sus cuentas del country club, que nos parece normal aceptar la existencia de lobistas o procuradores que sobornen a legisladores y funcionarios, que se elaboren leyes, normas y reglamentos que favorezcan a ciertas compañías o empresas a costa del contribuyente.
Es evidente que todavía no se ha estudiado lo suficiente y en profundidad a gente que no es normal, obsesionados por el dinero o el poder político, o ambas cosas a la vez. Cuanto más tienen, tanto más ansían.
Los mecanismos de la curación son muchos y variados y es preciso salir del error el creer que siempre cura mejor el que más sabe; es, en cambio, cierto que siempre cura mejor el que mejor sabe. La curación es contagiosa; el remedio pasa y la curación permanece; con el correr del tiempo una misma enfermedad se cura con remedios distintos y aun contradictorios; es posible y frecuente que se cure una enfermedad con el diagnóstico de otra y en consecuencia con un tratamiento que no era el adecuado; el hecho de curar es un fenómeno muy complejo donde el medicamento puede ser sólo una parte de cuyos componentes no siempre tenemos cabal conocimiento y cuya dinámica desconocemos. En realidad siempre juzgamos por los resultados y esto cabe para el hombre o la sociedad enferma.