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La historia de Pablo, la diabetes le quitó la vista y su oficio de carpintero, pero no las ganas de salir adelante

Tenía 10 años cuando le diagnosticaron diabetes tipo 1. Años de descuidos derivaron en la pérdida de la vista y en una insuficiencia renal que hoy lo obliga a realizar diálisis en el Hospital Arturo Oñativia. “El cuerpo pasa factura”, resume Pablo, en un llamado directo a la prevención.
Jueves, 12 de febrero de 2026 14:49
Fotos: Javier Rueda
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En diálogo con El Tribuno, Pablo Fernández vuelve a ese momento que marcó su vida para siempre. Jugaba un campeonato de fútbol en la iglesia del Pilar cuando empezó a sentirse extraño: cansancio extremo y una sed imposible de saciar.
“Tuve que salir del partido. Me sentía muy cansado y con mucha sed. Fui al médico y ahí me detectaron diabetes. Desde ese momento quedé internado”, recordó. 

Tenía apenas 10 años, casi 11. El diagnóstico fue diabetes tipo 1, insulinodependiente. Una enfermedad crónica que exige controles estrictos, aplicación diaria de insulina, alimentación adecuada y actividad física regular.

“Fue inesperado. Me cayó mal por todo lo que venía después: tratamiento, cuidados, pero con el tiempo lo fui asumiendo”, contó. 

Fotos: Javier Rueda

Cuando los descuidos pasan factura
La diabetes tipo 1 no tiene cura, pero puede controlarse. Sin embargo, cuando no se siguen las pautas médicas, las complicaciones pueden aparecer de manera progresiva y silenciosa.

Pablo reconoció que durante años no sostuvo los cuidados necesarios. “Por los malos cuidados, la medicación irregular, el desastre alimentario y la falta de actividad física se fueron afectando órganos. Primero fue la vista y después el riñón”, relató. 

En febrero de 2013 perdió la visión. En junio de ese mismo año ingresó en diálisis. Sus riñones habían dejado de funcionar.
La diabetes mal controlada puede provocar daño renal crónico, retinopatía diabética (que puede llevar a la ceguera), neuropatías y problemas cardiovasculares. En muchos casos, las complicaciones avanzan sin síntomas evidentes hasta que el deterioro es severo.
“Uno se cansa de que le estén insistiendo todo el tiempo con los cuidados. Pero después el cuerpo pasa factura”, reflexionó. 

La vida atada a la diálisis
Hoy, con 46 años, Pablo realiza diálisis en el Hospital Arturo Oñativia, institución de referencia en la provincia para el tratamiento de enfermedades renales.

“El tratamiento al principio asusta. Yo pensaba que era muy doloroso, pero cuando me lo hicieron no fue como me lo pintaban. Con el tiempo uno lo toma como algo normal”, explicó. 

La diálisis cumple la función que los riñones ya no pueden realizar: eliminar toxinas y exceso de líquido del cuerpo. Requiere varias sesiones semanales y una estricta disciplina en la alimentación y en la ingesta de líquidos.
“Para el que está ahí es un alivio, porque te sacan el peso en líquido. Pero no se lo deseo a nadie. Hay que asumirlo y hacer lo que dicen los médicos para no llegar a ese punto”, advirtió.

Su mayor anhelo es acceder a un trasplante doble que le permita mejorar tanto la función renal como el control de la diabetes. Mientras tanto, depende de una pensión por discapacidad y dejó atrás su oficio de carpintero.

El impacto en la familia y la vida cotidiana
Detrás de cada paciente hay una red que también enfrenta la enfermedad. Anahí Roldán, esposa de Pablo desde hace 18 años, describe una rutina atravesada por el cuidado constante.

“Cuando nos casamos él tenía diabetes, pero no estaba en esta etapa. Después perdió la vista y empezó la diálisis casi en paralelo”, explicó.
Pablo no puede quedar solo. Anahí debe acompañarlo a cada consulta, a cada sesión y estar atenta ante cualquier descompensación. Esa realidad le impide sostener un trabajo fijo.

“Es muy demandante. Es duro en lo físico y en lo emocional. Pero no bajamos los brazos”, afirmó. 
Han vivido situaciones complejas: desmayos en espacios reducidos, traslados de urgencia y llamados al 911 cuando no podían moverlo por sus propios medios. Actualmente residen en un pequeño departamento prestado por un familiar y esperan desde hace años una vivienda social que mejore su calidad de vida.

Un mensaje para quienes conviven con la diabetes
Lejos de buscar dramatizar, Pablo insiste en que su historia puede servir para que otros no repitan el mismo camino.
“Que se cuiden en la alimentación, en la bebida y que hagan deporte. Eso ayuda mucho. Si uno hace las cosas como tienen que ser, no llega a estar como estoy yo”, sostuvo. 

Anahí agregó: “Cuando un familiar te dice ‘no comas esto’ o ‘cuidate’, no es por molestar. Es por amor. Eso ayuda muchísimo”.
La diabetes es una enfermedad crónica que, con seguimiento médico adecuado, controles periódicos, educación diabetológica y hábitos saludables, puede mantenerse estable durante años. La clave está en la constancia y en no minimizar los riesgos.

En el Hospital Arturo Oñativia, cada jornada decenas de pacientes realizan diálisis. Muchas de esas historias comenzaron con una enfermedad que, tratada a tiempo y con responsabilidad, podría haber tenido otro desenlace.

La experiencia de Pablo es, sobre todo, un llamado a no postergar el cuidado de la salud. Porque en la diabetes, la prevención no es un detalle: es la diferencia entre una vida controlada y una batalla diaria contra complicaciones irreversibles.

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