El final la vida debe ser digno y lleno de amor. Para algunos no lo es. La soledad y el abandono es la historia de muchos ancianos y también para aquellos que hoy comparten sus días en el hogar Santa Ana de la ciudad de Salta. Por decisión propia, la de un familiar o simplemente porque la Justicia deci-dió protegerlos de situaciones de violen-cia familiar, los 24 adultos mayores que residen actualmente en el hogar ubicado en villa Mitre, son una postal que conmueve pero que poco importa a la mayoría de sus familiares.
Los días en las instalaciones de Carmen Niño al 1400, pasan para los abue-los, entre recuerdos de una vida pasada, un presente con necesidades básicas cu-biertas y el afecto de quien tenga ganas de ofrecérselo. No hay muchas pretensiones en ellos, solo el transitar la vejez de la mejor ma-nera aunque esto implique hacerlo lejos de sus seres queridos. En la entrada, y como suele suceder en
las mañanas, una coqueta anciana lla-mada Sebastiana, con vestigios de niñez añorada, es la encargada de saludar a quien transita por el lugar. La llegada de El Tribunono fue la ex-cepción, aunque lo hizo de manera tí-mida y expectante ante lo que sucedería. Las muestras de cariño y las sonrisas no se hicieron esperar en estos rostros que denotan el paso de los años y una realidad que buscan sobrellevar como
pueden. Susana, de 98 años es la mayor; Ele-na, la más antigua con 28 años de vivir allí; Juan José fue el último en ingresar.
Con un diagnóstico de hipoacusia las cosas fueron cambiando para este abo-rigen ya que al transcurrir los días, las autoridades de la institución se dieron cuenta de que solo se trataba de alguien que no hablaba castellano y sí quechua. Un peregrinar de historias como la
de Miguel Angel que llegó a Salta hace más 30 años cumpliendo el sueño de conocer “La Linda”a través de un circo, o de Treba, una linda uruguaya de 72 años que inicia sus pasos en el hogar con romance en puerta. “Un hogar para una persona adulta mayor representa su casa. Esto es su ca-sa porque pasa algo muy triste, una vez que el adulto mayor ingresa, en el su-puesto caso que lo trae la familia, el compromiso del ‘sí yo vengo, no me voy a perder’, se va diluyendo y transcu-rre un mes y toda esa promesa queda en la nada”, explicó a El Tribuno,Gra-ciela Arias, directora del hogar de An-cianos. En muchos casos agradecidos a Dios por estar vivos, o en otros con la nostalgia de la familia que un día eligió no tenerlos más. Estos ancianos viven en un entorno óptimo pero carentes de amor.“Tratamos de suplir toda esa falta de afecto que ellos experimentan. En el hogar hoy por hoy no les hace falta na-da pero les falta algo sumamente im-portante, y es el cariño y el afecto. No puedo exigir a mi personal que les dé amor y cariño porque eso sale del cora-zón”, explicó la directora. La vida no fue fácil para ellos y el final tampoco, pero les queda la alegría de esos abra-zos que llegan sin que esperen. De aquellos que les brindan sin obligación decenas de estudiantes, de distintos es-tablecimientos, y que los visitan llenán-doles el alma y demostrando que el amor no siempre viene acompañado de la familia. Solos y sin documentos. El grado de abandono del que fueron víctimas algunos adultos mayores, no se asimila hasta que se sabe que Elena y Ju-lio, por ejemplo, no cuentan con identi-ficación oficial. La falta del Documento Nacional de Identidad los ubica en una situación de absoluta vulnerabilidad. No solo en la vida diaria sino en trámites esenciales que llegarán en su momento como el mismo fallecimiento.“Me podrán decir que solo no tienen nombre, pero se trata de vidas y no podemos permanecer in-diferentes a eso. Hace tres años que ges-tiono los documentos de ambos y hasta el momento no he tenido ninguna res-puesta por parte de la Asesoría de Inca-paces”, explicó Graciela Arias, directora del hogar. Elena y Julio, son dos ancia-nos que ingresaron a la institución hace varios años luego de vivir en la calle en un completo abandono. Hoy el hogar representa su casa y sus compañeros, la familia que nunca tuvieron.

