Hoy se festeja el Día del Estudiante. Comienza la primavera: “Tiempo en que algo está en su mayor vigor y hermosura”, según una acepción del término.

Se trata de una fecha especial, que trae a mi mente la imagen de alguien que engrandece nuestra historia y que allá por el año 1999 se ofreció para trabajar en una de las tantas zonas de difícil acceso de nuestra provincia.

La soledad de los cerros.

Es allí donde, según confesaba, descubrió una “vida que permanecía oculta”. Comprobó el sacrificio de vivir en el cerro. Experimentó en carne propia las horas de soledad de las serranías.

No por ello se quedó de brazos cruzados. Sus años juveniles como capitán del equipo donde jugaba al rugby habían forjado en él un espíritu luchador, fuerte, templado.

Aspiraba a lo más grande. Traía una propuesta para la comunidad: obrar en conjunto para generar calidad de vida. Veía que la gente del cerro partía a las ciudades en busca de sus sueños, y ello significaba, a raíz del desarraigo, sufrimiento para muchos.

Reencontrar, recoger, recomponer.

Una idea concreta lo impulsó a crear el primer colegio polimodal albergue: que aquel que se quisiera quedar en el cerro, estuviera bien y pudiera capacitarse para un trabajo sustentable.

Un desafortunado accidente le inmovilizó las piernas, pero no logró amainar su lucha. La vivencia del abismo redobló su fe, fortaleció su esperanza, encendió más el amor por su gente.

Cada paso de la posterior recuperación estuvo motivado por dar a las personas la posibilidad de que tuvieran un horizonte abierto. Una vez fijado el objetivo, llovieron las ideas y las consecuentes obras: canalización del agua, invernaderos de altura, criadero de llamas.

Sueños hechos realidad

Cuando se le preguntaba por la riqueza de un lugar que no evidenciaba más que pobreza, él rescataba como tesoro la pureza de su identidad.

La persona a la que me refiero, por un lado, tenía el pensamiento estratégico para crear un centro de ventas de artesanías y capacitación, establecer una fundación o llevar agua y luz a miles de personas que vivían en el olvido.

Por otro, la sencillez y la delicadeza hacían sentir a cada voluntario una parte fundamental de los sueños hechos realidad. El recibir premios importantes no lo distraía de su vocación de servidor de la comunidad.

El 24 de noviembre de 2011 el silencio profundo de la Quebrada del Toro acompañó su partida. Murió a los 46 años de edad. La inesperada ausencia sumió a muchos en la sensación de orfandad y desvalimiento.

Dejar huella

Sin embargo, su obra trasciende y sigue en marcha, impulsada por quienes lo conocieron y se comprometieron a continuarla. “Proyectos grandes convocan almas grandes”, era una de sus frases favoritas, actualmente encarnada en la realidad.

Sigfrido Moroder era un chico común y corriente que estudiaba y hacía deportes. “Studium”-en latín- significa la aplicación intensa de la mente a algo. Es decir, dedicarse a algo, ocuparse concienzudamente en alguna cosa, trabajar con empeño.

A los dieciocho años eligió libremente el camino que lo hacía pleno. El colectivo de los sueños, que recorre las escuelas de la región, con música y juegos, habla de su deseo: “Que los estudiantes sean diáfanos y lindos como el cielo de la Quebrada. Que puedan dar lo mejor de sí”.

Al padre a Chifri lo desvivía un anhelo: hacer el bien. Tenía sueños nobles, altos, sublimes. Aprovecho la celebración de tu día, estudiante, para preguntarte: ¿Tenés algún sueño? ¿Cuál es?
 

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