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El sentimiento federal se apaga y las provincias optan por la sumisión

El centralismo se profundiza por la predisposición de los gobiernos a refugiarse en la comodidad de las soluciones que vienen del poder central. Es necesario cambiar las leyes y las instituciones y posicionar firmemente a las provincias ante nuevo orden mundial.
Sabado, 10 de enero de 2026 00:57
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En muy raras oportunidades pudieron las provincias gozar libremente de la garantía acordada por el artículo 5° de la Constitución Nacional, que establece el principio de autonomía.

Sometidas a la política presidencial o combatidas por esta, paralizada su vida institucional o amenazada por la fuerza o la influencia de los poderes nacionales, la existencia de las provincias como entidades autónomas ha ido desapareciendo de la realidad jurídica de la República, para convertirse en distritos administrativos cuyos gobiernos dependen del apoyo, la simpatía o la tolerancia de las autoridades centrales.

Recíprocamente las provincias, sus gobiernos y sus elementos más representativos fueron sometiéndose, con el transcurrir de los años, a esa tutela imperiosa que les quitó su libertad, sus recursos y la capacidad para decidir su propio destino. Porque esa subordinación fue en parte impuesta y en parte espontánea, para conseguir en este último caso los beneficios derivados de la adhesión al poder omnipotente que residía en la capital. Y así las provincias se dejaron dominar por el centralismo, abandonando sus orientaciones tradicionales y la defensa de sus intereses permanentes a fin de conseguir ventajas momentáneas o individuales.

Las razones determinantes de ese cambio de actitud deben buscarse, por consiguiente, tanto en la tendencia centralista de la Nación cuanto en el abandono del sentimiento federalista.

Aquella es una constante histórica ineluctable, puesto que deriva de nuestra configuración geográfica. A su vez, se vio reforzada con el aumento y rapidez de las comunicaciones que quebraron el aislamiento provinciano y con la construcción de los ferrocarriles que suprimieron el localismo económico. A esto se sumó la difusión de la cultura desarrollada principalmente en escuelas y colegios de orientación uniforme, con la actividad progresista del gobierno nacional cuyos recursos le permitieron construir obras y crear servicios públicos dirigidos todos desde Buenos Aires. Asimismo, con la divulgación de una ideología liberal opuesta a las tendencias originarias de la población mediterránea, y orientada siempre a suprimir las características del sentimiento nativo para reemplazarlas por un espíritu cosmopolita, acentuado por la inmigración y abierto a todas las impresiones universales.

La sumisión y la necesidad

Todo ello, y mucho más, condujo a la sumisión de las provincias y de sus habitantes, que, olvidando los móviles y las finalidades de su lucha por la autonomía, hicieron todo lo posible para conseguir la ayuda federal, cuando no la posibilidad de abandonar sus tierras para trasladarse a Buenos Aires. Y así la capital se convirtió en el centro de atracción de los elementos más capaces del interior, que de tal modo perdió a quienes estaban en mejores condiciones para asegurar allí el orden político y promover su desarrollo económico.

Sin embargo, siempre hubo y subsiste un arraigado espíritu de provincianismo que cultiva las tradiciones y costumbres locales y trata de conservarlas y de mantener las formas de vida peculiares de cada región. Pero es preciso reconocer que este sentimiento federal fue incapaz de oponerse a los avances del centralismo, los que contaron casi siempre con la adhesión y el apoyo de los mismos núcleos que proclamaban su devoción telúrica.

Ese sentimiento se fue debilitando progresivamente bajo la influencia de los hechos y factores que inducen a los mismos habitantes del interior a reclamar la intervención federal en la vida política, económica y administrativa de las provincias. En primer término, los frecuentes abusos de los gobiernos locales (persecuciones, leyes parciales, excesos impositivos, ineficacia y descuido en el manejo administrativo, red clientelar, etc.) obligaron a buscar un remedio a esos males recurriendo a la Nación, ora para someterse a las leyes generales que eliminan las de carácter local, ora para que los problemas mercantiles, industriales y de gobierno fueran resueltos en la capital.

En segundo lugar, al ir desapareciendo el localismo por efecto del desarrollo económico, las comunicaciones, la educación uniforme, las fuerzas armadas, etc., fue apagándose correlativamente el sentimiento federal para dar paso a una tendencia que ya no arraiga su patriotismo en la provincia sino en la Nación entera, y se somete espontáneamente a su dirección unificadora.

Una dependencia aceptada

Aparentemente no hay tantas críticas a la intromisión centralista. Por lo contrario, se critica la insuficiencia de la ayuda, el descuido y el abandono en que se mantiene al interior, el desconocimiento de los problemas regionales y la absorción por Buenos Aires de los recursos de toda la República.

