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Captura de Serapio: El cerco del silencio ¿Una mujer y lugareños lo ayudaron hasta el último día?

Nunca huyó lejos: la verdad detrás de la fuga que desconcierta. La mujer, los lugareños y el silencio que sostuvo la fuga, una trama oculta detrás de Serapio
Domingo, 01 de marzo de 2026 12:35
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El silencio humilde y también cómplice de algunos lugareños terminó siendo parte central de la historia. Un silencio nacido, según coinciden investigadores y vecinos, más del temor que de la lealtad. Porque en esos parajes aislados, hablar puede pasar factura.

Durante días, el ferroviario Daniel Orlando Serapio nunca tomó altura ni abandonó realmente la zona. Estuvo siempre cerca, prácticamente en las narices de los investigadores, incluso de los gendarmes que recorrían caminos y fincas en operativos intermitentes. El prófugo conocía el territorio y sabía moverse entre senderos, y puestos donde pocos extraños llegan. Se movió entre El Alisal, a 10 kilómetros de Quijano y la zona precordillera de la estación ferroviaria de Diego de Almagro, alejada de la ruta nacional 51.

El trabajador ferroviario, acusado de asesinar a su pareja el 17 de febrero en el barrio Luz y Fuerza de Campo Quijano, sobrevivió gracias a una cadena de ayudas que los pesquisas ahora intentan reconstruir. Primero habrían sido familiares; después, algunos pobladores que, por miedo, evitaron dar información precisa desde el inicio.

En esa región dispersa entre San Bernardo de las Zorras, Almagro y otros rincones recónditos, viven pocos pobladores permanentes. Allí, el peso de las relaciones personales es fuerte y el temor también. Serapio no era un desconocido: trabajaba en el ámbito ferroviario, compraba animales, participaba de reuniones y fiestas locales. Para muchos, era un hombre con presencia y ascendencia en la zona.

Los investigadores creen que esa red informal permitió que el prófugo resistiera varios días más de lo esperado. Sin embargo, el escenario cambió cuando el reclamo visceral de familiares y vecinos llegó a la ruta nacional 51. El corte y la protesta pública marcaron un punto de inflexión.

A partir de ese momento, el operativo se activó con otra intensidad. Ras­tri­lla­jes más continuos, controles permanentes y un cerco más cerrado comenzaron a reducir las posibilidades de escape. Pobladores aseguran que la Policía ya había pasado antes por esos lugares y que incluso habían aportado datos, aunque los procedimientos, dicen, eran breves y sin continuidad. Iban y volvían, pero el prófugo seguía moviéndose en la sombra.

El martes habría recibido la última ayuda, presuntamente de una mujer. Después de eso, el círculo se cerró. Cuando finalmente fue detenido, Serapio estaba abatido. Los días de fuga, la presión creciente y el desgaste físico había quebrado su resistencia. Había esperado una última asistencia que nunca llegó. Nadie sabe quién debía brindarla ni por qué falló. Ese secreto, creen los investigadores, probablemente lo llevará a la tumba.

Porque la caída del prófugo cerró una etapa. Pero dejó abierta otra pregunta más incómoda: cuánto puede sostenerse una fuga cuando el miedo pesa más que la verdad.

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