Quedó al descubierto la corrupción policial

El encubrimiento es una conducta que consiste en realizar actos u omitir la realización de actos con el fin de impedir o dificultar la acción del Estado para descubrir e investigar un delito, así como identificar a sus autores. Se trata de un delito que busca proteger la administración de justicia. Precisamente esto es lo que determinó ahora la Justicia salteña en el juicio por el homicidio de Cintia Fernández que cerró con la condena al expolicía Federico Condorí a 23 años de prisión. En este caso la situación se agrava más aún por el hecho de que el encubrimiento se gestó en el vientre de la Policía de la Provincia.

El asesinato de esta joven ocurrió en 2011, un año épico que quedó grabado como una impronta dentro de la historia criminal de Salta con el también controvertido caso de las turistas francesas, asesinadas en San Lorenzo, y otros que sembraron dudas. En el juicio que concluyó el jueves último se probó palmariamente que hubo una marcada intención de la entonces cúpula policial de desviar el curso de la investigación para proteger al imputado. Esto, sin duda, explica por qué este proceso tardó 8 años en llegar a los estrados judiciales y que se pudo esclarecer por la inclaudicable lucha que emprendió la heroica madre de la víctima, quien no trepidó ni un instante para hacer escuchar su voz por todos los rincones de la ciudad.

Sus desesperados gritos fueron escuchados por familiares de otras víctimas de la impunidad, de la injusticia. Por todo lo que se develó durante el debate, este caso exige que sea investigado más a fondo para desenmascarar a los verdaderos encubridores y a todos aquellos que ejercieron influencias para amparar al homicida.

Fue Ana Fernández la que, luego de encontrar el cuerpo sin vida de su hija, plantó bandera respecto a la maniobra que se orquestó para desviar el curso de la investigación. Fue ella la que prendió la luz del encubrimiento cuando desde la misma Policía se echó a correr la hipótesis del suicidio y otras elucubraciones. Entonces comenzó a gritar a los cuatro vientos lo que a su juicio se estaba tramando. La tildaron de "loca" y cuando la autopsia determinó que Cintia había sido víctima de un homicidio lanzaron la sospecha de que ella fue la asesina de su hija. Lo de esta mujer no era una "corazonada", ni el clamor de una madre desesperada que por haber pedido a su única hija quería encontrar culpables donde no había. Cuando declaró en el juicio contó que el día que encontró muerta a la joven, al departamento llegó una inusitada cantidad de policías. Dijo que había jefes de distintas unidades, incluso gente de la División Trata de Personas, donde Condorí prestaba servicio. Esto la convenció con más determinación de que de los extractos superiores de la fuerza habían bajado línea para proteger a Condorí, a como dé lugar.

Las sospechas de Ana Fernández fueron advertidas por los mismos vecinos de Cintia, quienes atestiguaron que les llamó la atención la presencia de tantos policías en el escenario de los hechos. Lo propio sostuvo la abogada María Eugenia Yaique, quien llegó al lugar requerida por Fernández aquel 3 de mayo de 2011. "Había muchos uniformados, gente que fumaba y tiraba las colillas de cigarrillos por todos lados, sin tomar en cuenta que su deber era proteger la escena del crimen", señaló. Según Yaique, la teoría del encubrimiento se sustentó con más fuerza cuando acompañó a Ana Fernández a la Brigada de Investigaciones para que realizara la denuncia. Allí fueron atendidas por la oficial que se hizo cargo del operativo y que luego redactó el sumario de marras. "Esta policía nos dijo que se estaba trabajando sobre la hipótesis del suicidio y entonces decidimos hacer la denuncia en la Justicia", precisó. Esa oficial era la comisario Gimena Núñez, quien junto al suboficial Calixto Mamaní fueron detenidos por "falso testimonio" durante el desarrollo del juicio. Ambos habían sido compañeros de Condorí en la Brigada y en la División Trata.

Como la hipótesis del suicidio no se pudo sostener por el resultado de la autopsia, para seguir embarrando la cancha, se instaló la versión de que Cintia ejercía la prostitución y que habría sido asesinada por uno de sus "visitadores". Así fue como detuvieron a un amigo de la joven, de profesión ingeniero, pero luego se probó que el día que mataron a Cintia el hombre no estaba en la ciudad.

En el afán de encubrir al verdadero asesino, los investigadores insistieron con lo del suicidio y orientaron las pesquisas en torno a la más burda de las hipótesis. Para justificar por qué la víctima apareció con una bolsa en la cabeza interpretaron que Cintia pudo haber muerto durante una práctica sexual conocida como asfixiofilia (asfixia erótica). Se trata de una vía en la satisfacción sexual que se obtiene a través de la privación de oxígeno. Sin embargo, uno de los forenses descartó de plano esa especulación al señalar que la chica tenía más de dos gramos de alcohol en la sangre y que en ese estado difícilmente hubiera podido utilizar una cinta para anudar la bolsa que tenía colocada en la cabeza.

Con tanta "carne podrida" tirada alrededor del cuerpo de la muchacha hasta la propia Justicia se contaminó con la osamenta. Ana había apuntado desde un comienzo a Condorí, con quien Cintia había mantenido una relación sentimental que puso fin pocos días antes de su muerte. El juez Antonio Germán Pastrana lo mantuvo detenido por 72 horas, pero como, por obvias razones, no encontró pruebas, lo liberó.

El juicio le dio la razón

Como una leona herida, Ana Fernández se armó de coraje para dar pelea en un campo minado. Su gran sostén en la patriada fueron los familiares de víctimas contra la impunidad. Con ellos armó una ONG y con las marchas de los viernes alrededor de la plaza 9 de Julio lograron movilizar los cimientos de la Ciudad Judicial para que se reabrieran más de 200 causas archivadas en los despachos de jueces y fiscales. Con el cambio de juez, Fernández consiguió que la investigación se reencauzara. Así fue como el año pasado Condorí fue imputado por homicidio simple. Con la drástica condena al expolicía se demostró que el encubrimiento policial que tantas veces denunció era un dato de la realidad.

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