Eva Perón y el embajador

José María de Areilza nació en Portugalete, Vizcaya, el 3 de agosto de 1909. Perteneciente a una familia de raigambre en el País Vasco, era un ultraconservador que adhirió al régimen de Franco durante la Guerra Civil y ejerció responsabilidades relevantes en su larga dictadura.

En 1947 fue designado embajador en Argentina, cargo que ocupó durante tres años en momentos muy difíciles para su país, devastado por la guerra civil (1936-1939).

En Buenos Aires, Areilza realizó una intensa actividad para lograr el apoyo de Argentina a su nación, considerada paria en el escenario internacional por su alianza con Hitler y Mussolini. Sobre todo debía gestionar una ayuda que España necesitaba desesperadamente. El ejercicio de sus gestiones diplomáticas lo llevó a mantener contactos y negociaciones frecuentes con Juan Domingo Perón, el presidente, y con Eva Perón, persona de enorme peso político cuya intensa actividad social asombró al embajador.

 

Eva María Ibarguren, nombre originario de soltera, también era vasca, pero no por los cuatro costados sino por cuatro al cuadrado; o más, era descendiente de Juan Bengoechea (nacido entre 1626 y 1686, se ignora cuándo falleció) casado con María Munita (las mismas fechas aproximadamente) y fueron de esa tierra las siguientes generaciones hasta llegar a su madre, Juana Ibarguren, nacida y fallecida en Buenos Aires (1894-1971).

Una España hambrienta

Por lo tanto, estaban frente a frente dos vascos hasta la médula, ambos de fuerte carácter. Pero ahí terminan las similitudes: Areilza era un altivo aristócrata y Eva Perón, una mujer de origen humilde. Su relación fue conflictiva, hasta el punto de llegar a la ruptura con serias consecuencias para España. Es lo que ha analizado el profesor de historia Pablo Guerrero García en el libro "Areilza y Eva Perón. La tormentosa relación del embajador español en Argentina", presentado en Madrid. Eran tan distintos y, en el fondo, tan parecidos, señala. El desencuentro entre dos personajes de semejante talla resultaba inevitable en un momento, verdaderamente crítico para una España hambrienta y aislada internacionalmente.

El autor del libro ha tenido acceso a la correspondencia de Areilza con su ministro de asuntos exteriores, Martín Artajo, y ello permite conocer de primera mano las impresiones que aquel recogió. Entre otras, cosas, que las declaraciones elogiosas sobre Argentina que realizaba a la prensa eran diferentes de las que trasladaba al ministro: en estas exhibía una sombría descripción de Buenos Aires porque le molestaban las oleadas de inmigrantes no españoles que vivían en la ciudad; consideraba especialmente negativo el elevado número de italianos, por los que parecía sentir una animadversión inexplicable.

"Buenos Aires es una de las ciudades menos españolas del mundo", escribió. Un disparate derivado de que era un convencido fascista imbuido de los sueños absurdos de resucitar la grandeza del Imperio Español, el eje central de la política de Franco. Sin duda le molestaba menos el apoyo que Mussolini le prestó a su jefe durante la guerra civil.

Choque de trenes

Areilza desembarcó en una Argentina gobernada ya con mano firme por el matrimonio Perón y tomó contacto con Eva Perón inmediatamente después de su llegada a Buenos Aires. En su primer encuentro, según informó, ella fijó sobre él "sus penetrantes ojos oscuros inquisitivos y en perenne movimiento" y le dijo lacónicamente "lo llamaré un día de estos para que venga a verme".

El embajador transmitió a Madrid su admiración por "la esposa del presidente, que tiene innegables condiciones de actividad, dinamismo, popularidad y capacidad de agitación de masas"; y le llamaron la atención las largas jornadas que dedicaba a la atención de personas humildes a las que demostraba cálida empatía. Hasta el punto de besar a una mujer que exhibía rasgos de una enfermedad contagiosa.

Con el tiempo, sin embargo, se produjo entre ellos una hostilidad mutua e irrefrenable que del plano estrictamente personal terminó por extenderse al político y diplomático, poniendo en grave peligro las privilegiadas relaciones comerciales que Areilza había contribuido a consolidar.

Areilza era un hombre eficiente. En el desarrollo de su frenética misión mantuvo estrechos contactos políticos con los españoles favorables a Franco y con la jerarquía católica; al mismo tiempo, favorecía el espionaje de los sectores antirrepublicanos.

El 9 de abril de 1948 se concretó su gran logro con la firma del Protocolo Franco-Perón mediante el cual Argentina (que ya había otorgado un crédito a España a bajo interés por 750 millones de dólares, equivalentes en la actualidad a ­8.757 millones de dólares!) concedía extraordinarias facilidades crediticias y de intercambio comercial para el suministro de cereales, carnes, aceites y materias primas.

La noticia se hizo pública cuando Truman, quien sentía aversión por el régimen de Franco, vetaba la inclusión de España en el Plan Marshall. El protocolo fue recibido con júbilo en un país desesperado: el diario ABC informó que el Ministerio de Educación había autorizado "la suspensión de las clases en todos los centros de Madrid con el objeto de facilitar la asistencia a la gran manifestación en honor a la República Argentina y a Perón".

Una multitud se reunió frente a la embajada de nuestro país.
Pero lo que comenzó auspiciosamente se torció hasta llegar a convertirse en un choque de trenes. 
El trabajo del profesor Guerrero deja la impresión de que el motivo central fue que Evita era una persona franca y directa, que no utilizaba el lenguaje diplomático y trataba al “gallego”, como lo llamaba, sin distinción de cualquier otro funcionario del gobierno. 
“Usted no puede entender al peronismo porque también es usted un oligarca”, le dijo una vez. Afirmación difícilmente discutible en cuanto el embajador era conde de Motrico, además de otros títulos nobiliarios. Y no cesaba de expresar en su correspondencia su aversión por el peronismo.
La conflictiva relación personal terminó por afectar las relaciones entre los dos países: en un momento dado, cinco barcos cargados con provisiones imprescindibles quedaron detenidos en el puerto de Buenos Aires, aunque posteriormente las cosas volvieron a su cauce. 

Diplomacia y tacto

Areilza no se sentía cómodo en Argentina y no cesaba de pedir que lo relevaran; su responsabilidad en el conflicto es indudable. Lo dijo hasta el propio dictador Franco, quien destacó sus cualidades de trabajo tanto como su falta de tacto para la diplomacia.
En la presentación del libro del profesor Guerrero participaron tres españoles que coincidieron destacar que el carácter autoritario y elitista de Areilza, fallecido en 1998, puso las cosas difíciles. 
Fue de particular interés el testimonio de Ortí Bordás, político conservador, quien conocía bien al personaje porque lo trató personalmente. 
En su intervención, recordó la extraordinaria aportación de Argentina en un momento dramático para España, hizo un emotivo elogio de Evita, como la llamó, y no dudó en cargarle la culpa del conflicto al embajador: “Areilza, dijo, representaba todo lo que ella detestaba”. 
 

 

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