Preciso es señalar y reconocer la actitud contradictoria que adopta hoy el espíritu provinciano. Por un lado, trata éste de conservar las formas de vida local, así como la conducción autónoma de sus problemas, y por el otro, ante la menor dificultad, reclama el intervencionismo de la Nación al cual, además juzga de insuficiente e inexperto.

Todo esto significa que si bien hay un sentimiento federalista que se nutre del amor a la provincia y a sus tradiciones, ese sentimiento nunca ha conseguido elevarse a la categoría de una idea, apoyada en una doctrina que dé fundamento y solidez a las tendencias localistas. Los mismos hombres que tienen ese espíritu arraigado a la tierra, a las tradiciones y a los intereses de cada provincia, son los primeros en reclamar constantemente al gobierno nacional la construcción de obras públicas, la ampliación de los servicios generales y la sanción de leyes de fomento regional.

Los mismos que proclaman su acendrado provincianismo quieren que la política económica, la regulación industrial y mercantil provengan de los organismos centrales. Podemos observar en nuestra realidad cotidiana la actuación de las clases dirigentes (políticos, funcionarios, industriales, comerciantes) y la misma inclinación de los legisladores elegidos por las provincias que pudiendo oponerse a los excesos del centralismo, lo fomentan y lo secundan casi invariablemente.

Más convicción y nuevas leyes

Falta construir una doctrina y unas soluciones que permitan resolver este problema, uno de los más importantes que presenta la realidad institucional argentina. Son indispensables normas jurídicas que eliminen la discrecionalidad de los organismos políticos, sometiéndolos a un régimen de derecho que los obligue a mantener un respeto recíproco y a aceptar la convivencia pacífica.

Mientras no existan instrumentos legales, seguirán prevaleciendo los intereses y las pasiones partidistas, que muchas veces optan por refugiarse en la seguridad de un poder superior. Los abusos del poder central parecen remedios fáciles y directos para resolver los problemas políticos, pero son inadecuados porque crean a su vez dificultades imprevisibles, quiebran la confianza en el orden legal y hacen desaparecer la estabilidad jurídica.

Por eso el espíritu federalista debe buscar, como objetivo primordial, la implantación de medios jurídicos para detener los avances del centralismo y ordenar mejor el funcionamiento de las instituciones. Fuera de estos medios, siempre quedará un amplio campo abierto al abuso y a la arbitrariedad del más fuerte, que hará desaparecer paulatinamente hasta las últimas manifestaciones de un sentimiento nativo, nutrido en las más puras tradiciones nacionales, que continúa siendo también la fuente de donde brota el más auténtico patriotismo.

Cambio de época

Cuando la República Argentina sancionó la Constitución de 1853, nuestra dependencia económica giraba en torno del Reino Unido. Imperaba con sobresaltos el orden impuesto por el canciller austríaco príncipe Klemens Von Metternich y los lineamientos surgidos del Congreso de Viena. Las revoluciones posteriores a aquel congreso gravitaron durante medio siglo en torno a las ideas del nacionalismo y del liberalismo, en un orden centrado en los imperialismos.

Nuestra realidad es bien distinta: el último año ha estado marcado por una aceleración de tendencias globales que afectan directamente a la región, la erosión del multilateralismo, la intensificación de la competencia tecnológica, el impacto social de la inteligencia artificial y la creciente interdependencia entre seguridad económica y seguridad internacional. Nuestra Patria no es ajena a estas transformaciones, por el contrario, enfrentamos presiones y oportunidades que exigen una lectura estratégica global.

Atravesamos un momento decisivo en un mundo en continua transformación y la reconfiguración de espacios políticos, de tensiones geopolíticas, de asombrosos cambios tecnológicos que impactan severamente el presente y el futuro de los habitantes de esta tierra. Todo ello demanda una profunda reflexión conjunta sobre el papel que ha de desempeñar cada provincia en ese esquema global. Se impone el debate, desde miradas plurales. ¿Cómo posicionar a las provincias, sus dirigencias, sus economías y sus sociedades frente a este orden en continua reconfiguración? ¿Cómo fortalecer a la Patria chica sin ceder ante el poder central y ante el orden global? ¿Cómo fortalecer a las instituciones? ¿Cómo hacer eficiente al Estado en sus tres poderes? ¿Cómo enriquecer y conservar nuestra cultura y respetar nuestras bases fundacionales en los que la Historia escribe las sublimes páginas de heroicidades de un pasado épico?

Un principio para la sobrevivencia del federalismo sería que las Provincias alejen ese comportamiento de "niñas berrinchudas" que fomentan con tantas demandas a un Estado central paternalista. Porque casos hay en que ese padre (o madre) han devenido en solapados dictadres en una pseudo democracia con el aplauso provinciano entre otros.

 

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