Las causas de una tragedia

Recientemente Oscar Córdoba, el conductor del tren que se accidentó en la estación Once en febrero de 2012, reconoció que él no accionó los frenos de la formación, aunque no fue con intención de provocar una catástrofe sino solo por una distracción, quizás a causa del estrés que pesa sobre quienes desempeñan un oficio de tanta responsabilidad con elementos tan precarios.

Inmediatamente, en las redes sociales, los voceros kirchneristas salieron a festejar la confesión, que aparentemente libraría de culpa y cargo por los 51 muertos del accidente a los funcionarios del gobierno de Cristina: a la misma Cristina, al ministro de Obras Públicas Julio De Vido, a los exministros de Transporte Ricardo Jaime y Juan Pablo Schiavi, al director de Trenes de Buenos Ares, Jorge Alvarez, y a varios altos funcionarios de Trenes de Buenos Aires entre los que se destacaban los hermanos Cirigliano, expresidente y jefe de material rodante. Aparentemente la confesión de Córdoba absolvería a los nombrados de trabajar con material rodante obsoleto y pésimamente mantenido, de tener habilitadas vías férreas deformadas, de mantener en la estación terminal paragolpes incapaces de amortiguar el choque más leve y de dejar las formaciones a cargo de personal no siempre bien entrenado ni en condiciones de calma y equilibrio adecuadas.

Ahora, de lo que nadie ha hablado todavía es del porqué del accidente. Sabemos desde la impecable investigación que realizó la periodista Graciela Mochkofsky que la formación estaba vieja y llena de problemas pero que, mal que bien, si uno aplicaba los frenos frenaba, lo que a su turno fue confirmado por la mayoría de los peritos que actuaron en el juicio; sabemos que el maquinista era un muchacho de alguna experiencia y que venía de una familia de ferroviarios, aunque ahora también se sabe que cometió la imperdonable irresponsabilidad de desconectar el freno automático porque le cansaba llevar el pie apoyado sobre el pedal todo el tiempo, y, peor aún, sabemos gracias a sus declaraciones que muchos conductores lo hacen, además de las demás carencias de la formación que ya son por todos conocidas.

Surge entonces una reflexión: un convoy ferroviario tiene habitualmente siete vagones, que en días laborables y en horario de trabajo van repletos, o sea que pueden llevar unos 120 pasajeros en cada vagón por lo que el tren se puede calcular que transportaba alrededor de 840 vidas. Más que el más grande de los aviones de pasajeros.

Sin embargo, mientras los aviones llevan una tripulación en la que por lo menos tres pilotos pueden manejar la máquina y los más grandes que están en uso transportan alrededor de 500 pasajeros, los trenes llevan uno solo, con lo que un error humano (o un hecho de irresponsabilidad como en este caso) puede producir la muerte de una gran cantidad de personas.

En nuestros días la tendencia es automatizar lo más posible la conducción de ferrocarriles. Ya hay muchos modelos que funcionan sin conductor y otros que, aunque lleven un maquinista, tienen sensores que evitan que éste se "olvide" de frenar o cometa algún otro error como tomar curvas a una velocidad mayor que la permitida que es una de las principales causas de accidentes ferroviarios. Pero mientras nuestro país no tenga fondos para modernizar su flota ferroviaria hasta ese punto, por lo menos puede adoptar una solución tan sencilla como segura que es poner un segundo conductor que supervise, ayude y, en todo caso, reemplace al conductor principal. ¿O será una medida demasiado compleja para nuestras sabias autoridades?

 

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