Güemes, recuerdos de infancia

No se trata de mis recuerdos, de cuando cada 16 de junio, después de cenar, llegábamos al monumento al pie del cerro San Bernardo, ateridos y ansiosos, para acompañar a los gauchos en su rito anual de velar al general. La oscuridad, el frío, el resplandor de las hogueras y la magia del momento impedían que nosotros, niños aún, distinguiésemos con nitidez entre los gauchos que conversaban en voz baja junto a los fogones y los antiguos guerreros que admirábamos en el relato de la maestra y que mis tías-abuelas condimentaban con anécdotas de antaño.

Pero no hablaré de mis recuerdos sino de los de Juana Manuela Gorriti, de las vivencias que marcaron su infancia, que la niña guardó en su memoria sobre hechos vinculados al "deslumbrante general" y que luego la escritora convierte en materia viva de sus relatos. Como testigo privilegiada por la proximidad de ambas familias, Juana Manuela tuvo mucho para recordar sobre la vida y las acciones del héroe.

Ella pertenecía a una familia de políticos y guerreros que acompañaron a Martín Güemes en su gesta de la Independencia. Su padre, José Ignacio Gorriti, llegó a ser gobernador de Salta, pero antes, en varias ocasiones había quedado a cargo del gobierno cuando el general partía a sus campañas militares. Su tío, el canónigo Juan Ignacio Gorriti, de destacada trayectoria política, bendijo en Jujuy la bandera de Belgrano. Su otro tío, José Francisco, el mítico "Pachi Gorriti", fue la primera lanza del ejército.

Los vínculos también incluían a la familia de Carmen Puch, esposa de Güemes y madre de sus hijos, y a sus hermanos: Dionisio Puch, que años más tarde gobernaría la provincia, y Manuel Puch, combatiente en las milicias y esposo de Juana María, hermana de la escritora.

A los lazos políticos y afectivos se suma la vecindad de las propiedades rurales de ambas familias en "la Frontera" al sur de Salta, donde Güemes instaló su campamento, próximo a "Horcones, hogar paterno...", la finca que la escritora añorará como el paraíso perdido de su infancia.

De sus experiencias infantiles y memorias familiares, Juana Manuela selecciona tres momentos intensos vinculados al héroe y los convierte en literatura, asistida por sus dotes para relacionar historia, memoria, testimonios y fantasía. El primero narra el deslumbramiento de la niña de tres años ante el general que llega al galope a su casa de Horcones; el segundo, la muerte de Güemes, seguida de la de Carmen Puch, su esposa; el tercero, el traslado de los restos del héroe, desde su improvisada, sepultura a la Cate dral de Salta.

Estas situaciones aparecen enmarcadas en un ambiente de intimidad familiar, en escenarios de las propiedades familiares de Horcones y Miraflores (esta última, donde se refugia la familia cuando las luchas recrudecen) y en la reducida ciudad de provincia. La narración fluctúa, de la mirada de la niña a la voz de la adulta, dando un aire de verosimilitud histórica y de testimonio cierto a lo narrado, aunque atinadamente, la escritora introduce la fantasía, la leyenda, la hipérbole, y otros recursos propios de su estilo literario, como la naturalidad y soltura de su prosa.

En el primer recuerdo, con gracia y simpatía, la autora cede la visión a la niña de tres años que espía entre los yuyos al recién llegado de vistoso uniforme. Cuando el desconocido la descubre, detiene su caballo, desmonta, la toma en brazos y dice a su acompañante "... mire usted la linda flor que me he encontrado en la maleza..." Cierto o no, así nace el epíteto atribuido a Güemes, "la flor de la maleza", varias veces citado, y en el que la escritora se reconoce. El llanto de la niña, que llega a su casa en brazos del general, da pie a la inclusión de la leyenda, cuando una tía afecta a predicciones lo interpreta como anuncio de la muerte, lo que finalmente se cumple con la muerte próxima del joven general.

