Emilio Haro Galli no necesita preámbulos. Es una marca registrada calchaquí. Desde que los vientos vallistos lo llevaron a Tilcara, al menos 10 años pasaron sin una exposición de su arte en Cafayate. El día del reencuentro con las raíces llegó y este genio del óleo y la cerámica vuelve a relatar historias de todos los colores en el Museo de la Vid y el Vino. Desde hoy también pintará un mural, a la vista del público, en 25 metros cuadrados de pared de la Escuela de Manualidades, en la calle Güemes de la linda ciudad de Cafayate.

La apertura de la muestra fue el viernes y estuvo coronada por un pintoresco encuentro de bandoneonistas por el Día Nacional del bandoneón, y tuvo la infaltable degustación de vinos caseros, “para beber despacito”, acotó el artista, profundamente conmovido por el recibimiento que le dio el vecindario. “Me siento como un hijo pródigo de Cafayate; este regreso tiene mucho significado y mucha emoción”. La muestra de pintura y cerámica de Emilio Haro Galli permanecerá abierta hasta el viernes 19, de 9 a 20 horas, aunque el artista reconoció que “no tiene nombre esta exposición, aunque podría llamarse: Mi historia, porque cuento a través de las obras, mi tiempo en Tilcara y mi tiempo en Cafayate”.

Reconocido por su particular estilo de pintar y crear piezas de cerámica con temática costumbrista, Emilio Haro Galli tiene la magia de lograr obras que hablan. Autodidacta, Emilio creó una técnica propia, inconfundible que se impuso como una nueva y vigorosa forma de pensar el arte latinoamericano.

Ayer por la tarde estaba pintando un mural en un negocio de empanadas de Cafayate e, incansable, anunció: “Desde mañana voy a pintar un mural en la calle Güemes sobre la vendimia. Es una recreación del mural que estaba en el predio de la Serenata y lo demolieron para edificar el museo. Es el otro motivo por el que vine”.

De las telas y la arcilla que están en las manos de Emilio, salen personajes que tienen los rostros de hombres y mujeres que dejan su vida entre los parrales. Ahí está su corazón. “Hace muchos años que no venía a Cafayate y muchos años que no exponía acá, donde está la parte más importante de mi vida. Es muy fuerte encontrarse con todos, me conocen y me abrazan. El pago tira, emocionan las muestras de amor”. Y con melancolía dijo: “Cuando llegué a Cafayate en el ‘77, pintaba y pasaba hambre. En los bares cambiaba pintura por comida porque mi objetivo era vivir de la pintura. Mis inicios fueron difíciles pero Cafayate me abrió las puertas y me abrazó”.

Recordó: “Vendía pinturas, compraba más óleo para seguir pintando y así se fue retroalimentando mi vida artística. Inicié la cerámica en Cafayate y eso equilibró mi subsistencia, porque la cerámica es más popular. Desde entonces me empecé a expresar a través del barro, con la cerámica y no pasé más hambre”, se ríe y remata: “Mi trabajo es popular, tanto en pintura como en cerámica”.

Inundado de bohemia, este ceramista, pintor y hacedor de vinos, se impregnó primero del arte wichi y después bebió el encanto calchaquí y deslumbró con sus obras norteñas en Holanda y España, en los 80.

Imposible no quedar cautivado por las pachamamas, por los hombres y mujeres envueltos en las viñas y en los vinos, que dan a luz las manos preñadas de creatividad de Emilio. Volvió a Cafayate para sacarle significado al color y a la arcilla, para que después de sus caricias, tome formas y hable.
 

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