Censando mis censos

La mañana es silenciosa. Estoy esperando los censistas. Abro la ventana para que se vea desde afuera que la casa ya está en movimiento. Es temprano, sé que no vendrán antes de las ocho. Aprovecho para rememorar y escribir.

¿Cómo es posible que recuerde el censo del 80? Tenía solo tres años. La misma edad que tiene mi hija ahora. No me acuerdo del día, me acuerdo de la "calco" del lápiz pegada en las puertas de las casas. Seguramente pude saber de qué se trataba cuando supe leer. ¿O habré preguntado antes?

En mi casa estuvo por mucho tiempo pegada en la puerta; hasta la próxima vez que la pintaron otra vez de gris hielo. Aun así yo las seguía viendo en otras casas, en otras puertas. Con los años que tiene el recuerdo me hace creer que la gente estaba contenta con lo del censo ¿O será que ver tantas veces esa sonrisa en el lápiz me hizo recordarlo de esa manera?

En la casa de mi abuela, no vi la "calco", ni pregunté por ello. ¿Cuál era su puerta de entrada? Tenía una galería abierta por la que se accedía cómodamente a tres puertas: los dos cuartos y la cocina.... ¿Dónde pegarían la "calco" ahí? ¿Y en las casas del campo? Recuerdo que me hice esas preguntas alguna vez; sin la necesidad urgente de las respuestas.

Del censo del 91 recuerdo a mi madre preguntar, que mi hermano no estaba con nosotros, que dónde lo censaban. No recuerdo la respuesta de la censista, solo sé que intuí el desconcierto sereno de mi madre en aquella pregunta que dejaba al descubierto cierta nostalgia por el nido semivacío; aún cuando mi hermano se hubiera mudado a la ciudad a instancias de ella y de mi padre en busca de una carrera y un futuro mejor, hacía unos dos años.

Por el 2001 no estaba en el país. Habrá preguntado mi madre también si me censaban en casa o no. En el censo del 2010 vivía en un edificio. De a poco nos fueron llamando al hall, para censar a cada uno de los departamentos. Al bajar, la señora del primero B, que ya había terminado de informar sus datos, me increpó ­¿Supiste que murió Néstor?! ¿Qué Néstor? ­Kirchner!

¿Era posible que el día del censo, con toda la población en sus hogares, sucediera tal acontecimiento? Era posible, e incluso no prohibitivo de que suceda. Subí, llamé a mi papá: "¿Sabés quien murió?" Le conté. Prendió la tele. Hablamos, mientras el veía las noticias. Yo no tenía tele. Prendí la radio. También escuché la noticia por la radio. Nos quedamos como dos corresponsales cada cual de los medios a disposición para contarnos lo que veíamos y escuchábamos respectivamente.

Después hubo otro día en que pasó algo similar. El 25 de noviembre de 2020. Cuando los primeros medios anunciaban casi con reparos la muerte de Maradona y otros continuaban anunciando que estaba muy grave. Lo primero que hice fue llamar a mi papá. ¿Estás viendo las noticias? No, estaba por dormir la siesta. Murió Maradona, prendé la tele. ¿Qué? ¿Maradona? Sí. Cronistas por una jornada de ambos lados del teléfono, él lo seguía por un canal, yo por otro. Ese día no durmió la siesta.

Con la seguridad de que está esperando a los censistas con la pava y el mate, voy a llamarlo, para ver si se acuerda de la "calco" del 80; si por las dudas no la despegó antes de lijar la puerta y la tiene por ahí, entre los pocillos de porcelana heredados que lucen tras la vitrina, o dentro del florero que nunca se usó para flores, sino para tornillos y tuercas sueltas que encontrábamos en casa.

¿Se acordará mi hija de este censo? Aún duerme al calor del sol que torna cálido su cuarto por las mañanas. ¿Me dejarán una "calco" para pegar en la puerta? ¿Preguntará ella ahora o después que significa? ¿O lo descubrirá sola cuando aprenda a leer?

Suena el timbre, ya salgo.

 

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