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12 de Marzo,  Salta, Centro, Argentina
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La ley primera en un mundo sin padre

La primera ley organizadora de la convivencia arraiga en la interioridad humana. Pero esa y todas las leyes son transgredidas, y esa transgresión es la semilla de los frecuentes atropellos al Derecho, en el Estado y en el orden internacional.
Jueves, 12 de marzo de 2026 01:32

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Antes de las constituciones, de los tratados y de las instituciones internacionales, existe una ley más antigua y silenciosa: una ley primordial. Es la ley de las leyes. No nace en las cancillerías ni en los organismos multilaterales. Nace en el sujeto. De ella dependen la organización de la psiquis, la estructura de la familia, la vida en sociedad y, en última instancia, el orden entre los Estados. Sin embargo, precisamente porque no depende de la voluntad propia, su internalización nunca está asegurada. De allí surge una pregunta que atraviesa nuestro tiempo: ¿qué ocurre hoy con esa ley fundante que instituye el límite? ¿Es una ley para todos?

Sigmund Freud la analiza desde su raíz: "El primer fundamento de toda ley, y en este sentido de toda cultura, es la prohibición del incesto, establecida por la autoridad paterna" (Tótem y Tabú, 1913). Es así como esta ley primigenia y subjetiva regula la interacción entre los miembros del grupo y constituye el primer límite interno que estructura la vida psíquica del sujeto. La Ley del Padre funciona entonces, como un principio de autoridad simbólica que permite la formación de normas sociales más amplias, al transformar un deseo absoluto en comportamiento regulado.

Décadas después, en El malestar en la cultura, Freud irá más allá, situando el origen de la civilización en una tensión fundamental entre las pulsiones humanas y las exigencias de la vida en común. "El ser humano no es una criatura tierna y necesitada de amor… sino que debe contar entre sus disposiciones pulsionales con una buena cuota de agresividad."

Es decir, la cultura debe erigir un sistema de límites -prohibiciones, normas, instituciones- capaz de restringir esa agresividad y encauzarla hacia formas compatibles con la vida social. La ley, la moral y las instituciones aparecen así como dispositivos que buscan domesticar la pulsión y transformarla en conductas socialmente aceptables. Sin embargo, esta regulación nunca es absoluta: la agresividad permanece como un componente estructural de la condición humana, lo que hace que el orden cultural sea siempre una construcción frágil, sostenida por el esfuerzo permanente de establecer y preservar límites.

Los tribunales lo evidencian: cantidades de denuncias por violación a la prohibición del incesto revelan que los límites fundamentales siguen siendo vulnerables y prueban la dualidad de la ley: es necesaria para la organización del sujeto y la sociedad, pero siempre está amenazada por la pulsión de transgresión. La fuerza del egocentrismo empuja los límites y ese es un rasgo de la naturaleza humana.

Ley y transgresión

En la sociedad contemporánea, las transgresiones adoptan múltiples formas. Algunas de las más visibles aparecen en la vida cotidiana: el desorden en el tránsito o el uso abusivo de los espacios públicos. En Argentina, conductas como adelantarse en la fila, cobrar de más o viajar sin pagar el colectivo suelen justificarse bajo la conocida 'viveza criolla'. A ellas se suman expresiones más graves: la violencia intrafamiliar y social, así como formas persistentes de corrupción que erosionan la confianza en las instituciones públicas. Todo ello revela hasta qué punto los límites fundamentales, aun cuando son reconocidos simbólicamente, pueden ser vulnerados en la práctica, poniendo a prueba la eficacia misma de la ley.

El Estado, por su parte, no está exento de estas tensiones. La historia y la actualidad ofrecen ejemplos claros: gobiernos que ignoran normas internas, decisiones ejecutivas que vulneran derechos ciudadanos, o el quebrantamiento deliberado de tratados y convenciones internacionales. En algunos casos, la transgresión es sutil -interpretaciones flexibles de la ley o retrasos burocráticos-; en otros, es abierta y estratégica, como la adopción de políticas que contravienen acuerdos internacionales reconocidos.

