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Corriendo más rápido que el sistema

La estrategia de Milei y Trump confluyeron en avanzar a cualquier costo, con una estrategia polarizadora.
Domingo, 01 de febrero de 2026 01:00
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Durante los dos primeros años de su presidencia, Javier Milei avanzó apoyado en tres pilares: su auto percibida infalibilidad económica; su tono de lucha épica contra la "inmunda casta"; y las Fuerzas del Cielo: una turba de trols digitales que dictaban el pulso de las redes con sentencias mediáticas en juicios sumarios inapelables. El mérito de Milei fue haber entendido que, corriendo más rápido que el sistema, podía romperlo. Así que corrió y, por un buen tiempo, rompió todo sin piedad.

A cualquiera que le hablara de gradualismo lo cancelaba gritándole "tibio" y las Fuerzas del Cielo cantaban a coro por detrás "el Cielo vomita a los tibios". No había pelea que no "ganara" desde el centro del ring imaginario de superioridad moral al que se había subido, llamando "econochantas" a todos los economistas que no convalidaran a pies juntillas sus medidas económicas o que le enrostraran la planta de un Plan; tildando de "casta" a todo aquel que se pusiera en el camino de sus reformas chapuceras e imprevisibles; juzgando como "ensobrado" a todo periodista que se atreviera a contradecirlo o criticarlo. Y calificando de "inmundos comunistas" a todo aquel que se situara en una vereda distinta a la suya poniendo en la misma bolsa a socialistas, centroderecha, conservadores, comunistas y a los "progres" -a sus ojos, "el cáncer de la civilización occidental"-. Un Nosotros y Ellos polarizador. Arrasador. Por dos años le funcionó. Hasta que dejó de funcionar.

La supuesta infalibilidad económica se hizo añicos al verse obligado a pedir asistencia al FMI y luego dos rescates consecutivos a su aliado Donald Trump. El discurso anti casta se rompió cuando comenzaron a crecer escándalos como la venta de candidaturas; el uso de las cajas del PAMI y la ANSeS; el escándalo de la ANDIS; $LIBRA; o los supuestos sobornos del 3%.

Dado el agotamiento que mostró parte de la sociedad ante tanto insulto y agravio gratuito e innecesario, se tuvo que correr al centro, dejando huérfana a su base más obtusa. Tuvo que negociar (antes decía que esto era "transar") y necesitó cooptar a la "inmunda casta"; aliándose con fuerzas del "peronismo moderado" -un oxímoron intraducible-; personajes del desahuciado PRO y figuras del radicalismo extraídas de frascos de formol. Y respecto a las "Fuerzas del Cielo", habrá que esperar y ver cómo se comportan estos demonios digitales tras la feroz interna abierta entre la hermana presidencial y el Ingeniero del Caos; hoy a un costado. Además, los troles libertarios quedaron deslegitimados tras hechos y dichos inadmisibles.

Pero, la lección importante acá es que todo sistema puede ser arrasado si se lo rompe más rápido de lo que el sistema tarda en reaccionar. Se puede avanzar rompiendo aquí, allá y allá también y, cuando, alguien atina a responder por un hecho, ya sucedieron otros tres, cuatro o cinco más; todos de mayor gravedad. Se puede destrozar el sistema sólo disrumpiéndolo más rápido que su capacidad de respuesta y reposición.

Un emperador que corre

Parece que esta lección también la aprendió Donald Trump después de su primer mandato. Hoy, a apenas a un año de haber asumido, Trump aplica la misma receta; tanto en el frente interno como en el externo.

En el frente interno ha subido el tono de los discursos de odio contra todo aquel que no sea ni represente a un auténtico WASP(*); ha militarizado ciudades tras la aceleración de las deportaciones y las violentas revueltas que esto ha generado; ha escalado el tono agresivo contra demócratas, ex-presidentes, periodistas, cadenas informativas y, ahora, también contra instituciones tradicionales autónomas -e intocables por el poder político tradicional- como, por ejemplo, la Reserva Federal.

Y, en el plano externo, hace igual. Es conocido lo que hizo en Gaza. Luego vinieron sus declaraciones sobre Canadá, Panamá y Méjico. En Venezuela ordenó un ataque sin cumplir con la obligación constitucional de solicitar permiso al Congreso norteamericano aduciendo que se trataba de una "operación policial". Una operación policial ejecutada por una de las principales unidades de élite de las fuerzas armadas de Estados Unidos; que incluía el bombardeo de instalaciones militares y civiles de un país soberano; y que conduciría a que el país atacante se proclamara administrador del país atacado y Trump, "Presidente Interino de Venezuela". Tampoco buscó la autorización de organismos internacionales -en los que no cree-, ni la colaboración de países democráticos aliados -a los que menosprecia y no valora-. No consultó a los dirigentes venezolanos que la comunidad internacional considera como líderes legítimos de Venezuela -a quienes él no legitima- como Edmundo González Urrutia y María Corina Machado.

