PUBLICIDAD

¿Quieres recibir notificaciones de alertas?

Su sesión ha expirado

Iniciar sesión
20°
18 de Enero,  Salta, Centro, Argentina
PUBLICIDAD

El ocaso de los ayatolas

Las protestas se extienden por todo el territorio iraní. La crisis económica a la que el régimen teocrático condujo al país produjo un estallido que erosiona a la narrativa revolucionaria de una elite que solo atina a asesinar a miles de manifestantes.
Domingo, 18 de enero de 2026 00:57
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
inicia sesión o regístrate.
Alcanzaste el límite de notas gratuitas
Nota exclusiva debe suscribirse para poder verla

Violentas protestas sacuden a todo Irán. El 28 de diciembre pasado, la moneda iraní -el rial- se desplomó a su mínimo histórico frente al dólar estadounidense (más de 1,4 millón de riales por dólar) y esa fue la chispa que hizo que, en pocas horas, los comerciantes de los bazares de Teherán -corazón histórico de la economía iraní-, organizaran una protesta por el aumento del costo de vida. En muy poco tiempo, estas protestas se extendieron -incontrolables- desde los bazares y universidades de Teherán -y de las principales ciudades-; a todo el país.

Un estallido social que representa el mayor desafío al liderazgo del ayatolá Ali Khamenei y que está siendo reprimida de manera brutal por parte del régimen religioso ultraortodoxo islámico.

Irán entró en un punto de inflexión; uno de esos que no se anuncia con ejércitos, ni con tanques, ni con banderas en las calles; sino con algo mucho más corrosivo: la pérdida de sentido. Todavía no es una revolución. Tampoco es una transición. Ni una apertura. Es algo mucho más inquietante: el momento en el que un régimen se sostiene sin que nadie logre explicar cómo, por qué, ni qué forma tendrá cuando decante.

El otoño de los ayatolás

Durante casi medio siglo, la República Islámica se sostuvo sobre una promesa que funcionó como cemento moral del sistema: la idea de que el sacrificio, la pobreza, la represión y el aislamiento eran un precio justo por una misión superior. Que vivir peor que el resto del mundo era una forma de virtud. Que vencer a Israel y oponerse a Estados Unidos y a Occidente les daba una identidad sagrada. Que sufrir era una forma de fe.

Pienso en las palabras de Svetlana Aleksiévich -premio Nobel de Literatura en 2015-: "Vivía en un país donde nos enseñaban a morir desde pequeños. Nos enseñaban la muerte. Nos decían que el ser humano existe para entregarse, para arder, para sacrificarse. Nos enseñaban a querer a la persona armada. (…) Crecimos entre verdugos y víctimas".

Pero el relato se está rompiendo; perdió adherencia; no organiza más la vida de los iraníes. Dejó de "crear fe". Así, por primera vez en casi cuatro décadas, Irán se encuentra al borde de un cambio de liderazgo -quizá, de régimen-. Sólo que habrá que ver hacia qué lado cae la moneda que, todavía, gira en el aire.

El ataque de Estados Unidos con bombas anti-búnker sobre los sitios nucleares iraníes en junio del año pasado, expuso la brecha entre la narrativa sobre el poderío militar iraní y las verdaderas -y limitadas- capacidades de un régimen que perdió su poder regional; que no controla su espacio aéreo -hoy lo hace Israel-; y que ni siquiera parece poder ejercer control sobre sus calles. Podríamos estar viviendo otro momento histórico de este siglo: el otoño de los ayatolas. Y, como Irán es una potencia energética cuyas políticas moldean la estabilidad de Medio Oriente -con repercusiones en el orden global-; la cuestión de quién (o qué) suceda a Ali Khamenei tiene consecuencias globales.

Una bandera rota

En estos dos últimos años -desde el execrable ataque de Hamás contra Israel el 7 de octubre de 2023 (que Khamenei respaldó, exultante); la obra de toda su vida ha sido reducida a cenizas. Sus aliados políticos y militares cercanos han sido asesinados o removidos. Las milicias proxy que llevaron a cabo operaciones en la región por décadas, han sido paralizadas o destruidas. Su emprendimiento nuclear -construido a base de décadas de penuria económica de todo el país-, parece haber quedado enterrado bajo los escombros.

La República Islámica ha intentado convertir la humillación militar en una oportunidad para movilizar al país "contra Occidente", pero las indignidades de la vida diaria de sus 92 millones de habitantes son ineludibles. Su moneda es la más devaluada del mundo; su economía, una de las más sancionadas. Los cortes de energía y el racionamiento de agua son parte de la vida cotidiana. Su Internet permanece bloqueada. Su pasaporte es sistemáticamente rechazado. El mandato de los ayatolás equivale a medio siglo perdido para Irán. Mientras sus vecinos del Golfo Pérsico se convirtieron en centros globales de finanzas, transporte y tecnología; Irán dilapidó su riqueza en aventuras regionales fallidas y en un programa nuclear que sólo trajo aislamiento y represión. Irán es una Revolución congelada.

