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Un presidente sin luna de miel

Lunes, 20 de noviembre de 2023 04:23

El triunfo contundente de Javier Milei sobre el oficialismo es un síntoma clarísimo del humor popular. El balotaje lo instaló como la única esperanza para terminar con el kirchnerismo. Con ello, Argentina ingresa en una nueva etapa con un proyecto que muchos creen que puede resultar en un cambio histórico, pero otros tantos temen una catástrofe.

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El triunfo contundente de Javier Milei sobre el oficialismo es un síntoma clarísimo del humor popular. El balotaje lo instaló como la única esperanza para terminar con el kirchnerismo. Con ello, Argentina ingresa en una nueva etapa con un proyecto que muchos creen que puede resultar en un cambio histórico, pero otros tantos temen una catástrofe.

Sergio Massa, un político con cierta autonomía de vuelo, había sido la única carta del oficialismo para intentar sobrevivir. Por eso lo ungió candidato, lo nombró ministro de Economía y le cedió el manejo discrecional de fondos. Pero la inflación y la imposibilidad de una devaluación fueron demasiado como para ganar las elecciones.

Milei, cuya trayectoria política es muy corta y más bien se hizo famoso por sus intervenciones mediáticas, tuvo la cualidad de percibir el hartazgo de la gente con veinte años de fracasos envueltos en la mitología kirchnerista. Y esa sensibilidad, justamente, había sido la cualidad que les permitió a Néstor y a Cristina Kirchner transitar exitosamente los primeros años de sus mandatos, ayudados, por cierto, por la soja y por una crisis energética que todavía no se había desplomado sobre el país. Esa estrella comenzó a eclipsarse hace diez años, cuando justamente Sergio Massa derrotó a Martin Insaurralde en las elecciones legislativas y abortó el sueño reeleccionista de "Cristina eterna".

Todo el relato de la "conquista de derechos", del "proyecto inclusivo", de la lucha contra el patriarcado, de la defensa del Medio Ambiente, pero especialmente de la reivindicación de los derechos humanos, no solo manoseó valores genuinos, sino que fue alejando a los dirigentes de una sociedad agobiada por la inflación, la pobreza y el deterioro educativo.

Cristina se quedó sola con una feligresía que no le alcanzaba para volver a la presidencia. El experimento de la fórmula que compartió con Alberto Fernández fue letal. El presidente cedió a Cristina y a La Cámpora todos los espacios de poder y de caja, con lo que resignó su rol de jefe de Estado.

Mientras tanto, todo lo que la ciudadanía puede esperar de un gobierno se transformó en una frustración sobre otra: la inflación, que superó el 800% en cuatro años; la pérdida del poder adquisitivo de jubilaciones y salarios, la destrucción del empleo genuino, el retroceso de la clase media -un sector social, económico y cultural que caracterizó a la Argentina durante décadas en el contexto regional- y el incremento de la pobreza: 18.000.000 de pobres y 4.000.000 de indigentes. Para colmo, la respuesta a esos fracasos fue siempre la misma: la deuda que tomó Mauricio Macri, la pandemia, la sequía, la guerra en Ucrania…

No se dieron cuenta de lo que pasaba con la gente común. Prefirieron montar una pantomima de juicio contra la Corte Suprema de Justicia y agotar los esfuerzos por bloquear los juicios contra la vicepresidenta mientras estallaban los escándalos de Chocolate Rigau, de las travesías de Insaurralde y del espionaje político del provocador Rodolfo Tailhade.

Ayer, en la euforia del festejo, Milei se definió como el primer presidente "liberal libertario", en las antípodas del intervencionismo del Estado en la economía. Justamente, su liberalismo extremo, jamás aplicado en gobierno alguno, lo lleva a prometer la reducción del rol del Estado, la defensa del libre mercado y la crítica a la clase política tradicional.

La crisis económica es implacable. Si el 55% de los argentinos está eufórico, el otro 45% está asustado".

Hoy, los jóvenes argentinos, los que lo votaron y los que le temen, no saben a ciencia cierta cómo van a funcionar los vouchers de arancelamiento universitario; los docentes, qué va a pasar con las escuelas públicas y los beneficiarios de planes sociales, qué va a ser de sus vidas.

Hasta ahora el presidente electo no ha mostrado un conocimiento específico sobre estos temas y, por lo tanto, hay muchas explicaciones pendientes. Hoy mismo debería dar a conocer quién será su secretario de Educación, y que este le explique al público y a los educadores cuál será el camino a seguir. Es urgente, porque están preocupados.

La otra inquietud generalizada se pregunta cuál será el ritmo de la dolarización. Ayer Milei prometió cambios sin ningún tipo de gradualismo. Pero la eliminación de subsidios y cualquier devaluación del peso podría llevar los precios a valores impagables. ¿Puede haber otro "Rodrigazo"? Alberto Fernández inició su gobierno con un dólar oficial a $60 y el último viernes el dólar blue cerró a $950 y el oficial, a $369,50. La pérdida de valor del peso fue dramática, pero la catástrofe es que el espiral de caída no tiene fondo.

Aunque la inflación oficial de octubre mostró un aumento más moderado, los precios de los barrios y el desabastecimiento de los supermercados desdibujan cualquier optimismo.

Ante la eliminación de subsidios y una devaluación del peso ¿puede haber otro 'Rodrigazo'?"

Ayer Massa dijo que desde hoy el responsable de la Economía es Milei. Este le respondió que el mandato de Alberto Fernández termina el 10 de diciembre. De todas maneras, hoy se reunirán los tres para iniciar la transición y, después, Massa analizará si se toma una licencia.

Las elecciones se desarrollaron en un clima de enorme tensión y es urgente que el nuevo líder nacional envíe señales tranquilizadoras.

El presidente electo prometió una "refundación de la patria" y una recuperación de los éxitos argentinos en el siglo XIX. Es más, anticipó que, en 35 años, nuestro país volverá a ser potencia.

Todo, con "la mano invisible del mercado". Pero en cinco meses habrá que pagar US$ 12.000 millones de deuda, con un déficit de divisas casi equivalente.

Milei no va a tener luna de miel, parece. La crisis económica es implacable, por una parte, y si el 55% de los argentinos está eufórico, el otro 45% está asustado y enojado. Y el presidente tiene que tranquilizar a todos, lo cual es una tarea algo compleja en un país cansado y con una cultura democrática poco cultivada.

La maratónica campaña se acabó. Ahora ya no hay vencedores y vencidos, sino ciudadanos que necesitan, con urgencia, un poco de luz en el horizonte.

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