VIDEO. Situación límite: La pobreza y las drogas están diezmando a la  juventud wichi

Los referentes o caciques de cinco comunidades wichis asentadas en la localidad de Coronel Juan Solá (Morillo), en el corazón del Chaco salteño, denunciaron la gravísima situación que atraviesa esa etnia de originarios en los últimos meses de la pandemia, cuando la juventud (niños y adolescentes superados por la pobreza extrema y las adicciones al alcohol y las drogas) comenzó a incinerarse en las esquinas del pueblo, en las calles y en los montes de las fincas privadas. Viven arrinconados en pequeñas comunidades donde -según uno de los referentes- "nos están exterminando con las drogas, el hambre y la pobreza", sin precedentes en los últimos años.

Reynaldo "Oso" Ferreyra, en nombre de todos los caciques, alzó la voz para intentar dialogar de alguna forma transversal con los gobiernos provincial y nacional, dada la emergencia sanitaria por la que atraviesan, la desnutrición, el hambre y las drogas, que en ese lugar del Chaco salteño la consumen niños desde los siete u ocho años y preadolescentes, adictos ya a la inhalación de nafta, alcohol y pasta base.

 

Ferreyra y sus hermanos wichis mostraron la cruda tragedia de su pueblo, mostró las viviendas que sucesivos gobiernos les entregaron como "casa", una pieza cuatro por cuatro sin piso ni columnas, todas colapsadas y en ruinas; también mostró una obra de cloacas que se encuentra taponada de arena hace años, ya que las comunidades viven prácticamente en chozas de plástico y "cabra yuyo", sin baños.

  Precarias viviendas.  Javier Corbalán

Las mujeres wichi -casi siempre huyendo de las cámaras- esta vez enfrentaron el desafío de quejarse, de alzar su voz sumisa por las decenas de quemados por el alcohol y las drogas, por los hijos fallecidos, incinerados en las calles de Morillo, o muriéndose por quemaduras en los hospitales de la capital salteña o de Orán.

Las principales comunidades tienen vergonzosas construcciones realizadas por distintos gobiernos. Casas de una habitación sin columnas, sin pisos ni baños les fueron entregadas para que allí habiten hasta cinco familias. Las mujeres wichis trabajan para el municipio por solo 800 pesos semanales. Para los hombres el jornal diario municipal es de $300.
 

Muchas de estas mamás, de apenas 20 o 25 años, clamaron por salud, por atención humanitaria, por leche que sus hijos no conocen, por alimentos que puedan guardar, porque en esas comunidades las heladeras huelgan.

El dolor de estas madres -siempre silencioso y paciente- ayer se hizo grito silente de un pueblo que no tiene lágrimas ya. Sus hijos no tienen adónde ir, no entienden la vida rodeada de alambrados. Sin internet, sin conectividad, sin luz, sin vivienda, hacinados y hambrientos buscan huir de su destino con los vahos de los combustibles y las drogas. No funciona la escuela y no hay comedores; las mujeres cocinan en pequeñas ollas, que parecen jarros, para familias de veinte o más personas, sin monte para cazar, sin ríos para pescar.

Los originarios dijeron que ya no pueden escuchar promesas, que necesitan ingresar al siglo XXI con educación, con colegios y soñar con universidades. Dijeron que la única forma con la que resistieron su extermio era procreando, conservando su lengua y su cultura, pero que hoy, los mayores ven que lo que antes se hacía con balas, hoy lo hacen con el hambre y las drogas.

El clamor y el dolor irreparable de las madres wichi de Morillo necesita ser escuchado.

   Las manos llenas de las drogas que les acercan a la juventud wichi. Javier Corbalán  

Ayer las balas, hoy las drogas

Reynaldo Oso Ferreyra, acompañado por otros caciques de comunidades colindantes al pueblo de Coronel Juan Solá (Morillo), dijo que lo que está sucediendo se puede definir como la fase final del exterminio de su pueblo.
“Nos han abandonado. Construyen obras sin consultarnos. Hoy tenemos la red de cloacas nunca habilitada porque se taponó de arena. Lo peor, no hay baños ni red de agua. Cobraron millones y ahí están los pozos colmatados. Estamos sin trabajo, sin educación, viviendo en chozas. Los chicos en la escuela no tienen comedor, se alimentan sentados en el piso junto a los perros. Nos llegan tres de los cuatro envíos de mercadería, siempre uno se pierde y no traen leche. No hay salud ni medicamentos. La droga es el martirio de nuestros hijos que hoy prefieren suicidarse en las calles, en las esquinas y en los montes porque ya no quieren ni pueden luchar”.
 

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