¿Una Argentina, dos sistemas económicos?

Los estudiosos locales y extranjeros saben de la existencia de recetas teóricas en condiciones de resolver todos y cada uno de los problemas de esta agobiada Argentina. Se trate de la inflación galopante, del trabajo no registrado, del déficit comercial o fiscal, de la cobertura a jubilados y otros necesitados de ayudas, siempre hay recetas teóricas a mano, disponibles en cualquier biblioteca bien construida.

Dentro de este tipo de recetas las hay que abrevan en el pensamiento liberal, socialista, populista, anarquista, o conservador. Si usted, amable lector, se siente próximo o próxima a la derecha, no se preocupe: encontrará lo que busca y podrá satisfacer sus inquietudes. Otro tanto le sucederá a las ciudadanas y ciudadanos que admiran a Willy Brandt, a Carlos Marx, a León Trotsky o incluso al Gran Timonel.

Las dificultades comienzan cuando se trata de pensar, diseñar o gestionar las transiciones desde una economía colapsada, desde una comunidad paralizada por lo que algunos llaman empates estratégicos, hacia un Nuevo Orden Económico y Social Nacional y Federal.

Pero cuando estas transiciones deben llevarse a la práctica en contexto de graves disensiones políticas (vale decir, cuando las sociedades están agrietadas o sufren la pérdida de confianza en su clase dirigente), las dificultades se agudizan hasta extremos insospechados.

Entramos entonces en un territorio en donde los actores y las masas se mueven sin recetas, y pueden sucumbir a ilusiones como aquella que propugna que "mientras peor, mejor"; o aquella otra que dice: "Dejemos que esto estalle" y así nos será más fácil migrar hacia aquel ansiado e impreciso Nuevo Orden Económico, Social y Federal argentino.

Nuestros grandes fracasos como sociedad han sucedido cada vez (y fueron muchas) que debimos vivir y gestionar transiciones. Ocurrió, sin ir más lejos, en los años de 1970 cuando Perón y Lanusse no atinaron a acordar reglas imprescindibles.

Fijar un rumbo estratégico

El primero de los requisitos para una transición exitosa es conocer con alguna precisión el punto de llegada. Transición ¿hacia a dónde?

Centrándonos en nuestro caso, supongamos que la Argentina se propone llegar a ser una sociedad que funcione de acuerdo a lo que marcan el Preámbulo y el articulado de la Constitución Nacional.

El llamado bloque constitucional, federal y cosmopolita contiene -con carácter vinculante- todos los elementos necesarios para construir una nación de hombres libres, una economía con pleno empleo decente, y una sociedad tendencialmente igualitaria y sin discriminaciones. Muchos de estos elementos estaban ya en la Constitución alberdiana y fueron perfeccionados y actualizados con las reformas de 1957 y 1994.

Demos por cierto que los argentinos aspiramos a vivir en un Estado Democrático, Social, Federal y Constitucional de Derecho.

Como es casi evidente, para alcanzar tamañas metas será necesario derrotar a la inflación; arreglar nuestra abultada deuda con los acreedores financieros (externos e internos), pero también con quienes han visto perecer sus ilusiones vitales; definir cuánto mercado es necesario y cuánto Estado es imprescindible; decidir un modo de estar en el mundo, lo que equivale a superar la improvisación para trazar líneas estratégicas y consensuadas en materia de relaciones políticas y comerciales internacionales.

La segunda exigencia pasa por una firme apuesta por el diálogo y los consensos amplios o incluso parciales. Necesitamos que los actores políticos (gobernantes y opositores) conversen y se escuchen.

Hace falta que transiten el mismo camino los sindicatos, los empleadores y las organizaciones de la economía popular. O sea: cesar con las descalificaciones y con las alarmas que llaman a combate cada vez que surge un amago de coincidencias.