La República Islámica no quiso nunca ser un Estado normal; quiso ser una causa. No quiso administrar un país; quiso encarnar una misión. Su política exterior fue una extensión de esta lógica: no buscó integración sino confrontación. No buscó prosperidad sino pureza. No buscó estabilidad sino épica. Pero los pueblos no viven de épica; viven de salarios, de servicios, de movilidad, de estabilidad. De futuro.

Y, durante décadas, la élite clerical sacrificó futuro persiguiendo épica.

El resultado es un país administrado por personajes estancados en otra era. Irán es una potencia energética con una moneda pulverizada. Una sociedad con ingenieros y científicos de primer nivel gobernada por clérigos que temen Internet. Una civilización milenaria atrapada en una teocracia que no sabe cómo gestionar el agua, la electricidad, la inflación; la modernidad. El contraste es insostenible.

No cambiar, derrumba

Khamenei construyó su régimen sobre la obsesión de evitar el cambio. Vio cómo Gorbachov abrió una grieta por la cual se derrumbó el sistema así que, en su visión, reformar es suicidarse. No entendió que no reformar también derrumba. El resultado es un régimen que no puede prometer prosperidad; sólo resistencia. Y resistir no es un proyecto de vida.

Nada simboliza mejor la brecha abierta entre la sociedad y los clérigos que el hijab. Símbolo de la Revolución Islámica, -que el ayatolá Jomeini llamó alguna vez "la Bandera de la Revolución"-, hoy es una bandera rota. Miles de mujeres lo ignoran. No como un gesto militante sino como acto de indiferencia. No piden permiso. No protestan. Sólo no obedecen. Y esto -para cualquier régimen fundamentalista- es más peligroso que cualquier manifestación. La policía sigue golpeando. Los tribunales siguen condenando. Pero el castigo no es -nunca lo fue- legítimo. Hoy, el régimen no puede controlar a las mujeres -ni la calle- nada mejor de lo que puede controlar su espacio aéreo.

Escenarios posibles

Un revelador ensayo de Karim Sadjadpour, "The Autumn of the Ayatollahs", publicado en la prestigiosa publicación "Foreign Affairs"; analiza posibles futuros para Irán. El texto es brutalmente honesto: ningún camino conduce a una democracia; la caída del fundamentalismo islámico no garantizará el nacimiento de una sociedad liberal abierta.

El camino probable es que el sistema derive al modelo ruso. Si la teocracia colapsa, podría surgir un hombre fuerte que descarte el islamismo como credo y lo sustituya por el nacionalismo iraní. Un Putin persa. No hablaría de Dios; hablaría de orgullo, de agravios históricos, de grandeza nacional. Prometería estabilidad y orden. Y gobernaría con oligarcas, servicios de inteligencia y represión.

Podría ser, incluso, el resultado de un golpe de la misma Guardia Revolucionaria; un jefe militar que tome el control y transforme la república islámica en algo secular, suavizando normas, pero manteniendo el régimen represivo. Este modelo -similar al pakistaní-, parece casi natural; la Guardia Revolucionaria ya funciona como un Estado dentro del Estado. Pero un Irán de generales sería un país peligroso: conspirativo, inestable, corrupto; con misiles y sin legitimidad. Otra Venezuela.

El modelo chino seduce a los pragmáticos. Un autoritarismo que abandone la épica revolucionaria y que apueste por el crecimiento. Pero Irán no tiene la masa laboral china, ni su disciplina, ni su capacidad de generar inversiones sin un cambio profundo de su política exterior. Parece muy poco viable de mantenerse el régimen fundamentalista.

El modelo norcoreano es el cielo de los fanáticos: represión total, aislamiento y armas nucleares como seguro de vida. Pero cuesta ver que Irán se convierta en Corea del Norte; mientras Israel y Estados Unidos sigan su evolución de cerca.

Un populismo electoral que derive en autoritarismo -el modelo turco-, requeriría desmantelar la arquitectura teocrática. No es imposible. Pero tampoco garantiza libertad. Ni democracia.

La revolución invisible

Lo más subversivo en Irán, hoy, es un deseo: "Zendegi-ye behtar": "una vida normal". Los iraníes no están pidiendo utopías. No están soñando con revoluciones. Quieren algo mucho más peligroso para la teocracia: un Estado que no los vigile; una moneda que no se derrumbe; un futuro que no dependa del humor de clérigos ni de generales. Desean algo incompatible con la República Islámica.

Aquí yace el otoño de los ayatolás: no en los misiles israelíes, no en las bombas estadounidenses, sino en una sociedad que ya no se siente parte de un mandato demencial. El otoño de los ayatolás no es un golpe. No es una revolución. Es algo más lento e irreversible: es el deseo de normalidad. Un deseo que abandona al poder y lo deja solo, rodeado de armas, y sin futuro.

"Viajar con esperanza es mejor que llegar a destino" dijo Robert Louis Stevenson. Hoy Irán vive la esperanza del cambio. Y el cambio llegará. Pero la pregunta -hiriente-, es si ese cambio traerá la esperada primavera o si, por el contrario, sólo los hará caer en otro largo y temible invierno.

 

Temas de la nota

PUBLICIDAD
PUBLICIDAD