La situación económica mundial en este momento de apogeo de la epidemia del coronavirus es la siguiente: China, la segunda economía del mundo, logró resolver la crisis del coronavirus en siete semanas, y se apresta a normalizar plenamente su economía entre el segundo y el tercer trimestre del año; y de la República Popular depende 35% del crecimiento de la economía global en los últimos 15 años.

EEUU, la primera superpotencia del mundo, ha aprobado en una semana por el voto unánime de las dos cámaras del Congreso, el paquete de impulso fiscal más grande de la historia, que junto a la fenomenal inyección de liquidez lanzada por la Reserva Federal, representa más de 30% del PBI estadounidense, que es el 25% del PBI global.

Hay una luz en el final del túnel. La sociedad global se ha unificado absolutamente, y se ha convertido en una comunidad de destino donde la solidaridad es un acontecimiento forzoso.

Un problema, si tiene una respuesta, está en el problema mismo.

La economía mundial crecía 3% anual hasta diciembre del año pasado y de pronto, coronavirus mediante, se hundiría -2.9% este año, según el FMI.

Lo que ha ocurrido es un caso único en la historia del capitalismo. La brutal caída del producto que ha experimentado no responde a factores estructurales: los indicadores de productividad, innovación y capacidad de movilización de recursos de EEUU y China la primera y la segunda economías del mundo están intactos.

Esto significa que la actual depresión global es la consecuencia de una política deliberada de paralización de la economía, realizada para enfrentar el desafío existencial del coronavirus.

Este es el problema, y ningún otro.

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