Un siglo después, por primera vez desde la Segunda Guerra mundial, el partido más votado en Italia hunde sus raíces en el posfascismo y ha recuperado un lema que popularizó "Il Duce": "Dios, patria y familia". En apenas una década, Giorgia Meloni, la gran vencedora del domingo anterior, logró llevar a Hermanos de Italia desde la marginalidad al centro político e, inexorablemente, al palacio Chigi, sede del Ejecutivo.

¿Cómo sucedió?

Después de la Segunda Guerra Mundial, Alemania llevó a cabo un proceso de "desnazificacion" y un doloroso ajuste de cuentas con su pasado. En Italia, sin embargo, se decidió mirar para otro lado.

Por aquel entonces, el Partido Comunista italiano era el mayor de toda Europa occidental y los aliados, inmersos en la dinámica de la Guerra Fría, tenían un objetivo principal: que los comunistas no llegaran al poder. Así surgió en 1946 Movimiento Social Italiano (MSI), fundado por Giorgio Almirante, que había sido jefe de gabinete del último Ministerio de Propaganda del fascismo.

Giorgia Meloni no ha escondido nunca su admiración por Almirante.

Con la caída del bloque comunista surgieron nuevos partidos de derecha. Uno de ellos, Forza Italia, liderado por el multimillonario Silvio Berlusconi, incluyó en su coalición de gobierno en 1994 al MSI, liderado entonces por Gianfranco Fini. El posfascismo entró en el gobierno. El partido pasó a llamarse Alianza Nacional y una joven Giorgia Meloni, que con 15 años había militado en el MSI, se convirtió en la líder de sus juventudes.

Hermanos de Italia nace de ese caldo de cultivo. Hoy se encuentran con una disyuntiva: quieren presentar una imagen respetable, de moderación y modernidad, pero sin perder una parte del electorado que cree que una forma moderna del fascismo es aún válida y aceptable. Pero esas raíces están presentes en toda la simbología del partido.

Umberto Eco consideraba que el fascismo "no tenía esencia" y que Mussolini no había tenido una filosofía particular: "Solo tenía retórica". El fascismo, aseguró el célebre semiólogo, filósofo y escritor italiano, "era un totalitarismo confuso, un collage de distintas ideas políticas y filosóficas, una colmena de contradicciones".

No había una filosofía particular detrás del fascismo, pero "emocionalmente estaba firmemente fijado a ciertos cimientos arquetípicos", como el culto a la tradición, el miedo a la diferencia, el populismo selectivo o el machismo.

Hermanos de Italia conserva algunas de estas raíces culturales, como detalla a BBC Mundo la periodista italiana Annalisa Camilli: "Tienen un discurso fuerte contra la inmigración y contra los derechos de las mujeres, están en contra del aborto y quieren aumentar la tasa de natalidad en Italia, que es la más baja de Europa. En este sentido, son muy tradicionalistas, de ahí su lema, "Dios, patria, familia". Sin embargo, apunta Camilli, "se han emancipado de ese pasado. Ahora son un partido moderno de ultraderecha, más parecido a otros partidos como la Reagrupación Nacional de Marine Le Pen, Vox en España o el partido de Viktor Orbán en Hungría ".

Como tantos otros líderes ultraderechistas, desde Orbán al republicanismo de Donald Trump en EEUU, la ideología de Meloni arremete contra la "izquierda globalista", contra los supuestos "lobbies LGTBI", habla de cómo la "inmigración masiva" acabará sustituyendo a los italianos "de toda la vida", es decir, a los blancos y cristianos, en línea con la teoría del "gran reemplazo" del polemista francés Renaud Camus.

La base electoral se ha vuelto mucho más líquida. Y, si algo han demostrado los italianos en los últimos años, es que siempre votan por el cambio. Los sucesivos gobiernos han generado una desafección entre los ciudadanos y el populismo parece haber llegado para quedarse. Ese discurso de indignados contra la casta y contra las élites, contra los partidos tradicionales y la política clientelar de la que muchos italianos están hartos, ahora lo ha recogido Giorgia Meloni y Hermanos de Italia.

El auge de partidos de ultraderecha en toda Europa, como recientemente el de los Demócratas de Suecia, Vox en España, Ley y Justicia en Polonia o la Hungría de Orbán, de la que recientemente el Parlamento Europeo declaró que no se puede considerar una democracia plena, tienen una misma raíz: el aumento de la inmigración.

En Bruselas la preocupación es palpable.

Tanto Hermanos de Italia como La Liga, el partido de Matteo Salvini que forma parte de la coalición de ultraderecha, han llevado a cabo una fuerte retórica euroescéptica, aunque con diferencias.

En los últimos meses Meloni moderó su discurso. Ha recalcado que no quiere que Italia salga ni de la Unión Europea ni de organizaciones como la OTAN. Durante la guerra de Ucrania, la líder apoyó la decisión del gobierno de Mario Draghi de mandar armas a Kiev.

La postura de sus socios de coalición, sin embargo, choca frontalmente con la de Bruselas. Salvini tiene una estrecha relación con Rusia y su partido está bajo sospecha de haber recibido financiación de Moscú. El tercer socio de la coalición, Silvio Berlusconi, también amigo íntimo de Putin, justificó recientemente la invasión rusa de Ucrania.

Más allá del asunto de la guerra, lo que realmente preocupa en Bruselas es la posibilidad de que Italia, país fundador de la Unión Europea y su tercera economía, se convierta en otra Hungría o Polonia, que ponga en peligro sus valores fundamentales.

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