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Duelo y melancolía en tiempos de la hiperexigencia

Viernes, 09 de enero de 2026 01:24
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Vivimos en una época marcada por la impaciencia. El mandato constante a seguir, a rendir y a mostrar resultados, no espera. En ese contexto, el duelo - que exige pausa, recogimiento y tiempo -aparece casi como una falla del sistema. Algo que incomoda, que retrasa, que no produce. Y sin embargo se impone, porque lo perdido insiste, se queda y espera.

La cultura de la hiperproductividad refuerza esta lógica. Se exige resiliencia inmediata, adaptación constante, flexibilidad infinita porque hay que seguir. No hay espacio para elaborar lo que se cae, lo que fracasa, lo que no resulta. El mensaje implícito es claro: "si no podés seguir, el problema sos vos". Así, el dolor deja de ser un efecto de la pérdida y pasa a vivirse como una falla personal. Hay algo especialmente doloroso en los duelos contemporáneos: generan culpa y el sentimiento de culpabilidad viene a entorpecer y a demorar el necesario proceso de elaboración de la pérdida.

Sigmund Freud fue claro al diferenciar el duelo como respuesta natural ante una pérdida significativa - de la melancolía- estado en el que el sujeto se siente disminuido, sin valor, vacío. La pérdida se vuelve interna, difusa, muchas veces inconsciente.

Esta distinción resulta especialmente actual. Muchos sujetos llegan hoy a consulta sin una pérdida concreta que justifique su malestar, pero con una sensación persistente de desánimo, autoacusación y agotamiento. El paciente no dice "estoy de duelo", dice "estoy cansado", "no tengo ganas de nada", "me siento vacío".

No lloran algo específico; se reprochan no estar bien. No se permiten caer, y en este punto, la clínica ofrece una lectura necesaria: no todo cansancio es estrés, no toda apatía es depresión, no toda falta de ganas es pereza. Muchas veces se trata de duelos no elaborados, de micro pérdidas que no encontraron un lugar simbólico y esas pérdidas aparecen luego, camufladas.

Allí aflora la melancolía como forma contemporánea del sufrimiento psíquico: el sujeto se acusa, se degrada, se exige más de lo que puede dar. Hoy, esa voz se confunde con discursos sociales que exaltan el rendimiento, la autosuperación permanente y la positividad obligatoria. El resultado es una subjetividad exhausta, que no se autoriza a estar triste. La vida sigue, pero sin entusiasmo. El deseo se apaga, no por falta de estímulos, sino por exceso de exigencia.

Tal vez el mayor gesto subversivo hoy sea ese: permitirse no poder por un tiempo. No producir. No rendir. No estar bien para el afuera mientras se trabaja internamente en transformar la herida de lo perdido en una ausencia habitable. Hacer lugar al duelo es una forma de resistencia al empuje de la época.

Porque solo cuando el duelo puede hacerse, la melancolía deja de gobernar en silencio. Porque lo que no se llora, no desaparece, se queda.

Y espera.

 

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