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El conflicto entre Estados Unidos y Dinamarca sobre Groenlandia evoca una vieja sentencia de Henry Kissinger: "La geopolítica es la comprobación de que los mapas también se mueven". Corrobora también que el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca es el acontecimiento más disruptivo ocurrido en el escenario global desde la disolución de la Unión Soviética en 1991.
Ya los primeros meses de su segundo mandato revelaron que la consigna de "Hacer a América grande otra vez" (MAGA) tiene también una inédita dimensión geográfica. Desde su propuesta de adquisición de Groenlandia hasta la idea de convertir a Canadá en el 51° estado de la Unión, pasando por la posibilidad de intervenir militarmente en México para combatir a los cárteles del narcotráfico y la recuperación del canal de Panamá, Trump mostró una faceta que desorienta hasta a algunos de sus partidarios.
Importa destacar que una oferta que contenga un programa de ayuda financiera e inversiones masivas de empresas norteamericanas a cambio del arrendamiento de una parte de su territorio para facilitar la presencia militar estadounidense puede resultar aceptable para la mayoría de la población de Groenlandia, de apenas 56.000 habitantes. Las encuestas indican que la mayoría de los groenlandeses desean la independencia, pero no a costa del cese de los beneficios financieros derivados de su vínculo con Dinamarca.
La isla más grande del mundo está integrada a Dinamarca desde 1814, pero con un estatuto autónomo regional. Durante siglos sus habitantes vivieron literalmente de la caza y de la pesca hasta 2010, cuando la presión de los movimientos ecologistas hizo que la Unión Europea cesara de adquirir las pieles de las focas, por considerarlas una especie en peligro de extinción.
Esta restricción impactó en la economía y en el nivel de vida de la población. La isla quedó más dependiente que nunca de la ayuda económica de Copenhague, cuyo monto de 600 millones de dólares sufraga más de la mitad del gasto público. Pero el cambio climático, que tantos estragos causa en el planeta, resultó una bendición para esta "isla continente" donde, como sucede también en otras zonas del Ártico, el hielo se derrite a un ritmo cuatro veces mayor al previsto tiempo atrás y empiezan a abrirse en las vecindades del Polo Norte una ruta marítima alternativa que permitiría acortar distancias y agilizar el transporte y el comercio internacional, con un fuerte impacto en la geografía económica mundial
El deshielo abrió terreno para la explotación de los recursos enterrados en el subsuelo, que incluyen reservas petrolíferas, yacimientos de uranio y zinc y depósitos importantes de las "tierras raras", erigidas en minerales estratégicos por la creciente demanda mundial. El gobierno local empezó a ser cortejado por compañías extranjeras interesadas en la explotación de esos recursos. En 2013 el Parlamento isleño levantó la prohibición, heredada de Dinamarca, para la exploración de minerales radiactivos.
En realidad, Trump no es original. En 1867 un informe del Departamento de Estado recomendaba que "debiéramos comprar Islandia y Groenlandia, especialmente la segunda. Las razones son especialmente comerciales ". En 1917 Estados Unidos adquirió a Dinamarca las Indias Occidentales, que pasaron a llamarse Islas Vírgenes. En 1946 el presidente Harry Truman formuló una oferta de compra de la isla por 100 millones de dólares, equivalente a unos 13.000 millones de dólares actuales.
El vínculo de Washington con Groenlandia, mediado por Dinamarca, se expandió con la creación de la OTAN, que habilitó la firma de un tratado de defensa recíproca y permitió instalar una base aérea estadounidense en Thule, en el norte de la isla. Esa base, que por estar ubicada en el Círculo Polar Ártico es la unidad militar más cercana al Polo Norte, está encargada de la vigilancia antimisilística y espacial. El Pentágono le asigna la condición de "indispensable".
La historia estadounidense está unida a su expansión territorial. Cuando declararon su independencia en 1776, las trece colonias británicas tenían un poco más de un millón de kilómetros cuadrados, una superficie similar a la de Colombia. El Virreinato del Río de la Plata abarcaba cinco millones de kilómetros cuadrados. Hoy, con más de nueve millones de kilómetros cuadrados, el territorio estadounidense cubre un área casi nueve veces más grande y es la cuarta nación más extensa del mundo.
