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Durante años, Francisco Ruiz fue uno de esos nombres anónimos pero indispensables del automovilismo salteño. Parado al costado de la pista, atento al más mínimo movimiento, aprendió a leer la velocidad, el riesgo y la adrenalina desde un lugar privilegiado. Hoy, ya recibido de ingeniero agrónomo, cambió el ruido de los motores por el trabajo en el campo, aunque confiesa que una parte suya todavía late al ritmo de la bandera a cuadros.
"En diciembre me recibí y ahí nomás me mudé de vuelta para mi pago", cuenta. Francisco es de Orán y, como tantos jóvenes del interior, dejó su ciudad para estudiar en la Universidad Nacional de Salta, en la Facultad de Ciencias Naturales. Se graduó como ingeniero agrónomo después de un camino largo, con pausas obligadas por la pandemia, por cuestiones de salud y por trabajo. "Me demoré un poquito, pero gracias a Dios se pudo", resume.
Su historia con el automovilismo empezó casi por casualidad. "Siendo sincero, yo ni conocía que existía el trabajo de banderillero", admite. Corría 2019 y, junto a un amigo de la facultad, ambos "medio cortos de plata" y siempre "justos a fin de mes", buscaban un ingreso extra. Fue ese amigo quien encontró la oportunidad. "Me dice: 'Están tomando banderilleros, hay un trabajo que a vos te interesa'. Le dije: 'Bueno, vamos'. Fui yo de paso", recuerda entre risas.
Probó un par de carreras y se quedó varios años. "La primera vez que entré en pista, la verdad que sí, me re gustó, te juro", asegura. Y hace una confesión que grafica la dimensión del descubrimiento: "Nunca en mi vida había ido a una carrera de autos. En Orán tenemos un kartódromo chiquito, al cual nunca había ido. Lo mucho que lo vi fue por la tele una que otra vez".
Desde ese primer contacto, el aprendizaje fue intenso. "Los muchachos me explicaron todo. Las banderas, para qué situación se usan, los peligros. Después vino gente de la Asociación de Volantes Argentinos, nos dieron charlas de seguridad. En cada evento aprendí algo", relata. Al segundo año ya se sentía "bastante ducho" y asegura que el trabajo no le costó nada.
Integró el Cuerpo de Banderilleros de Salta y fue parte de prácticamente todas las competencias que se realizaron en la provincia: el zonal en el autódromo salteño, el karting en Güemes y Camposanto, carreras en El Carmen (Jujuy), eventos con motos. "En todo lo que se haya hecho en Salta estuve", afirma. Solo se ausentaba cuando las fechas coincidían con compromisos académicos.
El trabajo no era menor. En el zonal podían ser diez u once personas cubriendo distintos puestos, atentos a despistes, vuelcos o situaciones inesperadas. "En medio de la pista pasan siempre cosas. Más de una vez tuve que pegar un brinco para esquivar. Pero estábamos preparados, ya te avisan todo y desde el puesto podés verlo de lejos", explica.
Si bien la pasión creció con el tiempo, el motor inicial fue económico. "Todo es muy caro cuando no estás en tu casa. Mis padres me ayudaban desde Orán, pero siempre quedaba justo", cuenta. El trabajo de banderillero, concentrado los fines de semana, era ideal para combinar con la facultad. "Me venía de diez. Era una plata extra que a mí me venía muy bien".
Recuerda que en sus comienzos el pago rondaba los 600 o 700 pesos por carrera. "Hoy está en 70.000 u 80.000 pesos por carrera. Subió significativamente", compara. Más allá de los números, destaca que con el tiempo "se empezó a valorar un poco más el trabajo de los muchachos".
Pero si hay algo que resalta por encima de lo económico es el vínculo humano. "Más que un grupo de trabajo, fue un grupo de amigos, como una segunda familia", dice. Nombra especialmente a Oscar y Ariel Ruiz, quienes lo recibieron y le enseñaron todo desde cero, y a Luis Galará, otro de los referentes del grupo. "Ellos me ubicaron en los puestos, me dijeron todos los peligros que podía haber. Me enseñaron todo".
Ese acompañamiento fue más allá de la pista. "Ellos me veían cuando me ponía a estudiar. Había mucho tiempo libre y todos sabían que yo estaba estudiando. Me preguntaban: '¿Cómo va? ¿Ya rendiste?'. Fue un acompañamiento que hoy se los agradezco", reconoce.
Tras recibirse, también incursionó en aplicaciones con drones agrícolas en el NOA, pero recientemente decidió volver a lo que lo había marcado: la función de inspector en Senasa. "Justo hay convocatoria en un par de semanas, así que dejé lo otro para volver", explica.
Aunque su presente está ligado al campo y a su profesión, el automovilismo no quedó atrás y deja la puerta abierta: "Si se da algún fin de semana que me coincida con una ida a Salta, vuelvo de una. No más que me tengo que hacer un pequeño tiempito".
Francisco Ruiz cambió la bandera amarilla por el verde de los cultivos, pero su historia demuestra que, a veces, los caminos más firmes empiezan casi por casualidad. Entre motores y libros, entre saltos para esquivar un auto y noches de estudio, fue construyendo una vida donde la pasión y el esfuerzo corrieron siempre en la misma dirección.