La democracia se está deteriorando en América Latina y en muchos países se encuentra amenazada, no tanto por asonadas militares, sino, en la mayoría de los casos, por el quebranto del sistema proviene de presidentes elegidos democráticamente pero que paulatinamente van desarticulando los organismos de control.

Las dictaduras revestidas con ropaje progresista se fueron consolidando en el poder muy rápidamente. Hugo Chávez, seguido de Nicolás Maduro en Venezuela, los Ortega en Nicaragua, entre otros, arraigándose una nueva hegemonía de corte totalitario, sin libertades individuales ni justicia independiente ni libertad de prensa, despejando así el camino a la corrupción, elecciones fraudulentas, opositores presos o exiliados.

 

Opresión del pueblo

Cuba, por su parte, es un ejemplo ya clásico de sometimiento del pueblo logrado a base de desinformación, represión, adoctrinamiento, empobrecimiento material y espiritual.

A la destrucción económica y social se unió la asfixia de las instituciones civiles, la intervención de los poderes públicos por parte del poder ejecutivo (convertido en poder absoluto).

La jerarquía gobernante de la autocracia castrista se aferra al privilegio, las diferencias sociales son evidentes e injustas. Los ciudadanos deben hacer largas filas para recibir comida, medicamentos, ropa, y la instauración de centros comerciales que funcionan en divisa extranjera para el turismo y los elegidos del régimen. En Cuba el comercio exterior es monopolizado por el Estado, cuyos funcionarios se apropian de los recursos para sojuzgar a la población, lo que hace ostensible la situación de una sociedad excluida de participación que ahora la requiere.

El castrismo, el más terrible y poderoso imperio del siglo XXI en las Américas, ha sido sacudido en fecha reciente por un estallido social que se ha valido de algo que es novedoso a la vida política en general en el mundo, esto es la articulación, no por liderazgos individuales ni por partidos ni organizaciones, sino por el accionar conjunto del pueblo usando medios informáticos con una alarmante velocidad de movilización.

Hartazgo prolongado

El detonante de las protestas se vincula con la difícil situación que atraviesa la isla caribeña frente a la pandemia de coronavirus que dejó al descubierto la decadencia del sistema de salud pública y la consecuente caída del turismo internacional hacia la isla, uno de los principales motores de la economía local; también con la escasez de alimentos y medicamentos, que se ha incrementado en los últimos meses, como consecuencia de la destrucción del sistema productivo. Sin embargo, resulta imposible desconocer que la raíz de estos levantamientos está ligada a un prolongado hartazgo de buena parte del pueblo cubano con un régimen que conculca las libertades individuales, persigue al que piensa diferente y viola los derechos humanos.

El inesperado estallido exhibió el resurgimiento de un activismo joven y plural que se nucleó en torno a manifestaciones mayoritariamente pacíficas, espontáneas en una treintena de pueblos y ciudades al grito de ­Abajo la dictadura!

Debería ser claro por qué América Latina ha sido y sigue siendo un reducto privilegiado del populismo. Algunas cosas son comunes: hay un líder y su pueblo; el pluralismo de la democracia liberal estorba; el ejecutivo es autoritario; la alternancia en el poder es indeseable y se está en campaña permanente. En ese contexto de malestar es comprensible que grandes sectores de la población pierdan la confianza hacia los partidos que la representan y entreguen sus expectativas a demagogos que canalizan las frustraciones colectivas hacia expectativas ilusorias, entretejiendo redes clientelares, nuevas formas de nepotismo e impunidad hacia los seguidores más acatados y confiables.

El populismo conduce a un atajo hacia ningún lado, en una dirección que hasta ahora nunca ha conducido a salir del atraso. Las acciones de los líderes que dicen mentiras rebuscadas, que politizan sus tribunales, restringiendo los medios de comunicación y reprimen a la oposición, suelen estar movidas por una lógica bien fundada: la ausencia de equilibrios y controles democráticos hace que a los políticos que ocupan el poder les resulte más fácil cometer actos de corrupción con total impunidad. La obscenidad de la corrupción en el continente americano que se viene destapando en estos años empuja a la sociedad a buscar el cambio. Este estado de situación social e institucional presagia una crisis revolucionaria y se está dando el ambiente propicio para la caída de regímenes que han perdido legitimidad.

Efecto contagio

La Argentina se encuentra con un proceso electoral inminente y decisivo para el futuro de la república, cuyos principios hoy se encuentran comprometidos. Ya se ha destruido la moneda, desalentado el ahorro, condenado el mérito, ahuyentado la inversión, consentido usurpaciones, favorecido la inseguridad, incrementando impuestos y creando otros contra los que trabajan y producen, adoptando ideas de regímenes totalitarios, como expropiar, confiscar, estatizar, prohibir, confinar. Importantes empresas del país se han mudado al exterior buscando otros horizontes. Lo mismo ocurre con numerosos jóvenes que han perdido la esperanza de un mejor porvenir.

En el escenario en el que se va a desarrollar las elecciones tenemos, por un lado, la Cámara de Diputados de la Nación que se renueva por mitades (127 bancas), y en la que ningún espacio político tiene quórum ni mayoría propia, lo que no ocurre en el Senado, que se renueva por tercios (24 escaños), en donde el oficialismo cuenta con ambos.
De lograr esta fuerza la mayoría absoluta, o de alcanzar los dos tercios, merced a los votos de los “falsos opositores” que se exhiben como independientes o fagocitados por gobiernos provinciales o de los legisladores borocotizados, sería en extremo arriesgado para la república democrática, ya que daría cauce a la concentración de un poder excesivo en el Ejecutivo, que actuaría a modo de valla para impedir que el Poder Legislativo cumpla con el rol de contralor sobre las decisiones del primer mandatario. Ello, unido a situaciones en las que la Justicia va claudicado ante las necesidades del poder político, tendría como consecuencia el desajuste del sistema de frenos y contrapesos, y con ello la suma del poder público, convirtiéndose en un coctel explosivo que es el que ha venido abonando el camino para la instauración de las dictaduras.
Las próximas elecciones legislativas son transcendentales para impedir que en nuestro país se instaure un régimen autocrático, por lo que resulta imprescindible equilibrar el poder fortaleciendo la oposición, si así no ocurriera, está latente el riesgo que el descontento de una sociedad, que se muestra aún vital y de pie, haga frente a estos desajustes institucionales bajo el efecto contagio de la súbita e inesperada protesta cubana.
No podemos pasar por alto otro acontecimiento relevante, estamos a escasos días de la elección de convencionales constituyentes a cuyo cargo estará la reforma de la Constitución de Salta, lo que también resulta crucial para que nuestra provincia recupere su calidad institucional, siendo indispensable a ese fin que los ciudadanos asuman el compromiso de tomar conocimiento del contenido de las propuestas que postulan las distintas fuerzas políticas, aún estamos a tiempo para decidir sobre nuestro futuro, el de nuestros hijos y de nuestro entorno, no eludamos tan eminente responsabilidad.

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