Otro episodio realza la talla moral del protagonista en un hecho comprobado por los historiadores: Güemes recibe una embajada del virrey De la Serna que, en nombre del rey, le ofrece dinero y títulos nobiliarios a cambio de abandonar la causa que defiende; él los rechaza con desdén y aprovecha para dar una lección al oficial que encabezaba la embajada, a quien, durante las contiendas, le había salvado la vida.

En los otros recuerdos, la escritora se centra en el último tramo de la guerra de guerrillas, la muerte del héroe víctima de una emboscada, seguida tiempo después por la de su esposa, que se deja morir al no poder sobreponerse a la pérdida del marido.

Con recursos literarios ya ejercitados en otras ocasiones, narra la muerte del héroe en un ambiente de total intimidad: en la alcoba de sus padres, ella misma, niña en su cuna, escucha los detalles de la tragedia, que su padre, en una fugaz visita nocturna, transmite en confidencia a su esposa sin poder contener las lágrimas, antes de volver a partir de inmediato para el frente de lucha.

La escritora adulta insiste en privilegiar la perspectiva infantil para situar sus recuerdos. Así, otro episodio es ambientado en la casa de Miraflores, donde Feliciana Zubiría, madre de Juana Manuela, y Carmen Puch, se habían trasladado con sus niños para seguridad de ambas familias. En él se narra con detalles el colapso de Carmen al enterarse de la muerte de su esposo, mantenida en secreto, hasta que la niña, en un desliz, revela la confidencia oída desde su cuna. Con tono dramático, acorde al tema y al estilo romántico, la escritora describe el des mayo de dolor de la joven viuda al en terarse de la noticia.

Describe el corte de su cabellera, el luto riguroso, los esfuerzos inútiles de padre y hermanos para ayudarla a superar el drama, los meses de encierro y la inanición que terminan con su vi da.

 El último recuerdo, que completa el tríptico del héroe, le sirve para situar a su padre, José Ignacio Gorriti, en el lugar preeminente que la historia le concede junto a Güemes. Señala un lapso de dos años luego de los hechos ante-narrados, y cuenta que su padre, por entonces capitán general de la Provincia, cumple con “un deber caro a su alma” al trasladar los restos del héroe que, en plena contienda, había sido enterrado en Chamical, a cinco leguas de la ciudad de Salta.

Juana Manuela describe, desde su mirada de niña, el cortejo que avanza por las calles, con tanta precisión de detalles que es casi una escena cinematográfica. Su padre y el coronel Vidt (a los que Güemes, en su agonía, les había encargado continuar la lucha), ambos de riguroso luto, encabezan el cortejo, llevando con una mano las cintas del ataúd, y con la otra a los niños Martín y Luis, hijos del difunto. Le siguen dos corceles con arneses de duelo, uno es el mítico negro, sillonero del general, y detrás una multitud en silencio, que da el último adiós a su jefe tan querido. El fúnebre cortejo, enmarcado por las campanas que tocan a duelo, avanza hacia la Catedral, donde los restos tendrán digna sepultura.

La autora concluye la solemne escena con una profecía que hoy se cumple: afirma que las futuras generaciones perpetuarán la gloria del héroe porque “... la verdadera grandeza es de ese hombre cuya tumba está en los corazones de una nación entera y cuya memoria es un culto”

Al conmemorar el bicentenario de la muerte de Martín Güemes, es necesario honrarlo siguiendo el ejemplo de integridad, honradez, justicia, verdad, defensa de las libertades y entrega a una causa común que nos dejó con su corta e intensa vida.

* Los textos comentados pertenecen a Sueños y realidades y El mundo de los recuerdos, volúmenes I y IV de las Obras Completas de Juana Manuela Gorriti, publicadas por EUDEBA en colaboración con el Fondo Editorial de la Provincia y el patrocinio de la Fundación Dr. Atilio Cornejo 

* Leonor Fleming es autora de “Una vida de novela”, ensayo biográfico sobre J. M. Gorriti publicado por EUDEBA.

 

 

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