Días de intolerancia

El 16 de junio de 1955 la rabia se apoderó de un sector de la Argentina y terminó en un acto criminal que no tiene parangón en la historia. Aviones pintados con la expresión "Cristo Vence" intentaron matar al entonces presidente Juan Domingo Perón. Terminaron con la vida de 300 argentinos. Hoy la intolerancia vuelve a crecer peligrosamente.

Los conflictos se desatan porque mucho antes se pierden el diálogo y la capacidad de hallar coincidencias. Ocurren cuando alguna de las partes cae en la intransigencia absoluta y es ganada por el autoritarismo o, peor aún, porque su plan es provocar ese conflicto.

El 16 de junio de 1955 explotó una situación que venía contenida desde tiempo atrás. El peronismo había provocado con sus reformas sociales la reacción de la clase históricamente dominante: la oligarquía quería volver al status quo tradicional y la molestia para eso era Juan Domingo Perón.

El régimen peronista para entonces ya estaba muy desgastado. La muerte de Eva Perón había dejado al gobierno sin la mística y Perón había caído en las tentaciones del autoritarismo. En aquella Argentina nadie quería dialogar sino exterminar "al otro".

Al cobarde y delirante bombardeo sobre Plaza de Mayo, Perón respondió desde los balcones de la Casa de Gobierno el 28 de agosto de ese año: "Sepa todo peronista (...) que puede matar a cualquiera que conspire contra las autoridades legítimamente constituidas" y agregaba: "Por cada uno de nosotros que caiga ­Caerán cinco de ellos!". Fue la famosa consigna "5x1" que en los setenta los Montoneros pintaron en la Casa Rosada el día que asumió Héctor Cámpora.

Otro 16 de junio, pero de 2021, los homenajes por el Bicentenario de la Muerte del General Martín Miguel de Güemes se vieron opacados por las restricciones sanitarias que impone la pandemia... y por los enfrentamientos.

Llegaba Alberto Fernández, el presidente de la Nación, para homenajear al Padre de la Patria salteño, era un magno evento para los locales.

Sin embargo, las redes sociales se cargaron de virulencia política, llamando al rechazo, al escrache, al linchamiento mediático y verbal. El repudio al presidente fue más intenso que el sentimiento güemesiano. Faltaron diálogo y pedagogía de parte de la dirigencia política. En todo este tiempo en Salta no hubo interlocutores válidos que se sentaran a parlamentar con los distintos sectores. Lo muestra el reciente enfrentamiento que hubo con el gauchaje. Pareciera que el Gobierno no tiene a nadie capacitado para llevar la paz a ese sector de la sociedad.

Lo mismo ocurre en otros campos, pero particularmente el político donde no se coincide con la oposición, simplemente porque esta no existe. Y eso es lo más peligroso que le puede ocurrir a un gobierno.

Pasa también con el gobierno nacional, que no dialoga sino que impone. La historia nacional y universal demuestra que la subestimación de la capacidad de tolerancia del pueblo es una granada con espoleta de retardo. Se activa y en cualquier momento detona. La investidura presidencial debe ser respetada, por el que la lleva y por la ciudadanía.

En este país hemos perdido el respeto por la investidura y las instituciones. Al hacerlo hemos perdido también el respeto por la esencia misma de la democracia, que es la tolerancia.

Que no sean estos episodios la antesala de violencias fatídicas.

 

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