William Faulkner escribió "El ruido y la furia". Tomó el título de la tragedia "Macbeth", de su tocayo Shakespeare: "La vida no es más que una sombra... Una historia narrada por un necio, llena de ruido y furia, que nada significa". Nada significan el ruido y la furia sin una dosis de fuego, según Donald Trump. Le prometió a Kim Jong-un, líder de Corea del Norte, "una furia y un fuego jamás vistos en el mundo" si insiste en realizar pruebas nucleares. Kim amenaza lanzar misiles contra las dos bases militares de los Estados Unidos en la remota isla de Guam, en el Pacífico. Una quimera de imprevisibles consecuencias.

En la Casa Blanca, mientras tanto, reina el caos. El constante reemplazo de colaboradores responde a la premisa de crear empleo bajo el influjo del lema América first, alegan a su alrededor. Absurdo. El anuncio sobre la veda para los transexuales en el ejército, "después de haber consultado" con generales, dejó de piedra al general James Mattis, secretario de Defensa. Mattis supo por un tuit que su jefe pretendía ahorrarse de ese modo el costo de las operaciones de cambio de sexo. Una forma de quedar bien con los grupos evangélicos y de desviar la atención de la injerencia de Rusia en las presidenciales de 2016.

La trama rusa causó la primera baja del gobierno de Trump. La de Michael Flynn, consejero de Seguridad Nacional durante 24 días. Menos tiempo, apenas una semana, subsistió Anthony Scaramucci como director de Comunicación de la Casa Blanca. Lo vetó el general John Kelly, jefe de gabinete en reemplazo de Reince Priebus. El general Kelly, con el guiño del jefe del Pentágono, el general Mattis, pretende imponer la disciplina militar en la Casa Blanca. Restringió el acceso de la hija de Trump, Ivanka, y de su marido, Jared Kushner, en el Despacho Oval. En el remolino de ruido, furia y fuego, el yerno de Trump perdió a su amigo y aliado Ezra Cohen-

Watnick, director de inteligencia del Consejo de Seguridad Nacional. Lo echó otro general, H. R. McMaster, al frente del órgano que manejó durante menos de un mes el depuesto Flynn. La beligerancia verbal de Trump con Kim tapa otra guerra. La doméstica. La que libra contra sus fantasmas, encarnados en Vladimir Putin. La buena relación que iban a tener, más allá de que Rusia en su versión actual, soviética o zarista siempre haya sido motivo de desconfianza para los norteamericanos, descarriló en las sanciones que le aplicó el Congreso a raíz de su injerencia en las elecciones, así como por su actividad militar en el este de Ucrania y por la anexión de Crimea en 2014. La ley restringe el poder de veto de Trump en este caso. En respuesta, el Kremlin hizo volver a casa a 755 miembros de su personal diplomático. En el atolladero con Rusia está implicada la familia de Trump. Un asunto tan opaco como el manejo de su fortuna personal. Los republicanos, con las elecciones de medio término de 2018 a la vuelta de la esquina, no quieren quedar pegados a un presidente que sienten desleal. Controlan ambas cámaras del Congreso, no la agenda de la Casa Blanca. Trump, de inspiración populista, no está dispuesto a bajar los decibeles ni las ínfulas. El día de su asunción, The Washington Post publicó un artículo con un título sugestivo: "La campaña por el impeachment ha comenzado". El fuego, desde entonces, no está tan lejos del ruido y la furia como Corea del Norte.

 

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