Amores y mudanzas  en “coches  de plaza”

Según se sabe, los primeros “coches de plaza”, “cupés” o “victorias” llegaron al país cuando aún gobernaba don Juan Manuel de Rosas, al filo de 1850. Por entonces ya eran bastante conocidos en París, Viena, Berlín y Londres.
Según historiadores, estos vehículos fueron bautizados en Buenos Aires como “coches de plaza”, porque sus paradas estaban en Plaza de Mayo o Constitución. En realidad, en las ciudades europeas también estacionaban en plazas y paseos, y en Francia se los conocía como “voitures de la place”.
El hecho es que en Salta, según fotografías, a fines del siglo XIX ya había numerosos coches de plaza que trajinaban por los empedrados de nuestra ciudad. Y su número aumentó considerablemente luego de 1890 con el ferrocarril, logrando su apogeo entre los años 30 y 40, luego de competir rueda a rueda con los tranvías.
Pero se podría afirmar que la decadencia de los coches de plaza en nuestra ciudad se inició a fines de los años 40, cuando el auto de alquiler y los colectivos comenzaron a desplazarlo del radio urbano. La agonía duró unos veinte años, hasta que una ordenanza municipal erradicó definitivamente del radio urbano la circulación a sangre, o como decían algunos malhablados, la “carburación a bosta”.
Pero aunque coches de plaza y cocheros (aurigas) se fueron, nos dejaron anécdotas e historias de todo tipo. Las hay románticas, tragicómicas, estudiantinas, carnestolendas y algunas lamentables, como cuando eran víctimas de accidentes, engaños, robos, a veces con resultados fatales. 
Pero los aurigas salteños, agremiados en el Sindicato de Cocheros, con sede en la esquina del canal de la Esteco y San Martín, eran casi en su totalidad hombres de trabajo y honrados, aunque de vez en cuando volcaban como cualquier cristiano. Y algunos de esos “vuelcos” llegaron a nuestras manos gracias a los partes policiales que se enviaban a las redacciones de los diarios. Pero también hay otras -y de eso nos vamos a ocupar hoy- ignoradas por la Policía, pero que fueron protagonizadas por los usuarios de esos años. 

 Al “Garczoonniére”

Esta historia fue protagonizada por un joven matrimonio perteneciente a una conocida familia salteña de los años 50. Ya concluía la década de 1950 cuando aquí en Salta se inauguró el más moderno hotel por hora o “casa de citas” del norte argentino, según decires de la época. Se lo había erigido en los suburbios del sureste de la ciudad, donde las calles ya se confundían con el campo. Y aunque era apartado y discreto, contaba con todos los adelantos constructivos de la época. Por lejos, fue el más moderno de aquellos años y, como si eso fuese poco, en su ingreso tenía un portón que se accionaba automáticamente no bien un automóvil pisaba una plancha de acero. Era una verdadera maravilla del machinatismo lugareño que hasta entonces se desconocía en Salta y que, además, tenía la ventaja de proteger la intimidad de los querendones, que nunca escasearon por estos valles.

A Juan Carlos Dávalos todos los días lo buscaba en su casa un cochero para llevarlo al Club 20 de Febrero. Y al mediodía hacía lo mismo pero a la inversa. Una mañana Juan Carlos olvidó su sombrero en el coche y al mediodía, cuando el auriga lo buscó, se lo devolvió mientras le decía: “Don Dávalos, habíamos sabido tener la misma cabeza...”, a lo     que el poeta respondió:     “¡¡Por fuera carajo!!”.


