Juan Román Riquelme hizo de La Bombonera el patio de su casa. Y como dueño de la pelota estableció e impuso sus propias reglas que él mismo escribió, instauró y selló. Aplicó su ley, la "Ley Riquelmeana". En Boca Juniors su palabra era sagrada, era intocable. El 10 desde que nació estaba tallado para Boca, como Boca estaba tallado para él. Esa fusión parecía inquebrantable e inalterable a través del tiempo, porque ni Daniel Angelici, aquel tesorero que había renunciado al no estar de acuerdo con su contrato, se rindió a sus pies cuando le tocó ser presidente. Cayó en la tentación de no tocar al "Riquelme de la gente" aún en contra de sus propias convicciones. Le dio todo, absolutamente todo, dejó que él continuara manejando todo como un niño caprichoso, como lo hizo al rechazar el último millonario contrato que le ofreció el xeneize. Todos creían que era una jugada más de Román, pero no, esta vez decidió cambiar e irse al patio de su antigua casa, esa en la que dio sus primeros pasos antes de mostrar su infinita magia. Esta vez no hubo marcha atrás. La era Riquelmeana en Boca Juniors terminó y con él también se fueron sus amigos. El xeneize deberá dejar atrás una de sus páginas más gloriosa, con Riquelme como estandarte de esa época dorada. La presión ahora es toda para Daniel Angelici porque la historia dirá que con él como presidente Román pegó definitivamente el portazo que retumbó en toda La Bombonera, esa que él mismo definió como el "patio de su casa".

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