Ley

Si la ley internaliza límites en el individuo y la sociedad, ¿cómo se traslada esta lógica al Estado y a la escena internacional? Aquí también opera la tensión entre norma y transgresión, pero a escala ampliada. Un Estado puede reconocer tratados internacionales, comprometerse públicamente con normas y principios de derechos humanos, y aun así decidir actuar por encima de ellos.

Autores como Guillermo Nino han subrayado que el derecho, para ser eficaz, depende de la internalización de la norma y de la estructura que la respalda: "el derecho sólo existe allí donde hay conciencia de obligación" (Nino, Ética y Derechos Humanos).

En el ámbito penal internacional, Cherif Bassiouni recuerda que la impunidad surge cuando las instituciones no logran hacer efectiva la norma frente a la transgresión: desde genocidios hasta violaciones de tratados, la transgresión estructural evidencia la fragilidad de los sistemas jurídicos globales (Bassiouni, International Criminal Law).

"La cultura no elimina la agresividad humana; apenas consigue mantenerla a raya".

En el marco del Derecho Internacional opera además el principio "ex injuria jus non oritur", según el cual lo que es ilegal no puede convertirse en fuente de derecho. Este principio refleja una lógica esencial: una norma internacional solo puede sostenerse si reconoce y se basa en límites ya aceptados a nivel local o interno. En otras palabras, lo que se hace ilegal a nivel mundial es ilegal porque previamente se reconoce como injusto o prohibido en la escala de los Estados.

En la práctica, la lógica de la ley y su transgresión se observa claramente en la escena internacional. Ejemplos recientes incluyen la ocupación de territorios en violación de tratados, la anexión de regiones sin reconocimiento

multilateral, el incumplimiento de sanciones acordadas por organismos internacionales y la vulneración de derechos humanos en contextos de conflicto creados para limitar el sufrimiento humano y la destrucción material innecesaria. Estos actos muestran cómo los Estados poderosos pueden reconocer normas internacionales y, aun así, decidir colocarse por encima de ellas, reproduciendo a escala global la misma tensión entre norma y transgresión que Freud describía a nivel psíquico y que Nino observaba en la ética del derecho.

El poder

La historia demuestra, a través de casos concretos, que la autolimitación no es un ideal abstracto: líderes que eligieron restringir su propio poder, demostrando que el control sobre la propia autoridad es posible incluso en circunstancias excepcionales.

Así ocurrió con George Marshall, al impulsar el Plan Marshall respetando la soberanía de los países europeos tras la Segunda Guerra Mundial; o con Angela Merkel, quien sostuvo la estabilidad de Alemania y de Europa dentro de marcos institucionales y legales estrictos. También pueden recordarse casos fundacionales, como el de George Washington, quien renunció voluntariamente a perpetuarse en el poder y estableció un precedente institucional decisivo en los Estados Unidos, o el de Václav Havel, que condujo la transición democrática en la República Checa privilegiando la legalidad y la negociación pacífica incluso bajo fuertes presiones políticas.

Del mismo modo, Nelson Mandela eligió la reconciliación y el imperio de la ley antes que la venganza después del apartheid, mientras que el Dalai Lama ha defendido de manera persistente la no violencia como principio político y moral. Estos gestos, poco frecuentes pero decisivos, sostienen el equilibrio que hace posible la civilización. La cultura no eliminará por completo la pulsión agresiva - apenas consigue mantenerla a raya - por eso el orden nunca ha sido definitivo y siempre conservará la posibilidad de fractura. En ese delicado equilibrio, la autolimitación aparece como la traducción política de la regulación pulsional.

En última instancia, la autolimitación, es y seguirá siendo en todos los ámbitos de la vida, el gesto civilizatorio por excelencia.

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