"Exitazo" teatral en una sociedad  infantilizada

Escuché la noticia al pasar y casi sin prestarle atención. La obra teatral "Inmaduros" cumplió sus primeras cien funciones y sus protagonistas celebraron los primeros 100.000 espectadores. "Exitazo" dijeron los conductores del noticiero. A juzgar por los números, no hay duda.

No soy crítico teatral ni intento serlo. Solo recordé la experiencia que me produjo la obra y las reflexiones que me despertó. De una producción cuidada, impecable y hasta exagerada en todos los detalles y en los aspectos técnicos; me pareció que, sin embargo, nunca llegó a compensar la debilidad del argumento. Un soltero empedernido que recibe en su departamento a un casado empedernido, recién separado. Mientras uno hace alarde de su soltería, su libertad y su falta de compromiso para con todos y todo; el otro se ve de repente sumergido en una vida y en una cultura que no comprende, que parece haber evolucionado en una dirección muy diferente a la que él había dejado atrás al casarse, y que no termina de gustarle. Que hasta la rechaza.

Al comenzar la obra uno de los personajes dice lo que a mí me pareció el único comentario inteligente de toda la obra. "Vos sabes bien que a mí me cuesta mucho conocer a gente que no conozco". La frase logró arrancarnos una sonrisa a mi mujer y a mí, pero no pareció resultarle cómico a casi nadie más. Pocos minutos después, una grosería de una vulgaridad asombrosa arrancó risas y aplausos de casi todo el auditorio. Me hizo pensar en esos chicos pequeños que se ríen y se codean unos a otros mientras pronuncian malas palabras y tratan de ver quién dice la grosería más impresionante y quedar como el más listo del grupo. De pronto el teatro completo se había convertido en un gran pelotero lleno de chicos festejando groserías.

Si bien la obra es sencilla y no se enreda en complicaciones de ningún tipo, no deja de mostrar -y de una manera muy evidente-, una textura simplona y de muy bajo vuelo. De allí que me resultara tan llamativo el titular: "­Exitazo!" De hecho y, a decir verdad, si no hubiera escuchado la noticia sobre la celebración, hubiera permanecido convencido de que ya la habrían levantado de cartelera por todo lo contrario; por falta de éxito. Por su intrascendencia.

Elogio a la intrascendencia

Alerta de spoiler, uno esperaría que, ante el conocido planteo de la convivencia forzada de dos polos opuestos, por el conocido proceso de vasos comunicantes, de ósmosis o de entropía; ambos terminaran nivelándose y encontrándose a sí mismos en algún punto intermedio. No. No es eso lo que sucede. El soltero empedernido "convierte" a su amigo en otro sátrapa como él y ambos terminan festejando y celebrando el nuevo culto a sus solterías.

Hasta ahí podría resultar una obra más, frívola y hasta simpática, y una anécdota; si no fuera porque nunca sentí que la comedia fuera en tono de comedia. Había una especie de "bajada de línea". No pude evitar sentir, en todo momento, una suerte de "culto a la superficialidad". Una superficialidad como valor a abrazar en esta nueva posmodernidad y como estandarte y requerimiento necesario y obligatorio para poder alcanzar la felicidad.

Los planteos eran simples. Maniqueos. Binarios. Lógico; la felicidad le rehúye a lo complejo. Y el mandato actual es el de una felicidad a toda costa. Una felicidad como mandato. Una forzosa y codiciada felicidad; aun renunciando a ser feliz. Un mandato artificial digno de una felicidad artificial.

No voy a contar el final, aunque confieso que parecía que se hubiera erigido un nuevo altar en el escenario donde los dos actores realizaron un fervoroso culto religioso de bienvenida a una esperada y por fin alcanzada superficialidad. A la liviandad. A la insustancialidad. "La insoportable levedad del ser" materializada en un escenario.

Confieso que no nos quedamos ni a los aplausos y que salimos lo más rápido que pudimos de la sala. Adentro reían, aplaudían a rabiar y festejaban los saltitos de todos los actores y actrices como si se trataran de estrellas de rock. "Exitazo".

Pensé en un libro de reseñas cinematográficas de Javier Marías, a propósito de la película "Viento en las velas": "Los piratas dejan de comportarse como tales mientras los niños, en cambio, serán siempre niños en todas las circunstancias, se amoldarán a lo que les toque en suerte y se preocuparán por sobrevivir tan solo y serán amorales. Y, sobre todo, olvidarán fácilmente, para no tener compasión ni remordimientos ni lealtades. Lo peor es que -no sé si se han dado cuenta-, vivimos en un mundo cada vez más infantilizado".

No. No es que haya que tomarse la vida más en serio. Ni siquiera en serio.

Solo que, me parece, tampoco hay que tomarse la superficialidad tan a la ligera.

 

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