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28 de Febrero,  Salta, Centro, Argentina
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El formidable legado de los héroes de la independencia y las asignaturas pendientes de sus herederos

San Martín, Belgrano y Güemes sostuvieron con coherencia, inteligencia política y una sólida visión del mundo el proyecto de una gran Nación Sudamericana. Una herencia disponible para quienes quieran recuperarla. Desde el bronce, ellos nos interpelan.
Sabado, 28 de febrero de 2026 01:24
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Termina febrero, un mes pletórico de fechas relacionadas con los grandes próceres nacionales y no menos importantes sucesos de la Patria: el natalicio de Martín Miguel de Güemes, evocado el pasado día 8. Otro natalicio es el de José de San Martín, en el día 25. Dos batallas y un combate, el de San Lorenzo (3 de febrero de 1813), y la de Salta (20 de febrero de 1813), ambas contextualizadas en el proceso de emancipación, en la primera una victoria sanmartiniana, y la segunda, la gran hazaña de Manuel Belgrano en tierra salteña. Pero también se conmemora la Batalla de Caseros (3 de febrero de 1852), la que marca un antes y un después en la Historia Argentina. Un mes de grandes conmemoraciones históricas, en el que convergen los tres grandes héroes de la República Argentina.

Tres grandes próceres

La tríada de próceres nacionales tuvo un solo norte: la libertad de América. Y este es un detalle interesante, porque si bien en todo el tiempo en que los ejércitos avanzaban sin tregua hacia la victoria militar y la declaración de la independencia, en el panorama político no siempre hubo coincidencias y si muchas fracturas, lo real es que estos grandes hombres encontraron puntos en común; no hubo mezquindades entre Belgrano, Güemes y San Martín.

El escenario político en los tiempos en que se labraba la emancipación de las tierras americanas (1810-1825) es decir desde Santiago de Cotagaita hasta Tumusla, se manifestaron sectores antagónicos que en muchas oportunidades complicaron el programa iniciado con la Revolución de Mayo. No todos lograron comprender el cambio de los tiempos; no se interpretó que los vientos que se agitaban desde Europa y se desplazaban hacia América no eran una suave brisa, sino el huracán proyectado por las revoluciones burguesas que operaban en el viejo continente, mientras las ideas que anidaban en sociedades hambrientas de cambio eclosionaban raudamente.

Era un tiempo de encrucijadas, con un entramado de sucesos en endiablado torbellino. Una transformación imparable y que no todos comprendían, pero que nuestros próceres vislumbraron con lucidez. Es menester, en cualquier momento histórico, la percepción de lo que ha de mudar y lo que debe fenecer. Allí se encuentra un primer legado de estos héroes: entender el rumbo de los tiempos, las nuevas demandas y la necesidad de operar sobre ellas.

Nuestros Padres de la Patria conocieron, consideraron y sopesaron la situación internacional de la época, relacionando lo geográfico con lo político, económico y estratégico, en el orden regional y mundial, en función del porvenir de Hispanoamérica.

Porque en la América del Sur no hubo inspiración foránea, sino que la emancipación parte de sus propias entrañas, de su gente, quienes que, desde el Río de la Plata hasta el Orinoco, hablaban de libertad.

La idea de independencia fue concomitante con la unión continental de todos los países que constituían los Virreinatos del Río de la Plata, del Perú y de Nueva Granada. Es prueba de ello la coalición espontánea para la guerra de todos esos pueblos que, en operaciones integradas y convergentes, confluyen con sus tropas de Sur a Norte y de Norte a Sur para constituir un solo ejército que bate, definitivamente, a las fuerzas realistas.

La sabiduría del acuerdo

Otro gran legado: limar diferencias y cimentar coincidencias en bien del objetivo grande que era la libertad de los habitantes del territorio americano. San Martín, Güemes y Belgrano supieron elevarse por sobre disensos, enemistades y fragmentaciones. Y allí percibimos la calidad de estadistas que animaba a cada uno de ellos. Amplia capacidad de consensuar el rumbo de las armas, mirada certera para orientar la campaña emancipadora, extraordinariamente eficaces en el desempeño militar.

Hombres de vocación de servicio y talento político, un ideario que se encuentra registrado en una densa documentación: partes oficiales, proclamas, bandos, decretos, notas y correspondencia personal, evidencian claridad de ideas, coherencia en los objetivos y decisiones consecuentes, y marcan una línea de conducta y de pensamiento.

Otra gran cualidad que enaltece su legado: el buen desempeño en el ejercicio del poder civil. Cabe recordar que los tres grandes próceres nacionales tuvieron tanto despacho civil como militar. Les tocó gobernar en tiempos de guerra, en tiempos de una economía difícil, donde los recursos debían prioritariamente dirigirse a surtir los gastos de la campaña emancipadora, y que debieron sortear mil obstáculos para enderezar el timón del Estado. Es siempre complejo gobernar en un tiempo de guerra continua, y con el quebranto que se produce en las arcas estatales por la falta de mano de obra, desplazada hacia la leva de soldados.