La atención 

De acuerdo a lo informado por las auto-ridades de la institución, los residentes reciben la atención de un equipo de es-pecialistas que se encargan entre otras cosas de planificar la alimentación y las actividades que realizarán. Con una población de 24 adultos ma-yores, actualmente el hogar Santa Ana cuenta entre ellos a cuatro sordo mudos quienes reciben la asistencia de una fo-noaudióloga. La especialista les enseña a escribir sus nombres, los números y la hora. Aspectos fundamentales para cualquier ser humano pero que ellos, hasta hace algunos meses, no lo tenían incorporado. Los abuelos que no tienen impedimentos físicos, es decir son auto-válidos, pueden salir de la institución para pasear o realizar trámites siempre con la compañía de alguien

Un hogar con recuerdos e historias 

Los recuerdos resumen momen-tos en la vida y, para los ancianos que residen en el hogar Santa Ana, más aún. Vidas que comparten hoy, sola-mente, el final pero que en el tra-yecto les significó sueños, aspira-ciones y afectos que ya no están. Para algunos como don Miguel
Angel, la artrosis y la ceguera no menguaron su sonrisa y menos las ganas de vivir. “Estoy muy agradecido con Dios por seguir vivo. La vida medio buenos momentos, aventu-ras y cumplí mi sueño de vivir en Salta”, le contó a El Tribuno,en la intimidad de su habitación.
“Soy de Santa Fe, vivía en Co-rrientes y tenía el sueño de vivir en Salta (risas). Siempre me atra-jo eso de que le decían “La Linda”
y me vine nomás aprovechando un circo que se dirigía hasta aquí. No tenía plata para pagarme el pasaje y me empleé en el circo co-mo cuidador de animales y de ahí trabajé en todo. El secreto está en no enojarse, a las cosas hay que tomarlas como vienen”, contó
Miguel Angel con la misma tran-quilidad que lo hizo cuando se dio cuenta que la neblina que ve-ía solo estaba en sus ojos, hasta
que un día ya no pudo ver nada más. “No conocí a mi madre y mi padre me quiso quemar cuando todavía era un bebé. Me crió mi
patrona y de ahí sobreviví como pude. Tuve una vida muy triste, hace un tiempo falleció mi única hija”, contó entre lágrimas Domingo, quien a sus 89 años busca resaltar lo bueno para recobrar fuerzas: “Estoy contento, soy feliz por estar en este lugar. Tengo con
quien hablar, sentarme a tomar solcito... y así pasar mis días”, completó. Dos de muchas historias que se entretejen entre las paredes de un
hogar donde llegan como visi-tantes pero que poco a poco van adoptando como su casa. El compañerismo surge entre ellos y las diferencias también. Lo saben pero son conscientes de que perder el tiempo en peleas no es lo conveniente cuando se atra-viesa el final de la vida. “En la calle no se aprende nada bueno. Por lo menos aquí tengo comida, ro-pa y una vida normal que me permite estar tranquilo mis últi-mos años”, dijo Juan Manuel, quien vivió mucho tiempo como linyera. Otra de las historias que calan profundo a la hora de visi-tar un hogar, que hace 35 años al-berga personas abandonadas en plena vejez.

 

Cuando el amor sobrepasa generaciones

 

“Te transmiten lo que desean, lo que no, lo que piensan, lo que más extrañan y que
en la mayoría es su familia. Intenté ponerme en sus lugares y pensé que no me gusta-ría que mis familiares me abandonen y se olviden de mí, especialmente que se olvi-den que yo fui parte de sus vidas”(Agustina).“Compartir nuestro tiempo con estos abuelos, conocer otras realidades, son expe-riencias que nos enseñan algo de la vida, del valor de lo que tenemos y de la impor-tancia de lo que carecemos. Nos ayudan en definitiva a ser mejores hombres y muje-res y nos alientan a buscar la vida con otra mirada, a luchar, a creer y a soñar por un
mundo definitivamente mejor” (Rodrigo). Son algunos de los fragmentos extraídos de los libros “Diálogo Intergeneracional”,
una publicación gestionada por el mismo hogar Santa Ana y que a lo largo de siete tomos reproducen los escritos de centenares de alumnos que plasmaron en papel su paso por la institución.

 

 

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