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Por segunda vez en nueve años, Amancio Vázquez volvió a escuchar la palabra que ningún padre debería oír: femicidio. Primero fue Amira. Ahora, Natalia. La historia se repite en la misma casa y deja al mismo hombre otra vez frente al abismo.
Nueve años después de haber enterrado a una hija víctima de la violencia, Amancio vuelve a enfrentar otro crimen en su familia tras el asesinato de Natalia. Entre recuerdos, reproches al sistema y la sospecha de encubrimientos, intenta comprender cómo el destino volvió a golpear a la misma familia.
Hay dolores que no terminan nunca. Amancio habla despacio, como si cada palabra tuviera peso propio. A ratos se pierde, mezcla fragmentos, vuelve hacia atrás. No es confusión: es memoria quebrada.
"Yo la crié desde los seis años a Natalia", repite. No era solo un padre: fue sostén, guía y refugio de una familia que siempre permaneció unida. Siete hijos con estudios terminados, proyectos, esfuerzo. Una vida construida lentamente, contra todo. Cuando se juntó con Irene Martínez se hizo cargo de los hijos de la mujer. Entre ellos Natalia, con quién tenía un aprecio muy especial.
Hasta que la tragedia volvió a elegir la misma casa. La historia parece escrita con una crueldad imposible. En 2017, el barrio quedó paralizado cuando vecinos encontraron sin vida a Amira Albana Vázquez, de apenas 17 años. El responsable fue Rómulo Edgardo Córdova Marín, un hombre de 30 años que había logrado infiltrarse en la familia fingiendo ser peluquero. La relación era rechazada por Amancio e Irene, padres de Amira y Natalia. Después del crimen, el agresor se suicidó.
Aquella escena dejó una herida abierta que jamás cerró. Amancio recuerda que la Policía ya había intervenido antes. "Se había robado a mi hija y apareció en Salta. Lo tenían que mandar a Ecuador pero lo largaron", dice, dejando flotando una acusación que aún hoy resuena como reproche hacia un sistema que, según él, falló cuando debía proteger.
Nueve años después, su otra hija, ya recibida de maestra, trabajando y según describe Vázquez "contenta con la vida", terminó asesinada. El nombre del acusado vuelve a repetirse entre lágrimas y bronca: Daniel Orlando Serapio.
El padre asegura que cuando bebía se volvía agresivo, conflictivo. "Era jodido… cuando tomaba peleaba con todos", recuerda. Dice que más de una vez quiso enfrentarlo, pero su propia familia lo detenía para evitar algo peor. En varias oportunidades, intercedió Natalia.
Hoy su enojo apunta más allá del acusado. Para él, alguien ayudó al prófugo. Alguien lo escondió, lo alimentó, lo sostuvo mientras la Policía lo buscaba. Y no duda en señalar responsabilidades. "En 10 días nadie vive solo. Alguien le llevaba comida", insiste. Pide que se investigue a todos: familiares, allegados, cualquiera que haya colaborado en la fuga.
Amancio solo intenta entender por qué el destino le arrebató dos hijas. "La segunda vez… no sé por qué me tocó otra vez a mí", murmura.
No habla desde la venganza, sino desde el cansancio y la sensación de haber sido abandonado dos veces por la misma sociedad. Para él, detrás de cada femicidio no hay solo un agresor: hay denuncias ignoradas, decisiones judiciales discutibles, silencios cómplices y un Estado que muchas veces llega cuando ya es tarde.