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El asombroso viaje a bordo del maravilloso Tren a las Nubes

El 16 de julio de 1972 comenzó a correr en Salta el primer tren turístico de la Argentina sobre el ramal andino C-14.
Domingo, 10 de septiembre de 2023 02:04

Era el 1° de agosto de 1996 y me preparaba para viajar hasta el Viaducto La Polvorilla a bordo del Tren a las Nubes. En 1963 había hecho el mismo trayecto, pero en el tren de pasajeros que traccionaba una locomotora a vapor Henschel N° 1.300. Pero ahora, en lugar de la vaporera iba una Diésel eléctrica, más poderosa pero que carecía del romanticismo de las "Morochas" de aquellos tiempos.

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Era el 1° de agosto de 1996 y me preparaba para viajar hasta el Viaducto La Polvorilla a bordo del Tren a las Nubes. En 1963 había hecho el mismo trayecto, pero en el tren de pasajeros que traccionaba una locomotora a vapor Henschel N° 1.300. Pero ahora, en lugar de la vaporera iba una Diésel eléctrica, más poderosa pero que carecía del romanticismo de las "Morochas" de aquellos tiempos.

Me ubiqué en el coche comedor, que por su diseño y amplitud me iba a permitir observar todo lo que estaba por venir. La locomotora y los diez vagones ocupaban el andén central de la Estación Salta que a esa hora era un hervidero de gente. A las siete de la mañana en punto sonó la tradicional campanada de salida y luego del silbato del guarda, el tren comenzó lentamente a deslizarse, pero con una sostenida aceleración.

La oscuridad de la madrugada del aquel día me impedía ver la ciudad, pero poco a poco comencé a reconocer algunos de sus rasgos. Obvio, ya no era la misma; el sonoro puente sobre la avenida Entre Ríos y los apeaderos de las calles Leguizamón y Caseros habían desaparecido. Lo que no había cambiado eran las polvaredas que el tren dejaba a su paso, tal como sucedía cuando los jueves pasaba el tren a Socompa.

Clareaba cuando cruzamos los tres puentes de acero que aún están en las afueras de la ciudad. Pasamos la estación General Alvarado y a poco de superar un tramo corto de campos cultivados, bocinazos entrecortados de la locomotora anunciaron la proximidad de los pasos a nivel del pueblo de Cerrillos.

Luego de superar la estación donde nace el ramal C-14, el tren comenzó a dibujar una curva hacia el oeste hasta ubicarse de cara a los macizos de la Cordillera de los Andes. Había amanecido y ahora campos y cerros se podían ver con nitidez. A poco y esforzándose, el tren alcanzó la estación de Rosario de Lerma para inmediatamente comenzar a girar en busca de la Quebrada del Perú, ahora del Toro, rumbo noroeste. Se sentía el repecho cuando kilómetros antes de Campo Quijano el nacimiento del sol sorprendió a los 500 pasajeros del tren. Desde los primeros plegamientos precordilleranos podía observarse sobre las serranías del este del Valle de Lerma una amplia mancha rojiza. Los pasajeros se acomodaron para ver el primer espectáculo que les iba a brindar el Tren a la Nubes: el nacimiento del sol. Primero se vio asomar un punto rojo sobre uno de los cerros, después ese punto se transformó en un semicírculo incandescente hasta que finalmente emergió una esfera de fuego que de a poco se levantaba sobre la cresta de los cerros. Había nacido el sol, más rojizo que nunca, maquillado quizás por la humareda del primero de agosto y que a su vez nublaba el cielo del Valle de Lerma.

Ingreso a la quebrada

Ni bien la formación superó la estación de Campo Quijano, tronó de nuevo la bocina de la máquina, mientras pasaba al lado de una vieja locomotora a vapor y giraba hacia el poniente para ingresar por fin a la mítica Quebrada del Toro. La curva mostró en perspectiva el tren en plena subida, mientras una vez más se escuchaba el jadeo de la máquina por entre cerros que verdes aun resistían la llegada del invierno. Y a poco de la trepada llegaron un paso a nivel, los puentes sobre los ríos Toro y Blanco y más allá la estación Virrey Toledo, la más linda del ramal, a la derecha del río. Y por ahí siguió el traqueteo hasta alcanzar el primer viaducto que lo transportó hasta la otra banda del Toro para de inmediato introducirse en el túnel que aun luce en su dintel un cartel: "Año 1921".

Eran exactamente las 8.10 de la mañana y los expedicionarios del Tren a las Nubes ya no sabían para dónde mirar. Llevaban una hora de viaje, iban de una ventanilla a otra y sin embargo aún faltaban varias horas de "vuelo" y sorpresas. Inmediatamente del túnel, llegaron más viaductos de altura apegados a la montaña. Después fue el turno del primer zig zag, en El Alisal, donde un conocido recurso de la ingeniería ferroviaria permitió al tren superar en un trecho relativamente corto, más de 54 metros de altura. Después vinieron más túneles, más viaductos, la cota de los 2.000 metros sobre el mar, el zig zag de Chorrillos, y a poco, una seguidilla de estaciones: Ingeniero Mauri, Gobernador Solá, Tacuara, y Puerta de Tastil, a menos de un kilómetro de la ruinas de una ciudad preincaica.

