El tema sigue generando polémica, y en esto de ser claros en la opinión no quiero dejar pasar la oportunidad para expresar la mía. Es que el asunto va más allá del monumento al combate de Manchalá, o lo que queda de él. Tiene que ver con la raíz de la tragedia argentina que vivimos desde hace años. Nadie cuestiona el hecho, el problema es la interpretación que se le da, el problema es cómo se lo presenta. El problema es que siempre nos venden una historia oficial, antes y ahora.

El combate tuvo lugar en la localidad tucumana de Manchalá, muy cerca de Famaillá. En mayo de 1975, una columna perteneciente al Ejército Revolucionario del Pueblo (ERP) se encontró con un pequeño grupo del Ejército Argentino, formado por un par de suboficiales y una decena de conscriptos pertenecientes a la Compañía de Ingenieros 5, destinados en la zona. Eran conscriptos bajo bandera, en el servicio militar, algunos jóvenes salteños.

Es importante precisar el contexto, muchas veces soslayado. Argentina era gobernada por el gobierno constitucional de María Estela Martínez de Perón, quien había asumido un año antes cuando murió Juan Domingo Perón, presidente argentino, gobierno en ejercicio del poder constitucional.

La circunstancia era totalmente distinta a la Cuba del dictador Batista y a la Bolivia de Barrientos, donde combatió el Che Guevara. Aquellos eran gobiernos totalmente ilegítimos. El de la Argentina del 75 era constitucional por elección del pueblo argentino, soberano de hoy y de aquel entonces también.

El propio presidente Juan Domingo Perón había echado al movimiento peronista Montoneros y al ERP, grupos que habían tomado una posición distinta de su líder y presidente. Lo hizo con la más auténtica simbología del peronismo: los expulsó de la Plaza de Mayo. Lo cierto es que tomaron una posición más radicalizada, tomando las armas para combatir al Gobierno.

Que se interpretara que el pequeño monolito era un monumento al terrorismo de Estado es totalmente disparatado y antojadizo. Conmemoraba solo el heroísmo de un puñado de conscriptos bajo bandera que defendieron su vida y cumplieron la orden de un orden constitucional.

La realidad es que el hecho fue exactamente al revés de la argumentación oficial parta solicitar su demolición. Agregar que “el Estado democrático no puede asignar denominaciones honoríficas, placas o menciones conmemorativas de carácter público a la represión ilegal y el quebrantamiento de la institucionalidad democrática”, es peor aún. Los conscriptos habían jurado defender la Patria y el orden constitucional y lo estaban haciendo. El Ejército estaba bajo el orden constitucional, cumpliendo órdenes impartidas por el Gobierno nacional.

En aquel momento, esa era la realidad. Estaban todas las condiciones constitucionales para dirimir posiciones en las urnas.

La gran tragedia que vive Argentina es que nunca se reconoce aquel error histórico y se sigue reivindicando el haber tomado las armas para imponer su ideología. No se justificaría hoy con un gobierno constitucional y tampoco en aquel momento.

Ni el monumento ni yo en este momento estamos reivindicando el terrorismo de Estado del proceso militar. En tiempos de Manchalá, estaban todas las condiciones constitucionales para dirimir posiciones e ideologías en las urnas.

Demoler el pequeño monumento es pretender borrar aquel error histórico, que tanto cuesta reconocer.

No me siento parte de una minoría poderosa que busca preservar sus privilegios; al contrario, estoy seguro de estar dentro de una inmensa mayoría que busca y desea vivir en paz.

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