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29 de Agosto,  Salta, Centro, Argentina
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Las puertas abiertas para los barrabravas

Viernes, 29 de agosto de 2025 02:14
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Hace poco más de una semana se empezó a jugar en Avellaneda el partido de vuelta por la Copa Sudamericana entre Independiente y Universidad de Chile correspondiente a la Copa Sudamericana. En el partido de ida, el equipo chileno había triunfado por un gol. Le bastaba un empate para lograr la clasificación a la siguiente fase. El árbitro del partido fue el señor Gustavo Tejera, de Uruguay.

A estas alturas, pocos recuerdan que el primer tiempo había terminado empatado -uno a uno-. Después del entretiempo, los equipos comenzaron la segunda parte del juego, lo que pudieron hacer apenas dos minutos. Desde entonces, el partido pasó por distintas definiciones: demorado, suspendido, cancelado. La protagonista estelar ya era la violencia, que había empezado antes del partido y se prolongó horas después.

Tal como dice una vieja frase muy difundida, todo lo que empieza mal, termina mal. Dos días antes del partido, hubo una reunión oficial para definir cómo sería el operativo de seguridad. Estuvieron representantes del club organizador, de la entidad oficial creada para prevenir la violencia en el fútbol, que se conoce por el nombre APreViDe (Agencia de Prevención de Violencia en el Deporte), autoridades de la policía, bomberos y funcionarios municipales.

Dos días antes, el problema ya estaba instalado, porque el club organizador había vendido unas cuatro mil entradas al visitante, lo que equivale a unos doscientos mil dólares. El problema ya no tenía solución confiable, porque como en el fútbol argentino hace años que no se admiten visitantes, la tribuna que el club local tenía disponible -llamada Pavoni alta- no estaba diseñada para asegurar la contención de los visitantes; tampoco la protección de los simpatizantes de los Rojos que estaban debajo de la otra. Para complicar más la situación, tras la última remodelación del estadio, a la altura de las cuatro esquinas del campo de juego, se construyeron unos palcos muy coquetos, donde también se ubican hinchas locales. Como se vio más tarde, muy cerca de los visitantes, que estaban a la misma altura de la parte de arriba de los dos palcos que tenían al costado de la tribuna asignada.

Nadie discute que los graves incidentes fueron iniciados por los visitantes. La U de Chile es un equipo muy popular en Santiago y tiene una barra violenta muy conocida en su país, que ya ha ocasionado problemas en sus estadios. Antes de que viajaran a la Argentina, allá se sabía que al menos unas quinientas entradas estaban en poder de los violentos. Acá todo parece indicar que no se sabía, lo que no es una virtud en ningún caso, menos si se trata de un partido nocturno con tanto en juego.

Para poder hacer lo que hicieron, los violentos chilenos no fueron controlados por la seguridad ni por la policía como era debido; por eso fue que contaban, ya dentro del estadio, al menos con parte de los instrumentos y objetos que se necesitan para romper parte de la mampostería de la tribuna, parte de los sanitarios de los baños, parte de los caños de la tribuna; además, el control fracasó para detectar pirotecnia que los violentos ingresaron al estadio y luego lanzaron a los espectadores locales. Lo más grande que arrojaron al público de abajo fue un inodoro de baño; lo más líquido, fue orina; lo mezclado, fueron excrementos humanos.

Si bien es cierto que los espectadores que pagaron el abono para ver la transmisión del partido por televisión o internet pudieron hacerlo mientras se disputó, las señales encargadas -Fox y Disney- mostraron muy pocas escenas de lo que en realidad estaba pasando en la tribuna visitante, en la de abajo y sobre todo, en uno de los palcos. Fue como si los encargados siguieran aquella máxima según la cual el espectáculo debe continuar. Algo debe reconocerse de los periodistas que estaban en el estadio y es que más de una vez dijeron que recibían imágenes -que no difundían- de lo que pasaba en esos lugares y de lo que estaba por pasar.

Independiente también es un club popular en Argentina. Lamentablemente, tiene barras, en plural, porque están divididas en cuatro grupos: la Barra del Rojo – que tiene un grupo disidente-, la Barra del Camión y Los Polacos. De alguna de ellas, ya durante el primer tiempo, se decidió ir por la venganza no deportiva -a esa altura ya no importaba- sino personal o racial, en contra de los chilenos. En ese momento no se sabía cómo fue que un grupo de hinchas locales encapuchados, con palos largos en sus manos, se abrieron paso desde la parte de abajo hasta lo más alto. Tampoco se sabía que habían forzado puertas y portones; tampoco se sabía dónde obtuvieron los palos.

Cuando se supo ya era tarde. El grupo llegó arriba y empezó la cacería contra todo lo que pareciera visitante. Una agresión a la vista de todos, sobre todo con los palos, que apenas se detenía cuando algún agredido caía inconsciente u otro se caía mientras trataba de asirse a un alambre, en la parte más alta de la tribuna.

