Leo y escucho abundantes opiniones sobre el mundo que viene tras la pandemia del coronavirus. Tal vez es ansiedad, tal vez el enorme deseo de que esto se termine pronto o, tal vez, simplemente, que la acumulación de información nos sugiere que no todo será mejor, como algunos creen.

Son los que observan cierta revancha de la naturaleza ante el accionar abusivo del hombre contra el medio ambiente; son los que ven con ternura cómo algunas especies animales "recuperan terreno" en calles no tan pobladas, y los que miden la increíble disminución de la polución en las grandes urbes en medio de la cuarentena.

Claro que son noticias auspiciosas, pero no todo lo que brilla es oro.

El virus puede haber sido una gran razón para que algunos gobiernos apelen al "todo vale" y hasta se intente justificar abusos, excesos y errores.

¿Todo vale?

Al fin y al cabo, para salvar vidas todo vale. Pero ¿qué harán después? ¿Les quedará el tentador y peligroso sabor a miel del "todo vale"?

Algunos ejemplos llaman la atención.

En el desgarrador escenario que presenta Italia se supo que, al comienzo de la orden de cumplimiento de la cuarentena, un 42% de la población no cumplió esa disposición del Gobierno.

¿Cómo se conoció ese dato, con tanta exactitud? Fácil: se constató que esa cantidad de ciudadanos se movieron de sus hogares porque se movieron sus teléfonos celulares. Con la excusa de la inteligencia artificial, España también avanzó en Valencia con un proyecto de investigación sobre la movilidad de la población. Todo con el mismo método.

También hay ejemplos más cercanos: se multiplican los intendentes que toman decisiones que corresponden a los legisladores, por imperio de la Constitución, ya se decretar la ley seca o el toque de queda nocturno.

Respiradores

El mismo Poder Ejecutivo Nacional decidió impedir que los fabricantes vendan respiradores a las provincias - que obviamente son autónomas para comprar y responsables de la salud pública-, con la excusa de "centralizar" la distribución de esos aparatos indispensables en los casos críticos de esta enfermedad.

En tiempos de pandemia, de desesperación, la sociedad necesita disciplinarse; es imprescindible el orden y del cumplimiento de las normas que se establecen.

Eso nadie lo puede discutir y todos debemos contribuir con responsabilidad.

El riesgo, sobre todo en nuestro país, es la propensión histórica por el autoritarismo. Ya hemos visto a unos gendarmes que fueron sancionados por "bailar" a unos chicos en una calle del conurbano bonaerense; se trata de conductas espontáneas en una cultura propensa a la violencia y al desapego a la ley.

Habrá que tratar de que, después de la pandemia, la autoridad excepcional no se convierta en autoritarismo.

Que los policías no se acostumbren a pedir documentos sin razón a cualquier ciudadano que circule.

Que ninguna compañía tenga el "privilegio" de saber qué hace cada ciudadano a través de su teléfono móvil, con quién se encuentra, dónde, cuánto tiempo y hasta con quién se comunica y a qué hora. Y necesitamos estar alertas para que ningún gobierno se tiente para utilizar esa información.

Está bien la misión encomendada a las Fuerzas Armadas ante la emergencia; es una decisión valorada también en nuestra provincia, pero no queremos para nuestros militares, porque no es su función y porque la ley lo prohíbe, que se les asigne la tarea de pedir documentos y controlar los accesos a la ciudad, como muchos los vivimos en los "70.

Hoy está en juego la vida. Luego estará en juego la libertad. Debemos ganar entre todos la primera guerra. Y después estar atentos para la segunda batalla.

La propia sociedad sin tutelas, sin paternalismos, sin demagogia ni populismo, debe asumir los desafíos que nos tocan para sacar el país adelante.

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