La violencia tiñó de sangre a la democracia

Cuando Alejandro Agustín Lanusse llegó a la conclusión de que debía acordar con Juan Domingo Perón los términos de una transición ordenada que condujera a la Argentina a una democracia republicana, era demasiado tarde.

Ambos líderes se habían enzarzado en un combate que excluía la hipótesis de un consenso amplio. Mientras Perón fue robusteciendo su compromiso con las así llamadas "formaciones especiales" y exploró exitosamente acuerdos con los partidos tradicionales, Lanusse optó por concesiones simbólicas pero insuficientes y terminó esforzándose por derrotar al frente peronista (Frejuli) en las elecciones convocadas para marzo de 1973.

Este desencuentro profundo entre ambos generales y la consecuente ruptura entre la dictadura en retirada y el avasallador frente peronista -que contenía a un sector que practicaba y prefería la lucha armada-, marcó a fuego la segunda experiencia del peronismo gobernando a la Argentina.

Las responsabilidades penales de los dictadores militares y la pretensión de estos de ejercer una cierta tutela sobre el gobierno electo democráticamente eran algunas de las discrepancias que ambos líderes no pudieron solventar.

Las formas y contenidos elegidos por la mayoría de los argentinos para decir adiós a los militares en el poder y, de otro lado, los condicionantes que acompañaron desde su inicio a esta segunda experiencia peronista están también en la raíz de muchos de los conflictos que aun hoy -casi 50 años después- nos enfrentan, nos paralizan y nublan nuestra razón colectiva.

A poco andar el gobierno presidido por Héctor J. Cámpora, Juan Domingo Perón, su círculo más íntimo y el peronismo ortodoxo advirtieron que la tentativa montonera de controlar el gobierno, de apropiarse de la frondosa estructura del movimiento y de abrir la sucesión del general autodesignándose sus únicos herederos había llegado muy lejos, y que sus ejecutores se acercaban al éxito.

La militarizada y sectaria jefatura de la "juventud maravillosa" comprobó pronto que no le sería nada fácil derrotar al Perón realmente existente; un Perón que distaba de ser el líder revolucionario imaginado por Montoneros, y estaba lejos también de ser el "león herbívoro" que decía ser.

Cuando Perón decidió enfrentar el desafío, desplazó al presidente Cámpora recién electo. Lo hizo antes de que este cumpliera los 50 días de su mandato. E inmediatamente después alentó la toma de medidas drásticas para derrotar política, parlamentaria e incluso militarmente al "ejército montonero".

Como es sabido, la defenestración de Cámpora se llevó a cabo cuidando prolijamente las formas constitucionales y las tradiciones movimientistas del peronismo.

Si bien hay versiones encontradas respecto de la preferencia de Perón acerca de quién debería acompañarle en la fórmula presidencial (algunos testigos e historiadores sostienen que Perón había pensado en Ricardo Balbín), lo cierto fue que el congreso reunido en el Teatro Cervantes colocó en ese sitio de relieve a Isabel Martínez de Perón. Concluido este proceso, el 23 de septiembre de 1973, se celebraron nuevas elecciones generales en las que triunfó por una amplia mayoría (63% de los votos) la fórmula Perón-Perón, frente a los binomios Balbín-De la Rua (24,44%) y Manrique-Martínez Raymonda (12%).

Fue en este contexto que la conducción de Montoneros -que ejercía la suprema autoridad sobre todas y cada una de sus organizaciones sectoriales ("ramas")-, decidió enviar un mensaje de guerra al viejo general: eligió asesinar en una aleve emboscada -ocurrida el 25 de setiembre de 1973- nada menos que al entonces secretario general de la Confederación General del Trabajo José Ignacio Rucci, estandarte de la reorganización del movimiento obrero, para ponerlo en línea con las directrices del nuevo gobierno democrático, resistidas por otros sectores sindicales de pasado colaboracionista.