El hecho es que la habilitación del moderno establecimiento del amor medido causó una gran sensación. Todo el mundo quería conocer “El portero eléctrico” de la casa de cita con mote francés. Y así fue que un conocido empresario salteño y su esposa, cuyos nombres no vamos a develar aquí -aunque sí podría ser en otro lugar-, resolvieron darse el gusto y conocer el tan renombrado lugar donde a sus anchas reinaba don Eros. Y como el automóvil del curioso matrimonio era por de más conocido -un lujoso sedan de los años 40- tomaron la decisión de despistar a chismosos y mirones contratando en el parque San Martín los servicios de un cochero. 
Y así fue que en la “esquina del perro” (San Martín y Catamarca) tomaron un coche de plaza. No bien se acomodaron pidieron al auriga que desenrollara el “reservado”, es decir el lienzo impermeable que arrollado iba adosado a la capota del vehículo. Su misión práctica era proteger a los pasajeros de la lluvia y también de los mirones, según sea. A este protector el cochero lo desplegaba solo en tres ocasiones: a pedido del pasajero, por lluvia, y cuando llevaba dolientes en un cortejo fúnebre. Y como en esta ocasión ni llovía ni iban tras de un finado, el conductor bajó la tela y sin más trámites rumbeó para la “casa de citas” más cercana. Pero a poco debió corregir su rumbo a pedido del atento esposo, que por un costado del “reservado” iba espiando el camino.
Luego de un largo traquetear por calles de tierra -los cuatro caballos, cochero y esposos- llegaron a destino. Siguiendo las instrucciones del marido, el auriga introdujo su coche por el estrecho pasadizo del “portero eléctrico”, y ahí se detuvo. Luego recibió una segunda instrucción: “Haga que el burro ese pise la chapa, si no no se va abrir el portón...”. Pero el caballo por más guascazos que recibía por nada quería pisar la brillante plancha metálica que permitiría al carruaje ingresar triunfante al moderno palacio del amor. Luego de cuatro o cinco intentos fallidos, la frágil intimidad del viaje se hizo trizas cuando el enfurecido marido perdió los estribos y desde el pescante comenzó a los gritos pidiendo que los de adentro le abran el maldito “portón eléctrico”. Y cuando por fin el portón se abrió y pudieron ingresar, la desafortunada pareja debió apearse en la “playa de maniobras” del afrancesado rincón, justo cuando el equino, ya en posición de descanso, decidió descargar sus pestilentes aguas mayores. Pasaron años y el empresario nunca olvidó ese histórico viaje con mujer propia, especialmente cundo compartía un café en la “city”.

 Con la Singer a cuestas

Antes era muy mal visto que un pasajero viaje en el pescante de un coche junto a su conductor. Y, como es de imaginar, mucho más reprobable era si se trataba de una mujer. Eso era parte del código no escrito que los aurigas cumplían a rajatabla, costumbre que luego heredaron los choferes de los autos de alquiler (más tarde taxis) hasta bien entrados los     años 60.
Sin embargo había excepciones: cuando una empleada doméstica “cama adentro”, se mudaba de casa. Sin dudas, el coche de plaza era el vehículo más indicado para una mudanza ligera: un elástico de cama, un atado de ropa o en el mejor de los casos una valija. Y cuando ello ocurría la dueña de esos bienes debía forzosamente viajar, por falta de espacio, sentada al lado del cochero. Por ordenanza, el viaje de mudanza solo estaba permitido los sábados y domingos por la tarde. Y había una razón: el coche solo podía acarrear el elástico de la cama en forma transversal, posición que impedía que alguien pudiera ocupar el asiento posterior. Y también se podía hacer cuando los bártulos de los pasajeros de trenes o colectivos eran tantos que impedían ocupar el asiento del pasajero. Y fue esto lo que les ocurrió a unas bellas y distinguidas damas de Cafayate.

 Damas cafayateñas

Resulta que una vez, allá por los años 40, dos hermanas de una tradicional familia cafayateña debían traer a Salta su máquina de coser Singer para hacerla arreglar. Y así fue que un día partieron de la “capital del vino” con la pesada máquina rumbo a Alemanía a bordo de la Mensajería. Ya en la germánica estación trasbordaron la Singer y sus valijas al furgón del coche motor que las trasladaría a Salta.
Como a las 8.30 llegaron a la estación de trenes de nuestra ciudad, Un changarín bajó la pesada máquina, pero le fue imposible encontrar un auto de alquiler cuyo chofer quisiera llevar semejante armatoste en el portaequipaje. Después de rogar a uno y otro, a las hermanas no les quedó otra cosa que contratar un cochero para que se ocupara del traslado y, además, las llevara a ellas, pues por nada del mundo se querían separar de la valiosa Singer. Y así, luego de una breve conversación dieron con un cochero dispuesto a realizar el traslado. El hombre, luego de acomodar la Singer y las valijas en su coche, muy educadamente se dirigió a las distinguidas damas: “Señoras, van a tener que viajar conmigo en el pescante, ya que atrás ya no hay más espacio”.
Las cafayateñas, vestidas de punta en blanco y con finas capelinas, casi se desmayan. Se ruborizaron de pies a cabeza, pues no entendían cómo se les había pasado por alto semejante detalle. Pero a poco, la Singer pudo más que el pudor y una de ellas dijo: “Gertrudis subí primero... qué le vamos hacer”.
Y se acomodaron nomas a la par del señor del látigo y así, los tres tripulantes de aquel “degüello” bajaron por Mitre rumbo al corazón de la ciudad. Arriba, en lo más alto del pescante, iban dos beldades vallistas monopolizando la atención de los transeúntes, que no podían creer lo que veían: hermosas y elegantes damas junto al cochero. En el seno de la tradicional familia cafayateña aún se recuerda esta risueña historia de la Singer y el cochero. 

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