Es preciso poner claridad al tema que se debate en estos días en los medios de comunicación de Salta: el maltrato y discriminación que los “servidores de la Virgen del Cerro” hacen con los fieles que concurren con fe, a venerar a la Inmaculada Madre del Divino Corazón Eucarístico de Jesús.

- Nunca se quiso ver o entender que dicho evento era convocado desde una “gestión y emprendimiento privado”. Por lo tanto, como todo privado, termina siempre con la frase “la casa se reserva el derecho de admisión”.
- En diciembre del 2009 (en un artículo de mi autoría), ya se advertía que el grupo de “elegidos/servidores” se organizan en una estructura selectiva (reuniones especiales y cerradas; signos especiales de “pertenencias” -ver pañuelos, uniformes, jerarquías, el Mariamóvil, etc.-), eran sectarios con conductas automatizadas, robotizados.
- Para la misma fecha, en otro artículo sobre el mismo tema y también editado por los medios de comunicación, se advertía de los horarios restringidos, accesos reglados, senderos demarcados so pena de reprimenda si no se cumplen, manipulación de “psicologías colectivas”: pérdida del manejo de nuestra propia libertad de ir, de desplazarse, ver, sentarse o lo que fuera (dentro del predio); ¡hasta de beber agua mineral!; y el uso de música de cuerdas que predispone a tal manipulación.

- Los organismos de Derechos Humanos, INADI o Judiciales ordinarios, ¿están haciéndose eco de oficio de lo que sucede?

- Ante una “Virgen del Cerro”, donde una persona -que dice ser su interlocutora- decide humanamente quién la ve, a que hora, cómo y cuándo, ¿es de preocupar que este sectarismo, amparados en una fe legítima, crezca favoreciendo intereses comerciales, turísticos u otros, sin importar el sujeto y su fe?

“La fe es un acto personal, pero no es un acto aislado. Nadie puede creer solo. Nadie se ha dado la fe a sí mismo, como nadie se ha dado la vida a sí mismo. Cada creyente es un eslabón en la gran cadena de los creyentes. La Iglesia es la primera que cree, y así conduce y alimenta mi fe. Nos da el bautismo. Ella es nuestra madre. Es también la educadora de nuestra fe. Ella nos enseña que debemos creer y nos educa en la fe. Los fieles son libres de elevar oraciones a Dios. Cuando se realizan en la Iglesia o en otro lugar sagrado, es conveniente que sean guiadas por un sacerdote o un diácono.

Carlos Amieva
Ciudad

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