A partir de Puerta de Tastil, el tren se alejó de la RN51 y del río Toro para adentrarse por casi dos horas en una quebrada lateral y así superar el escollo Muñano. Y entonces llegaron más estaciones, Mesetas, la cota de los 3.000 metros, los dos rulos (asenso helicoidal), Almagro (fin de la Quebrada del Toro), Incahuasi, Cachinal, La Bomba y finalmente Abra Muñano, luego de cruzar túneles, entre ellos el N° 12 de más de 500 metros de longitud.

En Muñano ya son las 11.30 de la mañana y allí de nuevo el tren se hermana con la RN51 luego de haber logrado superar la cota los 4.000 y acceder a la Puna. Ahora se nota que la formación comenzó a descender, el tren toma velocidad y aunque el paisaje ahora es más llano, sigue tan bello como antes. A todo esto, en el coche comedor han comenzaron los turnos para almorzar. Allí, don Augusto Sarmiento saca a relucir sus deliciosas "empanadas de altura" cocinadas al horno. El placer es casi total. Afuera, se destaca la belleza imponente de la Puna y adentro, una bandeja con empanadas aromatiza el climatizado vagón. Mientras tanto se suceden y reiteran las expresiones de asombro ante una curva, un puente, un túnel, el azul del cielo o una aterciopelada montaña.

Pero el viaje y la expedición continúan. A Muñano lo sucede un apeadero viejo y olvidado, casi una tapera. El cartel dice "Los Patos" (3.842 m/s/m) y como para acelerar su entierro, el tren le deja a su paso una mano más de tierra y arena. La marcha sigue y las ventanillas vidriadas continúan mostrando imágenes increíbles a derecha y a izquierda, hasta que todos se percatan que el tren suavemente ha comenzado a mermar su velocidad. Finalmente, a la vuelta de un faldeo, allá abajo se aparece un pueblito: es San Antonio de los Cobres (3.774m/s/m). Ahora sí, la marcha se hace lenta, como queriendo mostrar con nostalgia a la excapital de la Gobernación de Los Andes y ahora cabecera de uno de los departamento de la Provincia de Salta, minero por excelencia.

Rumbo al Viaducto La Polvorilla

Han transcurrido cinco horas de viaje, tiempo que se ha pasado como si nada. Al paso del tren se agitan brazos de salutación desde los aledaños del pueblo mientras los viajeros responden emocionados por tan cordial recibimiento. Algunos se conmueven hasta las lágrimas al ver la alegría de esa gente que baja trotando desde los cerros solo para saludar brazo en alto. Pero el tren no se detiene en San Antonio de los Cobres como fue hace 33 años. Lentamente traspone el poblado, sortea el curso de un río con hielo a sus orillas y comienza a dibujar una curva a la derecha del riel. Cruza un pequeño viaducto, deja atrás el pueblo y se pierde tras un cerro de piedra.

Pero tras del cerro de nuevo la locomotora reemprende su lucha contra la altura, machaconamente subiendo la montaña, metiendo ruido en el ancestral silencio de la Puna. Y luego de curvas y contracurvas y supera de nuevo la cota de los 4.000, llega por fin a la primera parada después de casi seis horas de viaje; es la estación de Mina Concordia, (4.144m/s/m). Allí y en 20 minutos, la locomotora cambia de posición y ahora, en lugar de arrastrar vagones, los empujará hasta el Viaducto La Polvorilla.

Suena la bocina, se escucha un silbato, tañe la campana y el tren nuevamente se pone en movimiento. En los vagones, la suave música andina ha dado lugar a la de Vivaldi mientras que por los parlantes un locutor adelanta en un agradable relato la proximidad del espectáculo más esperado del viaje. Finalmente, tras una curva, el viaducto se muestra en toda su plenitud. La música estalla y el vagón que encabeza la formación se introduce lentamente en la pesada estructura metálica de Italia. El asombro invade los ánimos y los viajeros, cada uno en su idioma, grita palabras de asombro, aplauden se abrazan y sollozan de emoción. La simbiosis entre la naturaleza y el trabajo del hombre los conmueve hasta las lágrimas.

Todo el tren traspone el puente, luego se estaciona por unos minutos en un extremo hasta que la locomotora expele una bocanada de humo, reacciona acelerando y ya de nuevo a la cabeza, retorna por donde ha venido hasta alcanzar la otra punta del viaducto donde estaciona. Después de 20 minutos emprende el regreso a San Antonio de los Cobres donde se realizó la primera Fiesta Nacional de la Pachamama, auspiciada por el Tren a las Nubes.

Regreso

La última emoción ante de regresar a Salta ocurre cuando niños puneños con guardapolvos blancos izan nuestra bandera al son de Aurora. De nuevo corren lágrimas por rostros emocionados de hombres y mujeres de lejanos lugares. De regreso a Salta, la noche se topa con el tren que casi en cinco horas desanda un camino donde a veces alumbra la luna.

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