Dispuesto a partir

"Corazón, corazón guitarrero / deja que el cielo te dé consuelo / deja en la copla tu eterna vida / que el vino viva con tu desvelo / y enamorando con los pañuelos / irá la zamba por esos cielos".

Esta estrofa de la zamba "Corazón guitarrero" -que le supo dar el toque distintivo a Los Fronterizos- intenta desandar, como en un anticipado réquiem, el largo camino que lo tuvo a César Isella siempre un poco más allá del excelente intérprete que fue. Desde aquella infantil aventura en el Hollywod Park por el interior de su Salta natal, hasta su distanciamiento de unos mundialmente consagrados "Fronte", como le gustaba nombrar a sus compañeros, y también de la obligada ausencia de los escenarios en los tormentosos años de la dictadura, él no supo de claudicaciones. Agitó siempre el compromiso afina do de su guitarra.

Qué decir de la música de "Canción con todos", o de "Canción de las simples cosas", paridas en la pluma de Armando Tejada Gómez. Juntos se matuvieron firmes en los carriles del "Manifiesto del Nuevo Cancionero". Y también con la poesía de José Pedroni, musicalizada con la misma convicción de unidad latinoamericana que ya había logrado en poemas de Pablo Neruda, Nicolás Guillén y César Vallejo. No era fácil, si sumar en esos afiebrados días era la consigna.

Recuerdo cuando César Isella se plantó en medio del escenario del último Festival Latinoamericano -en el Balneario Xamena- para cantar primero "Estoy de vuelta", de los salteños César Perdiguero y Fernando Portal, para luego concluir con la soberbia canción de Pablo Milanés "La vida no vale nada". En esa magistral presentación quedó claro que en su retorno seguía sumando, una vez más, su inclaudicable partitura musical con basamento social y político. Esta vez lo hacía acompañado de una guitarra y un bajo eléctricos, y él, con una Ovation en el medio del escenario, se presentaba imperturbable ante la popular, algo impensado para los cultores del folclore festivalero que se habían dado cita esa noche, y que no eran pocos pero sabían bien esa sentencia que dice: "para el César..., lo que es del César".

En la última presentación en esta, su cuna musical, la cepa de salteño se mostró en toda su intensidad cuando le hizo un homenaje a otro coterráneo, pequeño de edad (11 años) pero gigante de corazón, Darío Calpanchay -un singular intérprete de zikus- que bajó de San Antonio de los Cobres para tocar con él en el Teatro Provincial. "Cuando me llamó para invitarme al concierto sentí que volaba de felicidad", contó el homenajeado; "como repartido en el aire", al decir de Lima Quintana.

"Menos mal que mi familia es numerosa, si no hubiéramos sido pocos aquí", entre sonrisas cómplices del escaso público de esa noche, Isella intentaba una justificación a la indiferencia de muchos salteños con sus artistas. Pero, ¿qué importaba la cantidad?, si él no había defraudado a aquel Corazón guitarrero. Además ya tenía tatuada, y para siem pre, "toda la piel de América en su piel ".

 

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