En Damián Torino 55, entre Rondeau y Lavalle, una placa anuncia a su discreto habitante: "Julio Villa", dice. Nada más aclara este breve anuncio. Pero muchos saben que en esa casa hay un pequeño espacio que oficia de taller. Ahí, entre amoladoras, pulidoras, hierros, martillos de todos los tamaños, remaches, cueros, maderas, astas y huesos, trabaja uno de los últimos conocedores de un arte que se está escabullendo en los vaivenes de la modernidad: el cuchillo.

Una vida afilada

Julio Argentino Villa está en el oficio desde toda la vida. "Cuando estaba en la escuela, yo ya quería trabajar. Por entonces iba a la escuela San Francisco, donde tenía una maestra que estaba casada con un artesano. Ella me preguntó si quería ayudarlo y yo me puse contento porque ya había conseguido un trabajo. Así conocí a este hombre que hacía cuchillos. Ahí empecé, con él. Los hierros se cortaba a mano entonces, hasta que después llegó la tecnología y me puse frente a la máquina no más", resume don Julio. "Ahora ya tengo 50 años de oficio. He viajado por otras provincias llevando mis cuchillos. Y encontré a otros artesanos, pero ahora ya se fue perdiendo la gente grande que hacía y que compraba cuchillos. Ahora están saliendo de nuevo otros artesanos", cuenta. "Por ejemplo estaban los Ceballos, que eran seis hermanos... En tiempos de antes se vendían 100 ó 200 cuchillos, ése era el movimiento. Después cambiaron los tiempos. La gente grande ya no está, los artesanos son poquitos, pero siempre hay gente que hace el esfuerzo para poder dar lo mejor. Yo empecé a hacer cuchillos en un taller que tenía frente al Sanatorio El Carmen. De ahí me trasladé a la avenida Chile. Y al último pasamos al Parque Industrial. Teníamos una fábrica de herramientas. Hacíamos azadas, palas, balancines. Ahora hacemos puñales, machetes, arreglo hojas. Todo el mundo sabe que aquí podemos arreglarle cualquier problema que tiene con su cuchillo", dice.

Un cuchillo salteño

"El cuchillo salteño siempre tiene la punta al centro, tirando un poco para arriba. No va con ranura. Es tipo puñal... Tiene una "S" que hace tope con el cabo. Es para pelear, porque es cuchillo sin ranura. Los nuevos puñales son con ranura, para darle el desangre y para darle más realce", explica el artesano. "A las hojas las hago de material que compro en Buenos Aires. Planchuelas de acero a las que las corto, las templo, todo. Los aceros son casi los mismos, lo que varía es cómo se hace la templada. Cuando se los pone en la fragua llega a 800 grados el material normal. El más duro a 400 grados. Queda oscuro y elástico", cuenta.

"En general el que compra un cuchillo es porque trabaja en el campo. Si vivís en el campo, el cuchillo es la herramienta principal. Vas a ver que un gaucho siempre anda con eso, con su herramienta de campo. Si acá en la ciudad lo usan es sólo para el asado. Pero en el campo, si uno no tiene un cuchillo es como andar "patapila'. Por eso si va al campo, va a ver que siempre llevan a la cintura un cuchillo o un puñal. Pero para el gaucho salteño, su amor es el facón. Yo les preparo lo que me piden, ya sea un cuchillo o un machete. Lo importante es hacerlo bien. Y con cariño".

Nota final de un arma

Pero como todos saben, el cuchillo no se termina en el hoja y en el filo, sino que su verdadera nota final -que debe ser la más bella- se encuentra en el cabo. El cabo de un cuchillo revela cómo trabaja el artesano: "Yo preparo todo. A veces en general clientela que viene del campo trae su machete, su cuchillo y su puñal para que lo arregle o le haga unos toques. Yo les hago el cabo que me piden. En general es el cliente el que trae el material con el que quiere que se le cierre el cuchillo. Yo trabajo todo: asta de ciervo, de vaca, incluso cola de quirquincho. Hasta se puede, con todas, hacer un combinado. El cabo en sí es la creación del artesano, dependiendo del material. Yo para los trabajos míos no tengo preferencia. Hago lo que pidan: desde madera a la alpaca".

 

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