Ninguno de los "Padres Fundadores" objetó en su momento el nombre oficial de Estados Unidos de América, una ambiciosa denominación continental que geográficamente incluye desde Alaska a Tierra del Fuego. Un cuarto de siglo después, durante la presidencia de Thomas Jefferson (1801-1809), comenzaron las negociaciones con la Francia de Napoleón Bonaparte que culminaron en 1803 con la adquisición de la Luisiana francesa una franja alargada que ocupaba el centro del país, conformada hoy por quince estados que constituyen el 22,3% de la superficie estadounidense. En 1819 España, desgastada por las guerras de la independencia americana y en vísperas de su derrota a manos de los insurgentes mexicanos, suscribió el tratado Adams-Oris que implicó la venta a Estados Unidos de la península de Florida, que había ocupado durante 300 años, pero ya no estaba en condiciones de defender.
Después de su independencia en 1821, México se había convertido en un territorio independiente de cuatro millones de kilómetros cuadrados que despertó la ambición estadounidense. El conflicto comenzó en 1845, cuando Texas, que en 1836 se había separado de México para constituirse en un estado independiente, resolvió anexarse a la Unión. Tras una guerra de tres años, en 1848 México cedió, a cambio de compensaciones económicas, lo que era el 55% de su territorio, incluyendo los actuales estados de California, Nevada, Utah, Nuevo México, la mayor parte de la superficie de Arizona y Colorado y partes de Oklahoma, Kansas y Wyoming.
En 1853 el gobernador ruso de Siberia Oriental escribió una carta al zar Nicolás II en la que señalaba que Estados Unidos se extendería "inevitablemente" por América del Norte y que "tarde o temprano" el imperio ruso tendría que ceder sus posesiones en la llamada "América rusa", que controlaba desde 1733. Tras unos años de negociaciones se concretó la transferencia de Alaska a Estados Unidos. Para Trump esa compra de una gigantesca superficie de hielo casi deshabitada es un precedente para su reivindicación de Groenlandia. Este ciclo expansivo continuó con la guerra hispano -estadounidense de 1898. Estados Unidos, que venía negociando con Madrid la adquisición de Cuba, salió en apoyo del movimiento independentista liderado por José Martí. España cayó derrotada y, también con la contrapartida de una compensación económica, cedió a Estados Unidos los territorios de Puerto Rico (erigido en "estado asociado" de la Unión), Guam (una isla en el Pacífico Occidental) y Filipinas, independizada en 1946. Cuba logró su independencia, pero la "enmienda Platt" legalizó la intervención estadounidense en determinadas circunstancias, mientras que la ciudad de Guantánamo pasó a ser una base militar estadounidense.
En el estudio de Frederick Turner "El significado de la frontera en la historia americana", publicado en 1893, queda reflejado el valor de esa expansión en el imaginario estadounidense. Turner describe la historia de Estados Unidos en el siglo XIX como una constante "marcha hacia el Oeste", en la que en sucesivas oleadas los colonos avanzaron desde el Océano Atlántico hasta llegar al Pacífico. En 1848, el periodista John O" Sullivan acuñó el término "destino manifiesto" para definir la vocación del pueblo estadounidense de convertirse en portador mundial de una nueva civilización.
Esa vocación fue recreada por Trump con su promesa de "¡Make America great again!". Seguramente ni Groenlandia será estadounidense ni Canadá será el 51° estado de la Unión ni la administración del canal de Panamá volverá a Estados Unidos. Pero Groenlandia, Canadá y Panamá estarán cada vez más dentro de la esfera de influencia de Washington, lo que implica el control de dos de los tres pasos interoceánicos (el Ártico y el canal de Panamá) y abre un interrogante sobre el futuro en el extremo sur del hemisferio americano, en las proximidades de la Antártida. Como suele decirse en Estados Unidos cada vez con mayor frecuencia, "a Trump hay que tomarlo muy en serio, pero no literalmente".