Mariano Tolaba: Adiós al niño de Amblayo que soñó y construyó un imperio agropecuario

Cuesta conjugar en pasado la vida de Mariano Tolaba. Tenía 84 años cuando lo sorprendió la muerte por la espalda este lunes 19; sin embargo, su aspecto juvenil, la agilidad con la que cada día se levantaba al alba a recorrer los corrales y los galpones de su establecimiento agropecuario en finca San Martín, en Rosario de Lerma, su buen humor, el remate sabio en la punta de la lengua siempre y su fe en el futuro lo hacían parecer una persona eterna. Por eso no fue en vano el desconsuelo de los trabajadores de su pródiga empresa, donde él era el más ejemplar de los trabajadores y el más justo de los patrones. Es que para don Mariano ninguna tarea rural tenía secretos. Fue un niño jornalero, luego peón, tractorista, capataz, arrendero y propietario. Su curiosidad arrolladora, su pasión por la vida, su honestidad sin paréntesis y su fe en el poder del esfuerzo lo convirtieron en amigo de quienes fueron sus patrones y luego sus socios. 
Una vida que necesita ser contada para inspirar y recuperar tantos valores perdidos. 
Mariano Tolaba nació el 2 de junio de 1937 en la localidad calchaquí de Amblayo. Mariano tenía dos años cuando su mamá, Rita Tolaba, viajó a Campo Santo, en Güemes, para trabajar en la cosecha de limones. Cuando Rita formó pareja, Mariano se quedó en Campo Santo con su tía Anita. En una época donde los niños pobres trabajaban en el campo y estudiar era “perder el tiempo”, Mariano hizo la primaria porque la Policía lo fue a buscar a la casa de su tía. 
Tenía 11 años cuando su tía enfermó y le tocó armar el bolso para vivir un tiempo en la ciudad de Salta con su tío Leoncio. Esa fue, sin dudas, la época más feliz de su niñez: cursó sexto grado en la escuela Alberdi y, ya de adulto, con la sonrisa inundándole la cara, solía recordar que “no tenía que acarrear agua ni salir a buscar leña ni prender el fuego”. Incluso guardaba como un tesoro las libretas de la primaria en la escuela Alberdi. Pero eso duró poco. Volvió a Campo Santo a seguir trabajando medio día y otro medio día iba a la escuela, hasta que terminó la primaria. 
Una maestra vió su tremendo potencial y le consiguió una beca para estudiar la secundaria en el Colegio Salesiano de Salta. Mariano estaba feliz pero no pudo aprovechar esa oportunidad porque no le alcanzaba el dinero para comprarse el uniforme, los zapatos, las sábanas y todo lo que significaba acogerse a la beca. En su corazón siempre se reprochó no haberle pedido ayuda a don Adolfo Barrantes, su patrón de entonces y a quién quería como a un padre, para cumplir ese sueño. 

Ahí se quedó hasta los 16 años, cuando entró a trabajar en el Ingenio San Isidro como muestrero, tal como se le decía a quién llevaba las probetas con azúcar al laboratorio. Cuando alguien faltaba, él le cubría el turno. Trabajar y ganar dinero con honra eran su prioridad. Curioso nato, quería aprender de todo, y lo hacía con alegría. El buen humor atravesaba todas sus relaciones. Un optimista inquieto que generaba progreso y que nunca se sintió acobardado por la pobreza. 
Tras su experiencia azucarera volvió al campo de Barrantes como capataz a cultivar tabaco. A los 20 años ingresó al servicio militar, aunque podía quedar exento porque en esa época Mariano mantenía a su mamá y a sus hermanitos. Sin embargo, no quiso librarse de esa experiencia. La curiosidad, otra vez, lo llevó por caminos que se hicieron anécdotas. Por ejemplo, siempre contaba que ahí conoció a Jorge Cafrune, cumpliendo el servicio militar, y que todo lo amenizaba con canciones y acordes de guitarra.
Tras esa etapa volvió a trabajar en la finca de Barrantes, esta vez en Río Piedras. Contaba que en la mudanza con su mamá y sus hermanitos se le perdió el perro en el camino, y así, charlar con don Mariano siempre era una fiesta. 
Barrantes compró un campo en El Carril y por supuesto se lo llevó a Mariano, su hombre de confianza.
Tenía 30 años ya cuando llegó a Rosario de Lerma a trabajar en la finca San Martín con Jorge Álvarez. Pronto se asociaron Mariano y el hijo de don Álvarez, José “el Uniquito”, y comenzaron a arrendar parcelas para cultivar tabaco. Vivía en una casita de la finca con su mamá y sus hermanos Beny, Roberto y Silvia. 
En su gira por los campos del Valle de Lerma trabajó en sociedad con Jorge Flores, en Chicoana. Ya había comprado su primera casa en Rosario de Lerma. Luego arrendó en Chicoana la finca de María Jesús Petanaz de Ramé en el 77.
En el 78 conoció a quién sería su esposa, Elena Fernández, con quien se casó en septiembre del 80. Tuvieron cuatro hijos: Claudia, Mariano, Adolfo y María Elena. Vivían todos en la finca Santa Isabel, en Chicoana, mientras Mariano crecía arrendando otros campos, como la finca La Calavera de la familia Lanusse, la cual siguen arrendado sus hijos ahora.
Por esos días Mariano regresa a la finca San Martín en Rosario de Lerma para cultivar el maíz perla en sociedad con Álvarez. Al poco tiempo esa finca entró en juicio sucesorio y era tal el aprecio de la familia por don Mariano que comenzaron a venderle la finca por parcelas.
En el 2000 se trasladan a vivir en la finca San Martín, época en la que Mariano Tolaba llegó a ser uno de los más grandes productores de tabaco con el cultivo de 180 hectáreas entre Rosario y Chicoana.
Las primeras experiencias ganaderas la hizo en 2005 en sociedad con su amigo, el productor Daniel Robles.
En 2009 se incorpora al trabajo de la empresa familiar su hijo Marianito, y es quien impulsa el desarrollo ganadero a gran escala, con la capacidad heredada de su padre y el ímpetu de su juventud inquieta. 
Este lunes 19, la muerte lo sorprendió a don Mariano con  ganas de seguir ganándole la pulseada al tiempo. Ya se lo extraña. Que descanse en paz. 
 

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