Otro factor que confluye en el proceso emancipador: la notable calificación profesional: San Martín, un militar con una excelente cualificación en el mando, preparación de ejércitos y planificación de estrategias; Güemes, vasto conocedor del medio geográfico y amplia capacidad de manejo de recursos humanos; Belgrano, un intelectual superlativo, con capacidad de adaptarse al mundo militar, gracias a su tesón y fe en la causa libertadora.

Cuando se produce la unión de conocimiento, capacidad de trabajo, vocación de servicio, fe en la causa y coraje inclaudicable, el proceso libertario se encamina sólido en su derrotero hacia la consecución de los fines previstos. Lo que tronchó esas aspiraciones fueron la enfermedad de Belgrano que lo conduce a su muerte (1820), y la artera emboscada que nos costó la vida de Güemes (1821).

El Libertador

Quedó en el escenario la figura de San Martín, quien tenía muy claro el objetivo a alcanzar, sabía dónde quería ir, dotado de inteligencia y astucia para sostener sus amplias proyecciones y explicar las urgencias de la Patria.

Hombre de mirada continental, el espacio geopolítico del Libertador superó siempre los límites de las Provincias Unidas del Río de la Plata, haciendo jugar los factores imponderables de la interdependencia, en afirmación de un espíritu y solidaridad continental.

San Martín labora para una "gran obra", que no se circunscribe solamente a la emancipación de Sudamérica, sino que engloba a un conjunto de ideas que la acompañan y la enmarcan. Se considera un instrumento y expresa que defiende: "la causa del género humano, es decir que el imperio de la libertad y la justicia de América es para bien y usufructo de la humanidad", entonces ha enunciado un principio político de contenido ético.

Este pensamiento difiere en su esencia filosófica del espíritu hegemónico de la "Doctrina" expresada por Monroe en 1823: "América para los americanos".

La idea sanmartiniana sería recogida e incorporada en el Preámbulo de la Constitución Nacional de 1853 (aunque circunscrito al espacio jurisdiccional de la República Argentina): "para todos los hombres del mundo que quieran habitar en el suelo argentino". Con posterioridad fue sostenida por Roque Sáenz Peña, delegado argentino a la Primera Conferencia Panamericana celebrada en Washington en 1889, quien, en la última frase de su discurso dijo: "Sea la América para la humanidad".

San Martín llevó en triunfo su bandera emancipadora desde Buenos Aires a Quito, pasando por Santiago y Lima, como dirección estratégica principal y, complementariamente, Montevideo, La Paz y Asunción. De ese modo, bosquejó como espacio geopolítico para la Argentina el posteriormente llamado "Cono Sur de América", donde la presencia de nuestro país debía ser gravitante.

Quizá el Libertador, tenía en mente que la utilidad refluiría y se generaría en una nueva dinámica que tomando en cuenta la realidad histórica y al subcontinente como un todo, harían posible: fortalecer la capacidad de acción conjunta; sistematizar en un marco de mayor jerarquía política los principios orientadores de la cooperación para alcanzar un desenvolvimiento integral; potenciar los recursos humanos y materiales; resolver mejor los problemas socio-culturales; robustecer la solidaridad hispanoamericana y afianzar el sistema republicano, democrático, representativo y liberal.

Para el Gran Capitán de los Andes, esta región geográfica estaba circunscripta por el "sentido de la Historia" y era la que él iba a configurar con su Ejército emancipador; a la Argentina le tocaba participar protagónicamente de la misión promotora del equilibrio político indispensable para encarar la realización de la gran "Nación Sudamericana", tal como la concibiera es su proyecto liberador de medio continente.

El 8 de octubre de 1821, manifiesta: "mi pensamiento ha sido dejar puestas las bases, sobre que deben edificar los que sean llamados al sublime destino de hacer felices a los pueblos".

Entendía, pues el Libertador, que la subregión así diseñada, generaría intereses recíprocos que deberían satisfacerse sin fracturas, como consecuencia evolutiva natural y no como resultado de una imposición imperial.

Esta concepción se constituye en el último gran legado, concluir la emancipación y liberar a los pueblos a los fines de su organización legal e institucional. El paso del tiempo sepultó la noble concepción sanmartiniana. Pero este bagaje doctrinal de los grandes de la Patria permanece y se proyecta a las nuevas generaciones. Está disponible para quienes quieran recuperarlo por el bien de la Nación y de la ciudadanía. Desde el bronce, San Martín, Belgrano y Güemes nos siguen interpelando.

 

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