El resultado fue muy grave: un número indeterminado de personas heridas, tres de ellas de gravedad; ciento noventa hinchas detenidos por la bonaerense fuera del estadio, no necesariamente violentos. Las instalaciones del club, en la zona donde estuvieron los visitantes, fueron dañadas severamente.

Cuando todo pasó, se pudo establecer que el grupo de violentos locales rompió candados y cerraduras de puertas y portones, para lo cual se necesitan herramientas. Igualmente, hubo imágenes del momento en que abren una puerta grande, de color gris, sin mayores esfuerzos, de donde extraen los palos con los que se arman y suben. Quedó una causa penal en la justicia provincial. Hay actuaciones en la Conmebol, que abrió una investigación para establecer responsabilidades y sanciones. En un comunicado oficial, anticipó que todo esto sería severamente sancionado. Lo mismo pidió la máxima autoridad del fútbol mundial, Gianni Infantino. No se conoció una postura al respecto del presidente de la A.F.A., que últimamente dice estar a favor del regreso de los hinchas visitantes a los partidos que se disputen por los torneos locales. Entre otras cosas, la Conmebol debería investigar si el club visitante alertó al local sobre sus hinchas violentos, que conocen y muy bien. Si es verdad que el club local puso en venta como si nada cuatro mil entradas, sabiendo que el lugar previsto no era el adecuado para la seguridad de visitantes y locales. Si es verdad que la Policía de la Provincia de Buenos Aires se negó en varias oportunidades a intervenir, desde el primer tiempo, con el argumento insostenible que el club local le había pedido que se ocupe del estadio para afuera; que en la parte interior actuaría la empresa de seguridad privada contratada por el club. Insostenible, porque no hay zonas prohibidas para la policía en espectáculos públicos, en los cuales es autoridad de aplicación. Lo único que siempre se negocia es la cantidad de efectivos para cada partido. De eso depende el pago de los adicionales, muy importantes en tiempos de salarios insuficientes.

Siguiendo con la verdad, debiera establecerse si es cierto que los palos largos y duros, hechos a medida de los violentos, estaban dentro de una habitación sin llave en la planta baja del estadio. Por eso les fue tan fácil y rápido hacerse de ellos.

Si la Conmebol comprueba todo esto, los dos clubes deberían ser sancionados. El chileno, porque sabía que entre los que compraron entradas, viajarían unos quinientos violentos, como mínimo, y no lo informaron. No advirtieron al club local esa circunstancia determinante para lo que pasó después. Después, lo que hicieron los violentos antes y durante el primer tiempo y aun después de suspenderse el partido, está documentado por videos oficiales y caseros. El de blanco que lanzó la bomba de estruendo al palco. El que lanzó el inodoro. Las manos generosas que se ocuparon de la orina y del excremento, entre otras bellezas.

El local, porque se dejó llevar por la ambición de vender miles de entradas al visitante, sin contar con un lugar adecuado para ubicarlos y controlarlos; porque perdió el sentido común al prescindir de la policía para la custodia de la tribuna visitante; porque de alguna manera facilitó la violencia, porque los palos estaban en un lugar interno del estadio, seguro, pero sin llaves. Al igual que lo que pasó con sus colegas chilenos, todo lo que hicieron los locales está grabado, filmado, tiene audios, tiene casi todo. Muchos vieron asombrados cómo actúa una unidad de cacería violenta armada con palos contra las personas; como caían los agredidos; cómo eran rodeados y obligados a desnudarse, entregar ropas, billeteras y celulares; cómo corrían desnudos por la tribuna, donde eran golpeados de nuevo.

Lo más probable es que, más temprano que tarde, se conozcan las sanciones. Ojalá que sean justas. Que se aprendan todas las lecciones que, gratuitamente, los ineficaces y los violentos nos dieron la noche del 20 de agosto. Que no vuelva a pasar.

Un lector de La Nación, Agustín Ferrari, envió una carta al diario, se pregunta: "¿qué nos pasa; cómo pasamos de la fiesta a la guerra? ¿somos cómplices? ¿involucionamos como sociedad hasta lo más bajo, que es la humillación y la violencia desmedida hacia otras personas?"

Por cierto, hasta tanto no estén dadas todas las condiciones para que los visitantes, en competencias internacionales, puedan entrar y salir de los estadios, libres y sanos, felices de haber visto a su equipo, aunque no existan victorias; hasta que el hincha del equipo visitante deje de ser tenido como el enemigo, hasta entonces, lo seguro será que los partidos de Conmebol se jueguen sin público visitante. ¡Sorry! Primero las personas, después el juego más lindo del mundo.

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