La decisión de Donald Trump de dinamitar el acuerdo con Irán reavivó los temores de una confrontación en gran escala en Medio Oriente. La decisión de Trump, tan previsible como el frío en invierno, disparó el precio del petróleo por la promesa de sancionar a Irán. Eso complicaría el abastecimiento de combustible en Europa, China, India, Corea del Sur y Japón, clientes de Irán. El riesgo no radica en su afán nuclear, supuestamente neutralizado desde 2015, sino en la expansión de una guerra en curso desde 2011, la de Siria, y el uso de su territorio para dirimir diferencias entre terceros, como Irán e Israel.

No por casualidad el presidente Emmanuel Macron hizo público su intento de persuadir a Trump sobre las consecuencias de la ruptura.

La decisión de Trump, previa a la mudanza de la embajada de EEUU en Israel de Tel Aviv a Jerusalén, reacomoda las piezas en el tablero, con Irán y Rusia como sostenes del régimen de Al Assad. El primer ministro de Israel, Benjamin Netanyahu, aplaudió la ruptura. Quiso capitalizarla como si fuera propia con la promesa de revelar "media tonelada de documentos secretos" sobre la actividad nuclear de Irán. El fin era tumbar el acuerdo alcanzado el 14 de julio de 2015 por el G5+1 (China, Estados Unidos, Francia, Inglaterra, Rusia y Alemania) e Irán.

En Trump, el ayatollah Alí Khamenei, líder supremo de Irán, encontró un rival a su medida, "el verdadero rostro de América". La prédica constante contra Estados Unidos desde la revolución de 1979 tiene ahora una razón más sólida que la antipatía: "Este caballero ha probado lo que venimos diciendo durante años sobre la corrupción política, económica, moral y social dentro del sistema gobernante de América". Khamenei, fiel al doble discurso, declara una fatua (sentencia) contra la fabricación de la bomba nuclear y, a la vez, amenaza con autorizarla.

Dos años duraron las negociaciones para frenar la carrera nuclear de Irán, objetadas por Israel, algunos países del Golfo, Egipto y Jordania. El Organismo Internacional de la Energía Atómica (OIEA), supervisor y garante del acuerdo, no halló indicios de pruebas nucleares. El acuerdo, siempre criticado por Trump, era una suerte de contrapeso frente a la ambición de desequilibrio regional del principal enemigo de Israel y de Arabia Saudita, ahora aliados. Con excepción de Israel, que nunca reconoció su arsenal nuclear, ningún país de Medio Oriente se ha embarcado en un programa de esa magnitud en los últimos años.

Durante su exposición, Netanyahu pronunció 15 veces la palabra secreto. Ningún secreto era secreto. Nada nuevo hubo en su proceder. En 2002 confirmó ante una comisión del Congreso de Estados Unidos que Hussein tenía armas de destrucción masiva. La guerra emprendida por George W. Bush y un puñado de aliados contra Irak demostró lo contrario. Irak, Irán y Corea del Norte componían el Eje del Mal, versión Bush. El problema era otro. El problema era Irán. Los Guardianes de la Revolución, esa revolución teocrática que Irán nunca logró exportar, se codean con Hezbollah en el Líbano e intervienen en Irak, en Yemen y, de la mano de Hamas, en la Franja de Gaza.

A diferencia de Trump, que acusó a Irán de "múltiples violaciones" del Plan de Acción Integral Conjunto, Vladimir Putin y su par chino, Xi Jinping, firmantes del acuerdo, no observaron incumplimientos. Tampoco la Unión Europea, confiada en los informes de la OIEA. Después del discurso de Netanyahu, la Casa Blanca afirmó que Irán "tiene" un plan de armas nucleares. Debió corregirlo con el verbo en pasado: "tenía". Ni Netanyahu se había atrevido a tanto mientras Macron se mostraba conciliador frente a Trump a sabiendas de que no iba a haber marcha atrás en su obsesión de honrar una promesa de campaña. Más allá del precio y las secuelas.

 

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