Tampoco mostró un calendario, siquiera tentativo, sobre cuándo ese país recuperará la democracia. No creo que a Trump le preocupe -en lo más mínimo- la democracia en Venezuela; tanto como no le preocupa -en lo más mínimo- la democracia en su propio país.

Siempre estuvo en contra de la OTAN y, ahora, la está atacando. Su pretensión de anexar Groenlandia es un ataque directo a un país miembro de la Alianza. Como considera que Naciones Unidas es un organismo anquilosado e inoperante -convengamos que, con razón-, desviste a un santo para vestir a otro y crea el "Consejo por la Paz". Inicialmente un organismo de supervisión internacional para garantizar el alto el fuego, coordinar la ayuda humanitaria y facilitar la reconstrucción del enclave palestino; hoy pretende convertirlo en un organismo internacional -controlado por él-, para la prevención, gestión y resolución de conflictos en distintas regiones del mundo. Viendo la lista de invitados es fácil anticipar la contradicción: un conjunto de países y regímenes dictatoriales y controvertidos, desde Armenia a Azerbaiyán; de Egipto a Jordania; De Hungría a Indonesia; de Israel a Kazakstán; de Qatar a Arabia Saudita; de Turquía a Kosovo; de Marruecos a Rusia y Bielorusia; de Argentina a Pakistán. Con Trump reservándose el derecho de veto por encima de todos los demás; un Emperador.

Incluso, hizo públicos mensajes privados con otros mandatarios como, por ejemplo, del presidente de Francia, Emmanuel Macron; quien pretende liderar la oposición al neocolonialismo imperialista de Trump.

Tanto ha roto Trump la agenda global que, en la reunión de Davos, en lugar de discutir sobre la devastación de Ucrania, sobre la intervención indefinida e inconsulta de Venezuela -o el cataclismo de Gaza-; centró el debate en la gélida Groenlandia.

Corre Trump, ¡corre!

Es verdad que todas las instituciones globales han quedado anquilosadas en el tiempo; son burocráticas, lentas, condescendientes y resultan tener una efectividad entre escasa y nula. No tiene sentido debatirlo ni intentar refutarlo. Es así. Pero destruirlas en lugar de aspirar a cambiarlas y a dinamizarlas, es poco sabio.

Pero Trump no es sabio. No es más que un chico de trece años que hace bullying a todos sus compañeros de colegio. Un matón que entiende la convivencia como la imposición de la ley del más fuerte. Un enano moral capaz de escribirle al primer ministro de Noruega: "Teniendo en cuenta que su país decidió no otorgarme el Premio Nobel de la Paz por haber detenido 8 guerras más, ya no siento la obligación de pensar únicamente en la Paz"; confirmando que jamás pudo haber sido -siquiera- nominado a esa distinción.

Pero Trump sabe que si corre más rápido que todas estas instituciones gentrificadas y obsoletas las paraliza y rompe. Lo sabe. Por eso lo hace; como lo hizo Milei. Apenas el mundo asimiló lo que hizo en Gaza, planteó lo de Canadá; Panamá y Méjico. Luego hizo lo que hizo en Venezuela. Hoy es Groenlandia y mañana serán Cuba; Colombia; Méjico; o Irán. O lo que sea.

Con la imprevisibilidad como método, logra hacer emerger un estado de anarquía que se acerca a la anarquía primitiva enunciada por el filósofo político Thomas Hobbes: un mundo de "todos contra todos" en el que el poder soberano no puede ser cuestionado ni a nivel interno ni internacional. Un orden hobbesiano, impulsado por un líder que rechaza cualquier restricción sobre su capacidad de actuar y que se ve envalentonado por la tecnología para moverse a un ritmo vertiginoso; y para el cual, todo vale.

A Milei la "magia" de jugar a Demonio de Tasmania le dejó de funcionar. A Trump ¿le dejará de funcionar? Este año enfrenta las elecciones de medio término; elecciones que ninguna encuesta da como ganador. ¿Será suficiente? ¿Lo detendrá? Porque para mí, la verdadera pregunta no es si se le permite o no seguir haciendo lo que seguirá haciendo de todas maneras; a pesar de todo y de todos. Para mí, la única pregunta importante es cómo detenerlo de una vez; y para siempre.

Hitler fue un payaso irrelevante hasta que dejó de serlo. Trump es un showman yoísta payasoide y fascistoide; pero que tiene el potencial de convertirse en una pesadilla imposible de contener. La moneda gira en el aire. ¿De qué lado, caerá?

* WASP: acrónimo del inglés White, Anglo-Saxon and Protestant -blanco, anglosajón y protestante-; grupo demográfico de estadounidenses descendientes de británicos y de religión protestante, de elevada posición social que, históricamente, han ostentado un poder social y económico desproporcionado en los Estados Unidos.

 

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