La muerte biológica no retira a Jorge Videla del escenario de nuestra historia. Se convirtió en un símbolo del terrorismo de Estado, aunque su poder no fue omnímodo, como suelen ser los atributos de los dictadores. Fue presidente porque era el jefe del Ejército, no por carisma no por ambición personal, como si lo sería después Leopoldo Galtieri.

Su enfrentamiento político con el marino Emilio Massera es una de las claves para que el pésimo gobierno de la dictadura naufragara por la inflación, el clima de malestar social y, finalmente, por la derrota de la guerra por el Atlántico Sur cuyo único propósito fue el de evitar un fracaso inevitable. Ninguno de los objetivos que enunció el Proceso de Reorganización Nacional se cumplió.

Hoy, ese período sólo es recordado por el terror de la represión. La sociedad nunca les perdonó a los militares la desaparición de personas, las torturas y, sobre todo, el robo de niños.

Frente a la insurrección de algunas organizaciones de poco armamento y menos preparación, con capacidad para cometer atentados y ejecuciones aisladas, pero que de ninguna manera podían tomar el poder, con Videla al mando, se organizó un plan de aniquilación que abarcó mucho más que a las fuerzas insurgentes.

Las masacres de Palomitas o Margarita Belén; la masacre de sacerdotes en una iglesia del barrio de Belgrano; el asesinato de Azucena Villaflor, fundadora de las Madres de Plaza de Mayo o de las monjas francesas mostraron que el horror era un método disuasivo. El terrorismo de Estado fue una etapa superior de la violencia política. El bombardeo sobre Plaza de Mayo, en junio de 1955, los fusilamientos de peronistas en junio de 1956, la desaparición de Felipe Vallese en 1962, entre otros episodios, habían sido el preludio trágico del baño de sangre de los Setenta.

La teoría de los dos demonios es tabú, pero es inentendible el genocidio si no se consideran las tradiciones de violencia política que impregnan el siglo XX en la Argentina.

Los argentinos, en 1976, estaban saturados de crímenes.

Videla, Massera y los suyos no se proponían en realidad aniquilar a la guerrilla, que ya trastabillaba, sino que buscaron bloquear un proceso revolucionario, de inspiración socialista, que consideraban imparable, les preocupaba por su dimensión política y al que le atribuían un potencial cultural irreversible.

Yo lo hicieron violando la ley y, lo que es peor de todo, aniquilando la dignidad humana.

Dictadores sudamericanos

GREGORIO ALVAREZ

Dictador entre 1981-1985 durante el régimen militar que gobernó Uruguay (1973-1985). Está en prisión desde 2009, condenado a 25 años por 37 delitos de “homicidio muy especialmente agravado” cometidos entre 1977 y 78, en el marco del Plan Cóndor.

LUIS GARCIA MEZA

Conocido como el “narcodictador” por sus nexos con el tráfico de drogas en Bolivia, fue condenado en 1995 a 30 años de prisión por los delitos cometidos luego de dar un golpe de Estado en 1980, derrocando a su prima, la presidenta Lidia Gueiler Tejada.

EFRAIN RIOS MONTT
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Cumple condena a 80 años de prisión por genocidio y crímenes de lesa humanidad, durante su régimen (1982-83), uno de los más cruentos de la guerra civil en Guatemala (1960-1996), que dejó 200.000 muertos o desaparecidos, según la ONU.

REYNALDO BIGNONE

Condenado a prisión perpetua por crímenes de lesa humanidad, fue el último gobernante (1982-83) de la dictadura (1976-83) que dejó 30.000 desaparecidos en Argentina, según datos de las entidades defensoras de los derechos humanos.
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MANUEL NORIEGA
Extraditado por Francia el 11 de diciembre de 2011, purga en Panamá tres condenas de 20 años cada una por desaparición de opositores bajo su régimen (1983-1989). El primero de sus crímenes fue el de un médico que denunció sus vínculos con el narcotráfico.
JEAN CLAUDE DUVALIER

Juzgado actualmente ante  el tribunal de apelaciones de Haití, “Baby Doc”, hijo del  exdictador François “Papá Doc”  Duvalier, se hizo del poder a los 19 años, en 1971 y fue depuesto en 1986 por una rebelión popular, regresando al país en enero de 2011.
 

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