Pero vayamos "a las cosas", a los requisitos operativos de la transición que habrá de sacarnos del marasmo y situarnos en el camino de la Argentina tantas veces soñada. Señalo que la apertura de una transición de este tipo requiere, como condición preliminar, el compromiso de respetar y hacer respetar la Constitución nacional, interpretada lealmente.

Permítanme advertir que no hay en las líneas que siguen algún tipo de receta infalible; el lector que decida seguir este texto encontrará solo ideas opinables, abiertas, incluso imprecisas, pese a lo cual estimo que pueden ayudar en estas difíciles circunstancias.

Un país, dos sistemas

La idea central que quisiera esbozar aquí es esta de la Argentina a Dos Velocidades, de "un país, dos sistemas". Fue la propuesta de Deng Xiaoping a Gran Bretaña, en las negociaciones por Hong Kong en 1984. En realidad, al finalizar la imaginada transición, la Argentina tendría varios subsistemas regionales, comenzando por uno para el Norte Grande. De una Argentina que sigue funcionando según los cánones hasta aquí conocidos, mientras levantamos el nuevo edificio con las nuevas reglas, los nuevos incentivos, las nuevas instituciones.

En este escenario, los productores recibirían precios y remuneraciones siguiendo las actuales reglas monetarias y la actual fiscalidad. Pero, todos los incrementos de producción serían comercializados según las nuevas reglas cambiarias e impositivas.

En concreto, los productores y los trabajadores recibirían una parte de sus remuneraciones según el modelo anterior, y los incrementos de cantidades producidas tendrían precios de mercados desregulados, estarían sometidos a la nueva fiscalidad (claramente federal y descendente), y podrían fijarse y cancelarse en cualquiera de las monedas del nuevo modelo económico nacional y federal.

Las rentas y subsidios contributivos y no contributivos se mantendrían en su actual nominatividad, pero participarían de las mejoras que vengan de la mano de los incrementos de producción y productividad.

La transición contemplaría, desde el momento inicial, un nuevo papel de la moneda extranjera (centralmente, el dólar estadounidense) que nos acercaría a un sistema bi o pluri monetario, rodeado de las garantías jurídicas imprescindibles.
La transición hacia la nueva Argentina y el mejor futuro dependen de nuestra capacidad de multiplicar nuestra producción y nuestra productividad para comercializarla según las reglas propias de una economía de mercado.

Está de más señalar que la salvífica multiplicación de la producción requerirá de reglas claras, de nuevos incentivos a la inversión, la innovación a la educación, a la formación profesional en todos los niveles y a la regionalización de las reglas e incentivos.

La regionalización, entendida como la necesaria perspectiva federal, ha de guiar la transición y se consolidará como uno de los ejes del nuevo modelo económico - social nacional y federal. Esta perspectiva adquirirá especial énfasis en todo lo que tiene que ver con los alimentos, la energía y la minería. Necesitamos lograr que los “desacoples” del mercado mundial, cuando resulten imprescindibles, no se hagan a costa de la rentabilidad ni de los salarios de las regiones con más altos índices de pobreza.

En lo que atañe a Salta, urge un inventario de los recursos disponibles, así como de nuestro potencial en materia de energía, alimentos y combustibles. Tal inventario, liderado por la Universidad Nacional de Salta, deberá contar con la participación de los actores económicos y sociales.

En este marco, se impone también la reconstrucción de todas las oficinas del Estado para prepararlas para las nuevas y más complejas responsabilidades (que bien describe Mariana Mazzucato) que desbordan centenarias tradiciones de ineficiente burocracia.

La tarea es, como puede intuirse, gigantesca. Reclama mucho diálogo, muchos consensos, mucho dejar de lado sectarismos y odios cainitas. Demanda la reconfiguración libre y autónoma del mapa político argentino. Y la construcción de nuevas coaliciones (la coalición exportadora de la que habla Pablo Gerchunoff, por ejemplo) donde convivan legítimos intereses sectoriales en condiciones de subordinarse al interés general. 
Se trataría, en suma, de volver a la vieja consigna de 1955: “Producir, producir, producir” (¿les suena?).
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