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Vacíos, leyes y castigos; el caso Jeremías Monzón

La baja de la edad de imputabilidad es una definición política sobre qué vidas se consideran rescatables, o no. Si la respuesta frente a los crímenes juveniles se limita al castigo, el problema de fondo no estará resuelto.
Martes, 10 de febrero de 2026 01:35
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Los miserables es una de esas obras enormes —en tamaño y en ambición— donde su autor, Víctor Hugo intenta abarcar la condición humana entera, a través de personajes que encarnan con crudeza grandes conflictos como la culpa, el perdón, el amor, la ley y la compasión, en un contexto de miseria y de exclusión extrema. Leerla no es sólo seguir una historia, es tomar partido una y otra vez frente a los dilemas morales que activan identificaciones profundas, muchas veces inconscientes. La pregunta no es qué les pasa a los personajes sino desde dónde los juzgamos ¿Desde la compasión, desde el miedo, desde la norma, desde la herida propia?

Publicada en 1862 y situada en la Francia del siglo XIX sigue, ante todo, la vida de Jean Valjean, un hombre condenado a años de prisión por haber robado un pedazo de pan. Al salir de la cárcel, la marca de exconvicto lo expulsa de la sociedad hasta que un gesto de misericordia - el del obispo Myriel - introduce el tema central de la obra: la redención como posibilidad ética y humana.

A partir de allí, construye una vasta galería de personajes que encarnan distintas respuestas al dolor y a la injusticia: Javert, el policía implacable, representa la ley sin fisuras, la moral rígida que no admite matices ni perdón. Fantine, una mujer abandonada y explotada, condensa la crueldad social ejercida sobre los más vulnerables. Cosette, su hija, simboliza la infancia oprimida pero también la esperanza de una vida distinta. Marius, joven idealista, expresa el despertar político y moral de una generación.

Los miserables no obliga al lector a elegir un solo personaje. Las identificaciones fluyen, cambian según el momento vital, la experiencia, incluso el estado emocional con el que se lee. A veces somos Valjean; otras, Javert. A veces Fantine; otras, somos quienes miran hacia otro lado. El lector nunca es inocente, se reconoce en el pensamiento de sus personajes, en sus decisiones, en sus maneras de actuar y por eso Los miserables deja de ser una novela histórica para convertirse en una experiencia profundamente psicológica y ética. Tan cruda – además - que hay quienes cierran el libro antes de terminar de leer sus más de mil páginas.

La miseria que describe Víctor Hugo no es pintoresca ni romántica; es corrosiva; y Fantine encarna ese proceso: una mujer que trabaja, que intenta cumplir con las reglas, pero a la que el sistema va despojando lentamente de todo —empleo, dignidad, cuerpo, salud— hasta dejarla sin voz. La pobreza no es solo material: es psíquica, porque destruye la autoestima, instala la vergüenza y naturaliza la humillación.

Hoy, en Argentina

Esa misma miseria en Argentina, se expresa en la precarización crónica, en el "rebusque", en la vida resistida día a día. Personas que trabajan y siguen siendo pobres, madres que sostienen hogares con ingresos mínimos, jóvenes sin proyectos, porque el futuro se les presenta como una promesa vacía. Como en Los miserables, la pobreza no es solo falta de dinero: es falta de horizonte, es vacío existencial. En ese desierto, la deserción escolar, la calle, la plata fácil, la prostitución y la delincuencia encuentran su lugar. Y desde ese lugar a la cárcel hay un solo paso.

Quizás por esa misma crudeza, es también un fresco social y político con una enorme actualidad en Argentina, al detenerse largamente en la miseria urbana, en las cárceles y en las cloacas de París, como una metáfora del reverso de la ciudad "civilizada". Allí donde termina lo que la sociedad no quiere ver: hoy, las villas y asentamientos, las cárceles y hospitales colapsados cumplen una función simbólica similar: contener lo que molesta, lo que desarma el relato del progreso.

Realidad que supera la ficción

El caso reciente del estremecedor crimen de Jeremías Monzón, premeditado perpetrado por adolescentes, volvió a activar en la Argentina una reacción social conocida: frente al delito cometido por un joven, el debate se desliza rápidamente hacia el castigo como respuesta tranquilizadora, del mismo modo en que Javert persigue a Jean Valjean sin interrogar las condiciones que lo produjeron. Allí es donde Los miserables sigue dialogando con el presente: no para negar la responsabilidad, sino para advertir que cuando el Estado responde solo con endurecimiento penal, borra la dignidad del sujeto y reduce el problema a una falla individual, desconociendo así la multiplicidad de causas en las que realmente hay que poner el foco de análisis. Ante el riesgo de dar respuestas automáticas o meramente punitivas, esta advertencia, leída hoy desde la Argentina, ya no suena a ficción. Suena peligrosamente real.

El proyecto de modificación de la Ley de Responsabilidad Penal Juvenil parte del reconocimiento de que el adolescente puede y debe asumir responsabilidad penal por sus actos, descartando una mirada tutelar ingenua o la negación del daño causado. Sin embargo, esa responsabilidad no debería plantearse en términos meramente punitivos, sino desde una concepción humana y jurídicamente justa, que reconozca su condición evolutiva, su derecho a garantías plenas y la obligación del Estado de ofrecer respuestas proporcionales, especializadas y orientadas a la reintegración social. La ley propondría así un equilibrio entre legalidad y dignidad: responsabilizar sin arrasar al sujeto, sancionar sin clausurar la posibilidad de futuro.

La pregunta que Los miserables deja abierta es la misma que nos hacemos hoy ¿Qué hacer, como Nación, con los pobres, con los presos, con los caídos? ¿Qué buscamos cambiar con las leyes que pretendemos modificar? Víctor Hugo responde sin ambigüedades: una sociedad que castiga sin comprender, que encierra sin reparar y que humilla al que cae, termina produciendo más miseria.

La baja de la edad de imputabilidad no es solo una reforma legal: es una definición política sobre qué vidas se consideran todavía abiertas a un futuro y cuáles quedan tempranamente limitadas. Los miserables mostró que cuando la respuesta frente a la pobreza se organiza principalmente alrededor del castigo, no solo se sancionan conductas, sino que se consolidan marcas psíquicas. En la Argentina actual, la pobreza no se reduce a la falta de recursos: es una experiencia prolongada de desvalorización, de pérdida de sentido existencial y de horizontes. Modificar la ley sin intervenir de manera consistente sobre estas condiciones corre el riesgo de fijar recorridos donde la intervención penal ocupa el lugar que otras políticas no lograron construir. Frente a este escenario, una política pública consistente debería priorizar intervenciones tempranas que restituyan lazos, ofrezcan referencias adultas estables y habiliten trayectorias posibles antes de que la ley penal se convierta en la principal vía de inscripción social.

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