Perón quedó desolado ("Me han cortado las piernas", dijo), pero tomó nota de la envergadura del desafío y de la identidad individual y colectiva de los asesinos. A su vez, este horrendo crimen profundizó la "grieta" que separaba a las distintas ortodoxias peronistas de quienes, incluso después de recuperada la democracia, seguían en armas o desarrollando acciones terroristas.

Además de profundizar las medidas encaminadas a aislar y derrotar a quienes así le desafiaban, Perón reorganizó su dispositivo: apostó por recostarse sobre el otrora desprestigiado movimiento sindical y encontró en él férreas lealtades, voluntad de acompañar sus políticas económicas y salariales (enmarcadas en el Pacto Social impulsado por él y su ministro de Economía José B. Gelbard, y denostado por las fuerzas de la "tendencia revolucionaria"), y capacidad de movilización en condiciones de empardar los actos masivos de la "tendencia". Consolidó el control de los bloques parlamentarios. Forzó la renuncia del gobernador de Buenos Aires tras un feroz atentado contra una unidad del Ejército. Organizó una cúpula militar insospechada de simpatías con Montoneros. Recuperó para el servicio activo a policías comprometidos con la anterior dictadura. Relevó a las conducciones universitarias emparentadas con las izquierdas. Y alentó a las organizaciones juveniles alternativas (la "JP Lealtad", entre otras).

En el terreno programático, libró una batalla para que el movimiento regresara a sus orígenes, alejándose de herejías que, habiendo comenzado en el ultranacionalismo de matriz católica (cuyos personeros protagonizaron el asesinato de Pedro Eugenio Aramburu en 1970), terminó reportando al marxismo en su versión cubana.

Esta renovación de ideas tuvo su máxima expresión en el hoy injustamente olvidado documento "Modelo argentino para el proyecto nacional", esbozado en su mensaje del 1 de mayo de 1974 ante la Asamblea Legislativa.

Los dos años que siguieron al 23 de setiembre de 1973 terminaron mostrando la insuficiencia de estas medidas con las que Perón intentó proscribir la violencia armada, regresar a sus postulados primigenios y asentar sus nuevas inquietudes adquiridas tras su largo exilio.

Uno podría sostener que Perón sobrevaloró su capacidad de reconducir a la "juventud maravillosa", rescatándola del militarismo, convenciéndola de la necesidad moral y política de respetar el precepto "No matarás".

Como es notorio, los herederos y continuadores de aquel viejo desafío al peronismo histórico han desplegado su ingenio para eludir responsabilidades y su capacidad retórica para reescribir historias. Sin embargo, lejos de encerrarse en sus precarias banderas "ideológicas", el Partido Montonero partió del culto a Evita, ensalzó la figura de Cámpora y enarbola ahora la consigna "Volver a Perón". Al hilo de este enunciado, se me ocurre atinado preguntar si es posible "volver a Perón" ignorando su rectificación del apotegma originario "para un peronista no hay nada mejor que otro peronista", por la consigna "para un argentino no hay nada mejor que otro argentino". Las antiguas diatribas y atentados contra la dirección sindical están siendo olvidados. En materia programática, "La Cámpora" ignora el documento "Modelo argentino para el proyecto nacional" y hay quienes lo reemplazan por el reciente aporte (8 de setiembre de 2022) de Mario Eduardo Firmenich "Programa revolucionario para la refundación nacional".

Termino encomiando los esfuerzos por analizar los acontecimientos tratando de evitar deformaciones o sobrecargas ideológicas. Este tipo de esfuerzos debiera servirnos para llegar a algunas conclusiones, de los que me atrevo a enunciar aquí tres. La primera: que la violencia destruyó nuestras bases de convivencia en demasiados períodos de nuestra historia reciente, por tanto, es altamente imprudente volver a ella o alentar su regreso. La segunda: que el diálogo sin exclusiones y en el marco de la Constitucional (reformada en 1994) es la única vía conocida para emerger de la decadencia. La última: que los verticalismos ciegos destruyen las mejores intenciones (en palabras del profeta Ezequiel: "Dios ciega a quien quiere perder").

 

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